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El estilo de Margarita Ruyra

Mi guerra contra la cursilería y el ejemplo de Diana Spencer

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Hay una guerra que llevo librando desde hace años, aunque no siempre la haya llamado así. Es mi guerra contra la cursilería. Contra esa forma de vestirse, de comprar, de mirar y de dejarse mirar que no nace de una misma, sino de la sumisión a un modelo ajeno. Contra esa moda que no pretende ofrecer ‘seguridad’, no equivocarse. Contra esas marcas que no venden una prenda, ni un bolso, ni un zapato, sino una etiqueta social, un pretendido estatus. Como si salir a la calle consistiera en demostrar a los demás que hemos entendido las reglas de un club muy restringido: el de los que pueden pagarlo.

La idea central de Soy Fascinante, y también del marketplace Es Fascinante, nace precisamente de lo contrario: que cada mujer se atreva a ser ella misma cada día. No una versión impostada de sí misma. No un seguimiento de lo que dictan las marcas, las series, las influencers o los escaparates. Una mujer real, consciente de sus circunstancias, de su cuerpo, de su edad, de su carácter, de su agenda y de su deseo. Una mujer capaz de preguntarse, antes de salir a la calle: ¿Cómo me encuentro hoy? ¿Qué necesito? ¿Cómo me interesa presentarme? ¿Qué me apetece?

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Vestirse debería ser una forma de afirmación individual, no de disfraz. Y, sin embargo, el mercado ofrece una gran variedad de cursilerías. Algunas son evidentes: la ostentación, el exceso de logotipos, la afectación, la teatralidad sin alma. Otras son más engañosas, porque se presentan como elegancia. Son esas prendas que parecen obligarnos a ser otra: más rígida, más pretenciosa, más socialmente correcta, más parecida a las famosas de las revistas.

España no siempre fue así. Hubo un tiempo en que nuestra estética tuvo una personalidad poderosa, reconocible y llena de carácter. Pienso en nuestras meninas, hoy tan asociadas a Madrid. Unos iconos atemporales. Esa forma española de entender la presencia, con estructura, con sobriedad, y con fuerza atemperada por misterio y feminidad.

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La cursilería, tal como yo la entiendo, nos invadió hace más de tres siglos, desde Francia (por entonces la capital mundial del lujo). La dinastía borbónica, como antes hicieron los Habsburgo, introdujo su moda, la desarrollada por el ‘rey sol’ (menudo apelativo); tan pretenciosa como pomposa. Y esencialmente opuesta a la hispana. Y lo que es peor, se produjo una sustitución total entre las élites, quienes desecharon la sobria dignidad española, tan bien recogida por Diego Velázquez en su cuadro Las Meninas. No hablo de rechazar lo francés por ser francés; me encanta Francia, un país que sabe vivir muy bien y vender mundialmente su estética. A lo que me refiero es a la pérdida de criterio propio. De ese momento en que una sociedad empieza a creer que lo elegante siempre viene de fuera y que lo propio, por serlo, es inferior. Que hay que parecerse a gentes que viven a miles de kilómetros en un contexto geográfico, climático, urbanístico, laboral… distinto, o incluso muy distinto.

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Después, la cursilería cambió de faro. Si durante un tiempo miramos a Versalles, más tarde el mundo miró a la Inglaterra victoriana, con su moral rígida, sus códigos sociales, sus salones, sus institutrices, sus vestidos imposibles y su manera de convertir la vida en una sucesión de normas invisibles. El llamado 'corte inglés' no fue solo una supuesta escuela de sastrería; fue también una forma de entender el mundo: clasificar socialmente, contener la creatividad individual, de ordenar según una etiqueta obsoleta, de aparentar...

Esa influencia ha durado mucho más de lo que creemos. Basta mirar cuántas series de televisión actuales pretenden imponernos una idea de estilo situada, casi siempre, entre 1800 y 1939. Mansiones, duquesas, criadas, cenas larguísimas, guantes, perlas, sombreros, trajes de mañana, trajes de tarde, trajes para no decir nunca lo que una piensa. Series abrumadoramente británicas que nos ofrecen un repertorio interminable de aquello que los propios ingleses llaman cheesy, corny y cringey: lo empalagoso, lo afectado, lo ridículo, lo que da un poco de vergüenza ajena cuando se toma demasiado en serio.

Y ahí está el problema: que muchas mujeres han terminado confundiendo estilo con representación social. Como si vestir bien consistiera en parecer la invitada correcta en una casa ajena. Como si la elegancia fuera no molestar. Como si lo verdaderamente distinguido fuera renunciar a la espontaneidad, a la alegría, al color, al carácter o a la comodidad.

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Por suerte, los norteamericanos llegaron para simplificarlo todo. A veces con acierto y a veces con vulgaridad, desde luego, pero también con una virtud enorme: quitar solemnidad. Introdujeron una idea más práctica, más directa, más libre. Nos recordaron que una mujer puede ir bien vestida sin estar encorsetada, que puede mezclar, moverse, trabajar, viajar, correr, equivocarse y aun así tener estilo. No todo lo americano es admirable, pero esa capacidad de desmontar la pompa victoriana fue una liberación.

Quizá por eso me parece tan simbólico lo que ocurrió con Diana de Gales. En cuanto se separó del príncipe Carlos, lo primero que hizo fue desterrar de su armario aquella imagen exclusivamente británica que durante años la había convertido en personaje. Empezó a vestir de otra manera: más continental, más norteamericana, más limpia, más libre. Dejó atrás el disfraz institucional para acercarse a una mujer real. Y esa transformación no fue solo estética. Fue biográfica. Esa prisión dinástica que la agobiaba tenía un ‘uniforme’ que era el estilo royal británico.

La mayor parte de las mujeres del mundo recordamos a Diana Spencer como una persona fascinante; precisamente, porque, cuando pudo, apareció cotidianamente como sí misma. Si hubiera vivido lo suficiente, no me cabe duda de que habría entendido la fuerza de la moda española actual: esa moda hecha con oficio, con personalidad, con raíz y con libertad. Habría encontrado en Es Fascinante algo que le habría sentado muy bien, no solo al cuerpo, sino al espíritu. Por su nombre, desde luego. Porque ella fue fascinante. Pero también porque nuestra moda lo es.

 

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Por eso mi recomendación es sencilla: dejemos de vestirnos para encajar en una fantasía francesa, victoriana, británica, aristocrática o televisiva. Dejemos de comprar estatus cuando lo que necesitamos es presencia propia; la que nos apetece cada día.

Cada mañana, antes de elegir un bolso, un vestido, una chaqueta o unos zapatos, conviene hacerse esas preguntas que suelo insistiros: ¿Se lleva entre si estas piezas? ¿Me representan fielmente? Porque la verdadera elegancia empieza ahí. En atreverse a salir a la calle siendo una misma, según el día, las circunstancias y el ánimo. Sin embutirse en cursilerías. Si nos queremos, si confiamos en nosotras mismas, nos atrevemos a variar, a probar, a equivocarnos…

Gracias por leerme. Y recibe un abrazo de Margarita.

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