Diseñar para todas las mujeres: la verdadera prueba del talento
Desde siempre la moda se ha asociado a un arquetipo de mujer: alta, delgada, joven, estilizada, con un cuerpo casi geométrico sobre el que cualquier prenda parece caer bien de forma natural. Esa imagen se ha convertido en una especie de ‘canon’ para la abrumadora mayoría de la industria.
Hay clientas que llegan a pensar que la moda de autor no es para ellas. Algo muy problemático e incluso hiriente, pues puede afectar a la autoestima; pues si el creador a quien una clienta admira no tiene en cuenta su cuerpo, es que ‘no le vale’, ‘no le da la talla’. Quizá convendría invertir la pregunta. ¿Y si el problema no estuviera en el cuerpo de las mujeres menos altas, menos delgadas y con piernas menos largas? ¿y si de lo que se trata es de la falta de imaginación de ciertos diseñadores?
Diseñar para una mujer muy alta, muy delgada y muy proporcionada puede producir imágenes bellísimas, por supuesto. Nadie niega la elegancia de ese tipo de silueta. Pero también es el camino más fácil. Un cuerpo estilizado alarga la prenda, reduce la obligatoriedad de mantener proporciones visuales perfectas, permite cortes más extremos y hace que casi cualquier volumen parezca haber sido creado intencionadamente. Así, la fisonomía de la modelo de cuerpo ‘ideal’ realza el diseño incluso antes de que este haya demostrado su mérito.
Por eso, cuando una firma muestra siempre el mismo tipo de cuerpo, quizá está diciendo más de lo que cree. No solo demuestra una preferencia estética; está confesando, aunque sea de manera involuntaria, los límites de su propia mirada. Está diciendo que su ropa necesita un cuerpo muy concreto para funcionar. Que su idea de belleza depende de una silueta supuestamente privilegiada. También que no sabe, o no quiere, enfrentarse a la diversidad física de las mujeres.
Y ahí está la cuestión: la verdadera prueba de un diseñador no consiste en vestir únicamente a una mujer que ya responde al canon más favorecido por la moda. El reto está en crear belleza donde la industria acostumbra a ver dificultad. En saber vestir una cadera ancha, un pecho abundante, un abdomen generoso, unos brazos carnosos… en diseñar pensando en la mujer baja, la mujer madura o la mujer con presencia. La industria, y muy especialmente los diseñadores más renombrados, los que influyen en otros creadores, deben asumir y demostrar con su trabajo que el cuerpo femenino no es una línea única, sino una variedad infinita de proporciones, volúmenes, edades, gestos y formas de estar en el mundo.
Desde un principio yo he evitado pensar en vestir a la mujer idealizada por la fotografía de moda. También diseño para mujeres de talla grande, aunque no exclusivamente para ellas. Para mí es una declaración de principios, pues significa entender que la elegancia no pertenece a una talla, que la feminidad no se reduce a una silueta adolescente y que el estilo no debería desaparecer cuando una mujer se sale del patrón estrecho que la industria ha impuesto durante años. Tal es el dominio de ese arquetipo de mujer que me cuesta mucho encontrar modelos que no sean así; hay muy pocas mujeres maduras, gruesas y bajas que quieran hacer modelaje.
Diseñar para tallas grandes exige más que ampliar el patrón pensado originalmente para la otra fisonomía ‘estandar’. No se trata simplemente de hacer una prenda más ancha. Es una de las libertades que se toman esas marcas que tú tienes en la cabeza (porque salen continuamente en las revistas y programas de moda). Se creen que adaptar una talla consiste en sumar centímetros, cuando en realidad deberían repensar la arquitectura de la prenda. Cambia la caída, cambia el equilibrio, cambia el lugar donde debe descansar una costura, cambia el ancho de una manga, el largo de una chaqueta, la profundidad de un escote, el peso del tejido, la proporción de un estampado. Cambia todo.
Diseñar para una mujer con curvas, con volumen o con una talla grande obliga a conocer mejor el cuerpo, a pensar, a ajustar. Obliga a buscar soluciones, a crear una belleza aplicable a la mayoría que no tiene el cuerpo idealizado que se ha venido imponiendo. Y quizá por eso tantas marcas lo evitan. Porque es más difícil. Porque no basta con colocar la prenda sobre una modelo alta y esbelta, confiando en que su imagen lo resuelva todo.
La moda que solo viste a mujeres altas y delgadas puede ser sofisticada, pero también limitada. En cambio, una moda capaz de vestir a mujeres distintas entra en un terreno más complejo, el de la realidad cotidiana, el de la variedad; y por ello más interesante, pues resuelve circunstancias de mujeres reales. Porque una mujer no deja de ser elegante porque tenga una talla 44, una 48 o una 52. Lo que puede dejar de ser elegante es una industria que no sabe qué hacer con ella.
Frente a eso, diseñar para ellas es también un acto de respeto. No de condescendencia, sino de reconocimiento. No se trata de decir: «también tenemos algo para vosotras», como si fuera una concesión. Se trata de comprender que esas mujeres forman parte del centro de la vida real. Son mujeres que trabajan, viajan, cenan, reciben, celebran, compran, se enamoran, envejecen, se cuidan, se miran al espejo y quieren verse bien. No quieren disfrazarse de otra persona. Quieren encontrar una ropa que las acompañe.
Por eso, la insistencia de tantas marcas en mostrar siempre modelos altas, delgadas y jóvenes no debería interpretarse solo como una estrategia comercial. También puede leerse como una falta de ambición creativa. Si una ropa solo resulta convincente sobre un cuerpo extraordinariamente estilizado, quizá la ropa no es tan buena como parece. Quizá el mérito está menos en el diseño que en la fisonomía de la modelo. Quizá lo que se presenta como ideal estético es, en el fondo, cierta deformación profesional.
La verdadera modernidad de la moda no consiste en repetir cuerpos idealizados bajo una apariencia de elegancia. Consiste en ampliar la idea de belleza. Yo no puedo hacer tallas grandes porque hago producción muy limitada y no las vendería, aunque si desarrollo un estilo adecuado para una mujer de veinte años y una de setenta; para una mujer muy alta y otra baja; una silueta recta y otra rotunda. No es la más llamativa ni espectacular, no creo que me otorgue premios ni pase a la historia, pero me parece la más humana, la ajustada a mi carácter.
Desde luego, vestir a una mujer que ya encarna el canon dominante puede producir una imagen bonita. No hay más que abrir cualquier revista para comprobarlo, son casi obras de arte (y por eso cada vez hay más museos dedicados a la moda y exposiciones de pintura que también incluyen moda). Pero vestir bien a una mujer que la moda ha ignorado durante demasiado tiempo exige empatía, técnica, sensibilidad y perseverancia.
En definitiva, la talla grande debe dejar de ser un problema para la moda y pasar a ser un reto pendiente. Yo espero ir abordándolo cada vez mejor, colección a colección.
Gracias por leerme, y recibe un abrazo de Margarita.
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