El bolso: ese ‘micro cajón’ que tanto dice de cada una
Cada mañana, cuando termino de vestirme, llega un momento que parece menor, pero que no lo es: escoger el bolso que acompaña a mi look. A veces lo hago deprisa, lo reconozco. Miro la hora, pienso en todo lo que tengo por delante y tengo la tentación de coger el que tengo más a mano; este suele ser el último que dejé, el del día anterior. Pero, cuando me paro un poco, me doy cuenta de que elegir un bolso tiene su relevancia, y me freno.
Porque tú sabes que un bolso no es solo un complemento. En el caso de los de marcas globales denota capacidad económica y aún estatus social: «tengo algo muy exclusivo que muy pocas tienen» . Por otra parte, si no ha sido por acto reflejo, resulta casi una declaración de intenciones: cómo quiero salir al mundo esa mañana, de lo que necesito llevar conmigo, de si voy a caminar mucho, de si tengo reuniones, de si voy a comer fuera, de si necesito sentirme ligera o, por el contrario, llevar ‘media casa’ conmigo «por si acaso».
Seguro que a ti también te pasa. Hay días en los que necesito un bolso grande, generoso, casi maternal. Uno de esos en los que cabe ‘todo’: la agenda, las gafas, el monedero, un pañuelo, unas llaves que nunca encuentro a la primera, el móvil, una barra de labios, papeles o algo que en realidad no voy a usar pero que me tranquiliza llevar. En mi caso los días actualmente me resultan muy largos, con reuniones, atender a clientas y diseñadores, desplazamientos, el gimnasio... Días en los que el bolso se convierte en una pequeña oficina portátil, en una especie de ‘botiquín de primeros auxilios’.
Otros días, en cambio, más sosegados y mejor planificados, es justo lo contrario. Pues consigo salir con lo imprescindible: llaves, teléfono, cartera, pañuelo y poco más. Hay algo muy liberador en un bolso pequeño. Obliga a repasar los eventos del día y a escoger. Y cuando escoges algo, renuncias a otras opciones. A no cargar con todo. Y no sé si te ocurre, pero a mí a veces aligerar el bolso me ayuda también a aligerar la cabeza. Salgo entonces de casa como con mejor ánimo, más ligera mentalmente.
Por eso, antes de elegir, me hago esas preguntas que vengo señalándote en algún artículo anterior. La primera: ¿qué voy a hacer hoy? No es lo mismo caminar mucho que ir en coche. No es lo mismo una jornada de trabajo que una comida tranquila. No es lo mismo viajar, pasear por una ciudad, asistir a una reunión o salir por la noche. El bolso debe servir al día, no estorbarlo.
La segunda pregunta es: ¿qué quiero que haga este bolso con mi look? Porque hay bolsos que acompañan discretamente, sin llamar la atención, y otros que ordenan todo el conjunto. Un vestido muy sobrio puede agradecer un bolso especial. Un look ya muy pensado quizá necesite uno ‘silencioso’. A mí me encantan los conjuntos de pana, a veces de líneas un tanto ‘masculinas’, pues en esos casos ‘suavizo’ mi aspecto con un bolso más ‘fino’, femenino. En cambio, si opté por un conjunto más romántico puedo aportarle fuerza con un bolso más estructurado, incluso ‘arquitectónico’.
También importa mucho la manera de llevarlo. No dice lo mismo un bolso al hombro que una bandolera, un capazo, una cartera de mano o un bolso rígido de asa corta. Algunos nos dejan las manos libres y nos permiten afrontar una mañana agitada. Otros nos obligan a estar más presentes. Unos acompañan una jornada activa; otros parecen hechos para entrar en una habitación y quedarse.
Y, pensando en todo esto, me doy cuenta de que el bolso ha cambiado muchísimo a lo largo de los siglos. Hubo un tiempo en que no pretendía decir nada. O, mejor dicho, decía algo muy elemental: aquí llevo sólo lo que necesito (y solía ser muy poco, mucho menos que ahora). Antes de convertirse en accesorio, en objeto de deseo o en pieza reconocible de una casa de moda, el bolso fue una solución práctica durante milenios.
Pero poco a poco ese pequeño recipiente dejó de guardar solo cosas. Empezó a guardar también una posición social: entre las mujeres y frente a los varones. El bolso viene acompañando nuestra posición en la calle, durante los viajes, en la vida social, en el trabajo, en la independencia económica. No era lo mismo no necesitar llevar nada, porque otros lo llevaban por una, que llevar consigo las propias llaves, el propio dinero, la propia agenda, la propia vida. En ese sentido, el bolso ha sido también una pequeña declaración de autonomía.
Después llegó otra transformación: el bolso como signo. Como pista. Como contraseña social. Como modo de llamar la atención hacia el estatus económico privilegiado. La forma, la piel, el cierre, el logo visible o invisible, el modo de llevarlo, empezaron a comunicar gusto, poder adquisitivo, discreción, pertenencia o aspiración. Un bolso podía contar incluso más de lo que su dueña pretendía: hasta lo que se pensaba y a nadie se decía. Pus puede proclamar cursilería, de buena educación estética, entendimiento de oficio artesanal, estar a la moda o incluso de resistencia a la moda.
Y aquí es donde a mí me interesa detenerme. Porque no creo que el mejor bolso sea necesariamente el más reconocible, ni el más caro, ni el más nuevo. Creo que el mejor bolso es el que encaja con una mujer concreta en un día concreto. El que no se impone sobre ella. El que la acompaña bien. El que tiene proporción, oficio, duración. El que resuelve sin llamar la atención.
Quizá el verdadero lujo, hoy, no consista en que el bolso anuncie quién lo ha fabricado, sino en que acompañe con naturalidad la vida de quien lo lleva. Que sea cómodo sin perder belleza. Práctico sin perder intención. Discreto sin resultar anodino.
Elegir bien un bolso es encontrar ese punto exacto entre necesidad y belleza. Entre lo que debo llevar y lo que quiero expresar. Entre el día real y el día imaginado. Porque, al final, un buen bolso no debería mandar sobre nosotras. Debería caminar con nosotras.
Y quizá por eso, cuando estés a punto de salir de casa y dudes entre uno y otro, la pregunta no sea solo: «¿cuál combina mejor?». Tal vez sea otra un poco más profunda y más divertida: «¿qué vida quiero llevar hoy conmigo?».
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Y recibe un abrazo de Margarita.
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