Rubén Darío, adelantado de la Hispanidad
En 1906 el presidente Theodore Roosevelt recibió el Premio Nobel de la Paz por su mediación en la guerra ruso-japonesa. Se trata de la misma persona que había liderado la invasión de Cuba en 1898; actuación que le valió la presidencia de Estados Unidos (EE.UU.). Asimismo, en 1903 promovió la secesión del territorio de Panamá, creando un Estado que le cediera la soberanía sobre un territorio en el que construir su deseado canal. Finalmente, su lugar en la historia de la diplomacia mundial lo consiguió al inventar la ‘doctrina del Gran Garrote’, Big Stick, con la que convertir la América hispana en el patio trasero de los Estados Unidos.
Fue entonces cuando un nicaragüense de treinta y siete años escribió uno de los textos políticos más poderosos del siglo XX. No era un manifiesto. No era un discurso. Era un poema.
Rubén Darío, el primer hispanoamericano
Nacido en 1867, Rubén Darío fue el gran renovador de la poesía en lengua castellana, inspirando a una generación de grandes poetas que escribieron desde ambas orillas del Atlántico. Por ello fue considerado el líder del movimiento modernista en español, una corriente estética que bebió originalmente de los franceses Verlaine y de Victor Hugo. Darío demostró compatibilizar la universalidad de sus palabras con el enaltecimiento del ‘ser’ hispanoamericano. Una identidad forjada por una trayectoria vital que incluyó a la gran mayoría de las nuevas repúblicas hispanas.
Darío nació en Nicaragua, una de las más pequeñas de entre la veintena en que se dividieron los dos grandes virreinatos españoles. Este entorno nacional joven y frágil pudo impulsar su inusual afán por vivir en gran parte de la América hispana. Creció en Nicaragua con algunas estancias en Honduras. Pero con solo quince años se fue a vivir a El Salvador, Guatemala y Costa Rica. Estuvo durante un importante periodo en Chile, desde donde emigró de nuevo a Argentina. En los siguientes años visitaría Uruguay, Perú, Cuba, Colombia, Estados Unidos, México… hasta asentarse en Europa, donde combinó las estancias entre Madrid y París.
Desde tan temprana edad, esa vida errante, en busca de experiencias inspiradoras, puede asimilarse a la de uno de aquellos adelantados del periodo de la Conquista. Sujetos indómitos que buscaban explorar y unir territorios para crear un nuevo mundo unido por una fe y una civilización comunes. En el caso del nicaragüense, su exploración fue de acentos, temperamentos, paisanaje… para nutrir su sensibilidad, y así crear un movimiento literario de hondas raíces. Darío es adelantado también en cuanto explora un territorio conceptual inexistente, actúa en él con plena autoridad poética y lo cartografía para que otros lo habiten después. Lo hace desde la tierra de los virreinatos, no desde la metrópoli.
El enorme bagaje acumulado por los viajes americanos de Darío se fue filtrando en unos poemas que pueden considerarse entre los más influyentes de la literatura universal. Entre los poetas influidos por el nicaragüense pueden mencionarse a los españoles Manuel y Antonio Machado, Juan Ramón Jiménez y Francisco Villaespesa. Así como a los americanos Leopoldo Lugones (argentino), Amado Nervo (mejicano), José Santos Chocano (peruano), Delmira Agustini (uruguaya) y Ricardo Jaimes Freire (boliviano). Puede afirmarse que la gran poesía hispanoamericana nació antes que el concepto de Hispanidad.
Rubén Darío llevó una vida nada convencional y sin más ataduras que su vocación literaria y una permanente curiosidad. Un esteta que admiraba a los simbolistas franceses y que, al mismo tiempo, sentía en las entrañas la amenaza que el expansionismo anglosajón representaba para el mundo en el que había nacido. Cuando en 1905 publicó Cantos de vida y esperanza, incluyendo un poema titulado A Roosevelt. Al redactarlo no imaginó que se constituiría en el texto fundacional de un concepto que más tarde adquiriría un nombre cargado de significación histórica: la Hispanidad.
El poema A Roosevelt y su argumento civilizatorio
El texto de Rubén comienza con una declaración que mezcla la admiración y la advertencia:
«Eres los Estados Unidos, / eres el futuro invasor / de la América ingenua que tiene sangre indígena, / que aún reza a Jesucristo y aún habla en español.»
Darío no niega el poder de Roosevelt: lo agiganta, lo convierte en cazador de leones, en Alejandro, en Nabucodonosor. Pero frente a ese poder material erige otro de naturaleza completamente diferente. No es político ni militar. Es civilizatorio.
El poeta invoca un mundo definido por la historia compartida, la lengua, la fe y la herencia grecolatina:
«La América del grande Moctezuma, del Inca, / la América fragante de Cristóbal Colón, / la América católica, la América española...»
Esta enumeración es deliberada, cargada de intención. Darío coloca en el mismo plano al Inca y a Colón, a la América indígena y a la América hispánica; como partes de una misma herencia. No hay aquí ninguna nostalgia imperial: hay la conciencia de una comunidad de pueblos con un alma compartida, que trasciende las fronteras de los estados y que no puede reducirse a ninguna bandera particular.
El poema cierra con una advertencia que resuena como un tambor:
«Tened cuidado. ¡Vive la América española! / Hay mil cachorros sueltos del León Español. / Se necesitaría, Roosevelt, ser Dios mismo, / el Riflero terrible y el fuerte Cazador, / para poder tenernos en vuestras férreas garras.»
Aquí reside el prodigio histórico-intelectual: Darío describe la Hispanidad sin llamarla todavía por ese nombre. Define sus límites, sus fundamentos y su sentido antes de que ningún intelectual europeo haya acuñado el concepto. Y lo hace desde el otro lado del Atlántico, desde una Nicaragua que no era España, pero que se sabía parte de algo común y valioso.
La palabra hispanidad, con su carga conceptual moderna, la irán forjando otros. Miguel de Unamuno la trabaja en sus ensayos de los primeros años del siglo, cargándola de hondura filosófica y espiritual. El poeta Eduardo Marquina la resignifica en el ámbito literario. Pero es el sacerdote vasco Zacarías de Vizcarra, radicado en Buenos Aires, quien en 1926 propone formalmente sustituir «Fiesta de la Raza» por «Fiesta de la Hispanidad», argumentando que el término raza era equívoco y que lo que unía a los pueblos hispanos era algo más profundo: una civilización entera. Finalmente, Ramiro de Maeztu sistematizará el concepto en su Defensa de la Hispanidad (1934). Darío precede a todos ellos. Y los precede desde América, no desde Madrid.

Cuestiones a meditar
A lo largo del siglo XX el concepto de Hispanidad ha sido apropiado y resignificado por algunos sectores del nacionalismo español, vaciándolo de su dimensión americana y cargándolo de nostalgia. La respuesta, en ciertos ámbitos académicos americanos, fue rechazarlo en bloque, identificándolo con un proyecto de imposición colonialista cultural.
El poema de Darío desmonta esa trampa antes de que se cierre. El concepto no nació en Madrid ni en las homilías del conservadurismo español: lo gestó un nicaragüense modernista, ajeno a cualquier tradicionalismo, para defender la dignidad de una civilización centenaria frente a una amenaza exterior real. La Hispanidad de Darío no mira hacia la Península: mira hacia el interior de una comunidad que incluye el náhuatl y el quechua en su genealogía, que reivindica a Moctezuma y al Inca junto a Cristóbal Colón.
Esa Hispanidad, plural, americana, anterior a las ideologías que luego la disputaron, es la que merece recuperarse. Y para recuperarla, hay que volver al principio. Hay que volver a Darío.
Para saber más
Rubén Darío, Cantos de vida y esperanza (1905). El texto íntegro de A Roosevelt puede leerse en Cervantes Virtual, el mayor repositorio de literatura hispánica en línea.
Ramiro de Maeztu, Defensa de la Hispanidad (1934). Obra clave para entender la sistematización política del concepto, con todas sus virtudes y sus límites. Edición digital en la Biblioteca Digital Hispánica.
Miguel de Unamuno, En torno al casticismo (1895). Unamuno es quien otorga al concepto su primera profundidad filosófica. Disponible en el Proyecto Filosofía en español.
Zacarías de Vizcarra, Origen del nombre, concepto y fiesta de la Hispanidad (1934). Artículo fundamental sobre la propuesta de renombrar la «Fiesta de la Raza». Disponible en filosofia.org.
Real Academia de la Historia, Hispanidad: Un concepto, una historia, una realidad cultural. Síntesis accesible y bien documentada del recorrido histórico del término.
Este artículo es el primero de una serie sobre los orígenes y el sentido de la Hispanidad. El siguiente examinará cómo Unamuno y Eduardo Marquina resignificaron el término en el debate intelectual español de principios del siglo XX.
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