La lección de estilo hispano del Quijote
Hay libros a los que se vuelve no por nostalgia, sino por necesidad. A mí me sucede con determinados capítulos del Quijote. Los releo y encuentro en ellos una inspiración, como si Cervantes hubiera dejado allí, escondidas entre aventuras, disparates y conversaciones aparentemente menores, algunas de las claves más profundas de la forma hispana de estar en el mundo.
Miguel de Unamuno vio en el Quijote una manera de mirar, de padecer, de reír, de fracasar y de levantarse: el ser profundo de la Hispanidad. Y quizá por eso, cuando uno vuelve a Cervantes, tiene la sensación de que en sus páginas están recogidos todos los matices del estilo de vida hispánico. No solo el de España, también el de nuestros primos del otro lado del Atlántico, porque durante generaciones ellos, como nosotros, venimos siendo educados por maestros que a su vez fueron educados con El Quijote.
Hay una continuidad invisible en esa lectura. Una manera de entender la dignidad, el humor, la pobreza, la grandeza, el ridículo, la cortesía, el orgullo y la compasión. Y en medio de todo ello aparece una frase que, a mi juicio, resume como pocas la esencia del estilo hispano que sostiene la filosofía de Soy Fascinante y del ecosistema de Es Fascinante:
«Llaneza, muchacho, no te encumbres, que toda afectación es mala »
La frase aparece en la segunda parte del Quijote, durante el divertido episodio del retablo de Maese Pedro. Y me parece una frase de una modernidad extraordinaria. Podría aplicarse a la forma de vestir, de hablar, de recibir, de escribir, de decorar una casa, de cocinar, de llevar una marca o de ejercer un oficio. Podría figurar, sin cambiar una coma, en cualquier manual de buen gusto y estilo de vida. De auténtico señorío.
Porque la llaneza no es vulgaridad. La llaneza no es descuido. La llaneza no consiste en renunciar a la belleza, ni a la excelencia, ni a la ambición. La llaneza es para mí lo más difícil: la elegancia que no necesita explicarse. Es la dignidad sin énfasis. Es la naturalidad de quien sabe quién es y por ello no necesita exagerar.
«Que toda afectación es mala» no significa que todo adorno sea malo. Cervantes no era enemigo de la imaginación, ni del teatro, ni de la fantasía, ni de la palabra brillante. Al contrario: pocos autores han jugado tanto con la ficción, con las máscaras, con los engaños y con la teatralidad. Lo que Cervantes rechaza es la impostura: esa forma de elevarse artificialmente para parecer más de lo que se es, esa necesidad de encumbrarse.
Y aquí está uno de los guiños más geniales del pasaje. La frase se pronuncia dentro de un modesto teatro ambulante que va de pueblo en pueblo. Tan pequeño, que es un retablo para títeres. Se está representando una historia que todos saben que no es real. Hay muñecos, voces, exageraciones, un narrador, un público y una ilusión compartida. Y, sin embargo, en el ámbito evidente de la ficción, Cervantes introduce una advertencia contra la afectación: ni siquiera cuando se hace teatro conviene ser afectado.
Esta idea me parece maravillosa y trascendente. Porque Cervantes no está pidiendo una vida sin representación. Todos representamos algo. Todos ocupamos papeles. Todos nos vestimos para una ocasión, modulamos la voz, elegimos unas palabras, cuidamos una mesa, organizamos una ceremonia, damos una imagen de nosotros mismos. La cultura es también forma, rito y escena. Pero la gran cuestión es si esa escena nace de una verdad interior o de una impostura.
El estilo, cuando es verdadero, no oculta: revela. No disfraza: afina. No exagera: ordena. No pretende encumbrarnos por encima de los demás, sino expresar quiénes somos y qué consideramos valioso.
Por eso la frase de Maese Pedro es tan importante para entender el estilo hispano. Nuestra mejor tradición no ha sido nunca la de la afectación fría, calculada y distante de los países del norte (tanto anglosajones como francófonos). Ha sido la de una elegancia con alma, con memoria, con cierta gravedad y, al mismo tiempo, con algunos puntos de humor. Una elegancia capaz de sentarse en una taberna de pueblo, para hablar con un lugareño, admirar una pieza artesanal con la atención que merece, valorar una mesa dispuesta de forma sencilla y limpia, emocionarse ante una procesión o ser capaz de apreciar cuanta nobleza hay en lo humilde.
El estilo hispano no estriba en fingir una perfección inaccesible. Consiste en dar forma a la vida cotidiana con dignidad. En hacer bien lo que se hace. En cuidar los gestos. En no despreciar lo pequeño. En entender que la belleza puede estar en una cerámica, en un mantel, en una palabra bien dicha, en una comida servida con cariño, en una chaqueta heredada, en una casa vivida, en una tradición transmitida sin pedantería.
Hay otra maravilla en este episodio: quien pronuncia la frase es Maese Pedro. Y Maese Pedro no es precisamente un modelo de virtud. Cervantes nos revela después que se trata en realidad de Ginés de Pasamonte, aquel galeote liberado por don Quijote en la primera parte y que, lejos de mostrarse agradecido, termina comportándose como un delincuente desagradecido. Es un personaje tramposo, fugitivo, astuto, disfrazado. Un hombre poco fiable. Y, sin embargo, Cervantes le concede una de las grandes frases de sabiduría del libro.

Eso también dice mucho de Cervantes. Su generosidad literaria: no reparte la verdad únicamente entre los personajes nobles o ejemplares. Incluso un pícaro puede decir una gran verdad; ser, por un instante, vehículo de una enseñanza edificante.
«Llaneza, muchacho, no te encumbres, que toda afectación es mala» es más necesaria que nunca. Porque vivimos rodeados de imágenes construidas, discursos impostados, marcas personales, apariencias calculadas y una ansiedad permanente por parecer más interesantes, más cultos, más ricos, más originales o más sofisticados de lo que somos. La afectación se ha multiplicado con nuevas herramientas, pero sigue siendo la misma debilidad antigua: el miedo a la propia sencillez natural.
Cervantes nos recuerda que no hace falta encumbrarse para tener altura. Que no hace falta exagerar para resultar admirable. Que no hace falta abandonar la naturalidad para alcanzar la belleza. Que el verdadero estilo no nace del artificio vacío, sino de la coherencia entre lo que uno es y lo que muestra.
Para mí El Quijote nos indica que la sencillez no empobrece, sino que ennoblece. La naturalidad no está reñida con la excelencia; es su condición más alta cuando procede de una cultura profunda y de una conciencia clara del propio lugar en el mundo.
Por eso esta frase podría servirnos como brújula. Para vestirnos, para hablar, para crear, para viajar, para emprender, para habitar nuestras casas y para relacionarnos con los demás. Llaneza, sí. Pero no una llaneza desangelada, sino llena de sentido. La de quien no necesita aparentar porque pertenece a algo más hondo: una tradición, una memoria, una forma de vida.
Quizá ahí esté lo fascinante: en esa dignidad sencilla que permanece. No en la afectación que se impone, sino en la naturalidad que convence. No en encumbrarse, sino en estar bien plantado.
Como Cervantes sabía mejor que nadie, el verdadero estilo camina a la llana.
Gracias por leerme. Y recibe un abrazo de Margarita.
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