La meiga y la serpiente
En Canabal de San Pedro, Lugo, en el año de 1935, el escritor Leandro Carré Alvarellos le oyó contar a un amigo la historia de la meiga y la serpiente:
Parece ser que el tío-abuelo del narrador era un mozo muy dicharachero, que se había enamorado de una chica llamada Catuxa. La había conocido en una de las muchas romerías y fiestas a las que acudía y estaba madurando la decisión de pedirla en matrimonio. Un día le comentó a su madrina, que además era su tía, su intención de casar con la moza y la tía Marica, considerada por toda la comarca meiga (bruja), le recomendó escuetamente que no se casara con ella. A la lógica pregunta de “¿por qué?” su madrina le respondió con un “¿no te basta mi consejo?” La reputación de su madrina era tal que se calló y se marchó, pensativo, para su casa.
Su sueño le transportó a un arenal en el que una figura, que parecía el diablo, jugaba con un gran grupo de mujeres desnudas. Las mujeres se revolcaban contentas por la arena. Las había jóvenes y apetecibles pero la mayor parte eran ancianas. Al mirar a su lado se sorprendió porque estaba junto a la tía Maruja. La tía se dirigió a él con una sonrisa, animándole a seguir observando la escena mientras ella misma se reunía con el grupo y participaba también en sus juegos y cánticos. El asombro del mozo se tornó en alarma cuando se dio cuenta que una de las mujeres desnudas era su Catuxa.
En medio de una enorme angustia, el tío-abuelo del confidente del escritor de la leyenda se despertó en la cocina de su tía. Se levantó y marchó calladamente a su casa. Poco después, al caminar por una calle de su pueblo, se encontró con Catuxa. Ella le preguntó si iban a verse luego, a lo que nuestro protagonista le contestó que “no”, pues había estado por el arenal de Cangas (donde se había desarrollado su sueño). Ella se dio cuenta de que algo iba mal, le echó una mala mirada y siguió su camino.
Aquella noche, mientras dormía, el mozo notó un mordisco en su cuello. Se revolvió rápidamente, atrapando con determinación a lo que le estaba hiriendo. Al incorporarse se encontró con que lo que estaba agarrando era una serpiente. A continuación, golpeó el cráneo de la serpiente con fuerza contra el suelo hasta que quedó muerta. Inmediatamente, acudió a la pila de agua a limpiarse la herida para después aplicarse un paño con aguardiente. Volvió a la cama con la intención de descansar pero, al estar dolorido por la herida y alterado por el incidente, estuvo toda la noche agitándose. Al día siguiente se despertó tarde. Su madre le esperaba en la cocina con la noticia de que Catuxa había muerto aquella misma noche.
Texto de Ignacio Suárez-Zuloaga e ilustraciones de Ximena Maier