Los pilares del constructo «hispanidad»: idealismo y fe
Unamuno y Vizcarra discreparon acerca del sustento ideológico de la hispanidad, pero acabaron aportando significaciones complementarias.
Unamuno y Vizcarra discreparon acerca del sustento ideológico de la hispanidad, pero acabaron aportando significaciones complementarias.
«Hispanidad» es un constructo social, como lo puede ser cualquier «nación»; es decir, se trata de una elaboración teórica desarrollada por varios autores a lo largo del tiempo, con el fin de concretar y sintetizar una serie de realidades observables directamente. En este caso, la evolución de los pueblos de habla hispana de ambos lados del Atlántico, con sus numerosísimas manifestaciones étnicas, sociales y culturales. Como hemos apreciado en los tres artículos anteriores: «Rubén Darío, adelantado de la Hispanidad», «Unamuno y Marquina: acuñando 'Hispanidad'» y «La Hispanidad de Vizcarra: de racial a católica»; hicieron aportaciones sucesivas. Pero los dos últimos, por sus idearios, nos ofrecieron dos concepciones sobre las que sustentar esta idea.
Miguel de Unamuno fue un cristiano atormentado por la duda. En 1913 publicó Del sentimiento trágico de la vida en los hombres y en los pueblos; libro en el que se pregunta si una civilización puede sostenerse sobre la incertidumbre de la fe. Su respuesta es que no solo puede, sino que debe de hacerlo, por tres razones:
- Su rechazo a las dos corrientes opuestas de certezas absolutas. Por una parte, la pretendida razón pura de un sector de filósofos y científicos del norte de Europa, que trataron de convencernos acerca de que estamos destinados a la ‘nada’ (al morir); tratando de aniquilar la esperanza de trascendencia o ‘vida eterna’. Y, por otra, su oposición a aceptar el dogma católico de su época: una ‘Revelación divina’ incuestionable.
- Unamuno aceptó la gran incertidumbre acerca del destino humano (¿hay un más allá?). Esto lo hizo asumiéndolo como un «sentimiento trágico» que no debería de paralizarnos; sino movilizarnos vital y éticamente. Por eso nos propone vivir de modo que merezcamos esa ‘vida eterna’ si, al morir físicamente, resulta que sí existe.
- Nos propone el modelo de vida de Don Quijote, el personaje que, a pesar de sus continuos apaleamientos, humillaciones y desilusiones, lucha por su ideal caballeresco a pesar de que la realidad continuamente le contradice. Sustentado en su voluntad y sus valores.
El sacerdote vizcaíno estudió las tesis de Unamuno, adoptando una posición radicalmente diferente, pues rechazó una construcción doctrinal sobre la duda. Para Vizcarra la Hispanidad debía asentarse sobre raíces concretas, institucionales y sacramentales. Unas evidencias notorias y numerosas que no podían negarse. Vizcarra también se distinguía en incorporar a la Hispanidad a los pueblos asiáticos y africanos evangelizados por España, no solo a Hispanoamérica.
Los dos pensadores de la Hispanidad coincidían en tres cuestiones nucleares:
- la Hispanidad como civilización (no como raza)
- el castellano como vínculo duradero
- la vocación universal de la cultura hispana
Pero discreparon acerca del fundamento mismo sobre el que esa civilización debía apoyarse. Desgraciadamente no se produjo una polémica pública entre los dos que les hubiera motivado para ahondar en sus visiones, enriqueciendo ambas tesis. Afortunadamente, de sus escritos resulta posible deducir dos modelos distintos de entender de dónde venía y adónde podía ir la Hispanidad.
PUNTOS DE PARTIDA COMPARTIDOS
Ambos rechazaron la noción racial de Hispanidad; pues defendieron que su aglutinante es cultural e histórico, no biológico. También entendían que la lengua castellana conectaba a esta gigantesca comunidad que trascendía las fronteras de los estados. Ambos consideraban que la herencia hispánica era algo vivo, con algunos denominadores comunes a cientos de millones de personas con numerosas, y que se concreta en coincidencias en la forma de estar en el mundo.
Finalmente, también compartían la dimensión religiosa de los hispánico. Unamuno era incapaz de vivir sin Dios, pero tampoco podía aceptarlo sin reservas. Su «agonía» (en el sentido griego del término, como lucha o combate), fue muy honda. Vizcarra no era un católico integrista, pues buscaba precisamente la apertura: incluir a todos los pueblos hispanos (también de África y Asia) bajo el paraguas de una civilización común. Su discrepancia radicó en el principio organizador de la Hispanidad.
LA HISPANIDAD DE VIZCARRA: LA FE COMO PRINCIPIO ESENCIAL
Para Vizcarra la Hispanidad era, en su esencia, una civilización católica. No pretendía que todos sus miembros fueran practicantes, ni que el catolicismo fuera una ideología política; su tesis consiste en que la fe cristiana había sido el principio ordenador de todo lo que hacía hispánica a esa civilización: derecho, ética, sentido de la persona, arquitectura, liturgia y fiestas.
Por eso el 12 de octubre celebra el encuentro de dos mundos bajo el signo de la evangelización. Las catedrales, las misiones, las universidades fundadas por las órdenes religiosas, el derecho natural elaborado en Salamanca por Francisco de Vitoria y Domingo de Soto: estos grandes resultados civilizatorios eran fruto de una visión del mundo explícitamente católica.
Lo católico reforzaba el sentido inclusivo de la tesis de Vizcarra: incluir a los indígenas en una nueva civilización mestiza que había preservado lenguas, costumbres y sabidurías locales dentro de la nueva síntesis. Este mestizaje era la expresión más nítida del universalismo católico: la capacidad de integrar la diversidad sin destruirla.
LA HISPANIDAD DE UNAMUNO: LA AGONÍA EXISTENCIAL Y EL ESPÍRITU QUIJOTESCO
Para Unamuno, si la Hispanidad se fundase sobre un catolicismo institucionalizado, tendería a la ortodoxia, el triunfalismo y la ausencia de autocrítica. Para el escritor, la verdadera alma hispana era la figura de Don Quijote, quien cree con fervor, lucha por sus ideales, fracasa y se levanta. Un personaje que soporta la tensión permanente entre el ideal y la realidad.
El personaje de Don Quijote no es piadoso en el sentido convencional. Se trata de un idealista que se empeña en poner continuamente a prueba sus valores, sin conseguir que la realidad se los confirme. Sorprendentemente, la continuas vejaciones, burlas y apaleamientos que sufren este caballero trasnochado y su escudero no les impide perseverar en su empeño de «desfacer agravios y enderezar tuertos»: el ideal hispánico de promover la justicia de forma noble, por encima de todo.
Para Unamuno, la esencia del alma hispana consiste en la inseguridad fecunda de quien busca a Dios sin encontrarlo, pero sin poder dejar de buscarlo. En Vida de Don Quijote y Sancho (1905) ya designó al caballero andante como símbolo de la forma de ser en el mundo más genuinamente hispana: incansable, agonística, incapaz de conformarse, y que solo acaba por aceptar la realidad (y su derrota) a las puertas de la muerte.
Se trata de un hispanismo más poroso y difícil de concretar doctrinalmente; pero también más universal y con mayor capacidad de incorporar la enorme variedad de realidades humanas de las decenas de países hispanoamericanos: el indígena con su cosmovisión animista, el judío sefardí con su religión y el ladino, el librepensador que rechaza el catolicismo pero que vive conforme a los usos hispánicos. Todos ellos podrían reconocerse en la «agonía» unamuniana; sin que por ello aceptar el universalismo católico de Vizcarra.
DOS MODELOS, UNA MISMA INTUICIÓN
Estas dos perspectivas no tienen porque llevarse al extremo y resultar excluyentes; incluso pueden interpretarse de modo complementario. Vizcarra construye su tesis desde la historicidad: la catedral, la universidad, el código jurídico, la fiesta litúrgica. Sin embargo, excluyó a quienes comparten la lengua y la cultura sin compartir la fe: los irreligiosos, los protestantes, los creyentes en las deidades indígenas… ¿resulta justificable?
La Hispanidad de Unamuno incluye a todo aquel que carga con la inquietud del alma hispana; sea cual sea su relación con el catolicismo. Sin embargo, al carecer de una institución que lo sustente ni actualice, al no tener una fiesta que lo celebre ni un texto fundacional que lo delimite, carece de la repercusión que merecería desde una perspectiva cívica y espiritual. Una identidad que se define solo como actitud existencial puede ser acogida por muchos y reivindicada por nadie.
CUESTIONES A MEDITAR
Las consecuencias de cada modelo se harían visibles en las décadas siguientes. El hispanismo católico de Vizcarra fue sistematizado por Ramiro de Maeztu, acabando en una politización que trataremos en el siguiente artículo de esta serie.
En tanto que el hispanismo unamuniano ha padecido las consecuencias de su eclecticismo y su resistencia a toda sistematización teórica. Por eso no ha tenido una continuidad doctrinal ni institucional. Unamuno murió criticando los excesos revolucionarios del Frente Popular y de los franquistas; personificando también a una Hispanidad que rechaza dejarse encuadrar.
PARA SABER MÁS
Miguel de Unamuno, Del sentimiento trágico de la vida en los hombres y en los pueblos (1913). La exposición más completa de su filosofía religiosa y del concepto de agonía. Disponible en Cervantes Virtual.
Miguel de Unamuno, La agonía del cristianismo (1931). Reflexión tardía sobre la tensión entre fe e institución, escrita desde el exilio. Disponible en Cervantes Virtual.
Miguel de Unamuno, Vida de Don Quijote y Sancho (1905). El Quijote como paradigma del alma hispana, anterior a cualquier sistematización política del concepto. Disponible en Cervantes Virtual.
Zacarías de Vizcarra, «Origen del nombre, concepto y fiesta de la Hispanidad» (1934). Su sistematización del hispanismo católico, complementaria a la lectura unamuniana. Disponible en filosofia.org.
Pedro Laín Entralgo, España como problema (1956). Un intento posterior de reconciliar la visión católica y la visión liberal de la identidad hispana; el mejor diálogo crítico con ambas tradiciones.
José Luis Abellán, Historia crítica del pensamiento español, Vol. V (1989). El estudio académico más riguroso del pensamiento de la época, con amplia atención a Unamuno y sus contemporáneos.
Este artículo es el cuarto de una serie sobre los orígenes y el sentido de la Hispanidad. El siguiente examinará cómo Ramiro de Maeztu sistematizó el concepto en su Defensa de la Hispanidad (1934), y las razones por las que esa sistematización fue, a la vez, el mayor aporte intelectual al término y el inicio de su apropiación política.
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