Debemos aceptar y entender nuestro cuerpo
En el artículo anterior te comenté mis impresiones acerca de los límites de una moda que insiste en mostrar siempre el mismo tipo de mujer: alta, delgada, joven y estilizada. Mi tesis es que el problema no consiste en que la gran mayoría de los cuerpos no encajen en ese canon, sino en la falta de imaginación, técnica y/o ambición de muchos diseñadores. E incluso que, en algunos casos, aprecio en algunos creadores cierto ‘divismo’ y falta de sensibilidad hacia la gran mayoría de mujeres (cuyas circunstancias ignoran). Tan acentuado es el sesgo de la industria que a los que nos interesan todas las edades y tallas nos han creado el problema de encontrar modelos con las que trabajar.
Hoy continúo con esa reflexión desde el otro lado: el de la mujer que se viste. Desde la clienta que entra en una tienda, se prueba una prenda y sale del probador con la sensación de que es ella quien ha fallado. Como si el vestido fuera ‘el canon’, el modelo de referencia al que debe de ajustarse la realidad de quien aspiraría a ponérselo. Pero que acaba renunciando, pues acaba concluyendo que ella no llega a la altura de la prenda, que ‘no llega al nivel’ del diseñador.
Coincidirás conmigo en que resulta absurdo. No cabe duda de que los diseñadores tienen el poder de prescripción asociado a su celebridad y a la difusión de sus modelos. Pero quien decide comprar es la clienta. Y si siempre se ha dicho que ‘el cliente tiene razón’, en el caso de la moda ‘el diseñador tiene razón’ (y la clienta ‘no encaja’).
Si una no es alta y delgada no debe pensar solo en tapar. Ni enseñar de más. Conviene aclararlo desde el principio. En otro artículo defendí el 'menos es más', pero no como esa fórmula pobre que a veces se traduce en ir vestida de nada o en renunciar a todo. Para mí, 'menos es más' tiene mucho que ver con saber guardarse algo. Con no entregarlo todo de golpe. Con no necesitar demostrarlo todo ni explicarlo todo. Con dejar que haya misterio, medida, distancia… que suscitan interés.
Eso sirve también para la mujer con curvas, no tiene que esconderse, pero tampoco tiene que probar su seguridad enseñándolo todo. Entre la desaparición y la exhibición hay un territorio mucho más elegante: el de la presencia. Una presentación pensada, cuidada, serena. Una manera de vestirse que no pide perdón, pero tampoco se avergüenza, o se siente menos. Recordemos que ‘Las tres gracias’ de Rubens, ante las que miles de personas se detienen cada día a admirarlas en el Museo del Prado, deleitándose con su exuberancia, salud y carnosidad eran los cánones de belleza de aquella época. ¿Y cuantas mujeres de hoy con los cuerpos de las ‘Tres gracias’ esconden sus curvas con toda la tela que encuentran? Porque no responden al canon que nos han impuesto algunos diseñadores y las empresas de dietética, estilo… que se lucran con el modelo de mujer muy delgada.
Porque la actitud no consiste en ponerse cualquier cosa y repetir delante del espejo que una está estupenda. Hay que ocuparse de una misma, concederse por la mañana ese rato de arreglo como una responsabilidad propia, no como una frivolidad. Igual que se atienden obligaciones, citas, correos, familia, compromisos… una mujer debería atender también su forma de presentarse al mundo. No por los demás únicamente, sino por ella.
Ahí empieza, para mí, lo fascinante.
Sí, hay que estudiarse más si se tienen curvas y se es más baja que si se es más delgada y más alta. Es la realidad actual. Porque el canon de hoy se centra en las altas y delgadas. Porque hay muchísima más oferta para esas mujeres. Pero ¿no merecemos suficientemente la pena como para dejar de estudiarnos y de cuidar nuestro aspecto? Mi mensaje es que la responsabilidad de estar contenta cada día es de una, y que la resignación y la pasividad es una opción.
La ropa buena no aplasta, sino que acompaña, ordena, sostiene. Una chaqueta bien cortada puede hacer más por una figura que muchos metros de tela. Un vestido cruzado puede crear una línea donde parecía no haberla. Un pantalón con buena caída puede favorecer mucho más que uno elástico que se pega sin piedad. Una camisa con cuerpo puede ser más cómoda, incluso más amable, que una camiseta aparentemente fácil. Sí, ya te habrás dado cuenta, si tienes curvas y eres más bien baja, además de estudiarte más, debes comprar ropa de calidad. La jovencita alta y delgada se puede vestir en esas multinacionales de la copia de tendencias y el precio imbatible, porque todo les cae bien. Pero para quien no es así hay que buscar calidad y dedicarle un tiempo.
No se trata de exagerar, de agobiarse en el proceso de compra, pero tampoco rendirse en seguida y llevarse una prenda solo porque 'entra'. Cuántas veces una mujer compra algo que no le gusta de verdad simplemente porque ha conseguido abrocharlo. Como si la ropa le hubiera concedido un favor.
Te saco de nuevo mi guerra contra la cursilería, que traté en un artículo anterior. La cursilería está también en aceptar sin pensar el disfraz que otros han decidido para nosotras. En comprar una prenda porque da 'estatus', porque la lleva una influencer, o porque parece prometer seguridad. La cursilería no depende de la talla, sino de dejar de ser una misma para obedecer a una imagen ajena. De tanto ver el mismo canon de belleza es lógico que muchas pierdan seguridad y renuncien al criterio propio.
Por eso te animo a ir reuniendo un armario como una caja de piezas que encajan (te animo a leer mi visión de SOY Fascinante como Lego). No hace falta tener muchísimo. Hace falta tener prendas que dialoguen entre sí, que permitan resolver la mañana sin complicarse. Una camisa que vaya con varios pantalones. Una chaqueta que ordene distintos vestidos. Un color que se entienda con otros. Un bolso que no parezca ridículo por pequeño ni pesado por exagerado. Si tienes curvas o eres más bien baja, disponer de piezas que combinen muy bien te facilita enormemente dar con el look que te va en poco tiempo.
Por ello mírate con atención, para comprenderte. Aprende qué te favorece y qué no. No compres cualquier cosa solo porque entra o lo has visto en un anuncio. No confundas comodidad con abandono. No confundas discreción con invisibilidad. No confundas feminidad con cursilería. Y si resulta que tu tienes muy buena facha, tampoco confundas seguridad con enseñar demasiado, porque te resta atractivo.
Gracias por leerme, mándame tus opiniones y sugerencias, y recibe un abrazo de Margarita.
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