Zuloaga y Falla, una amistad improbable
Ignacio Zuloaga Zabaleta (1870) nació en Eibar (Gipuzkoa) seis años antes de que Manuel de Falla Matheu (1876) lo hiciera en Cádiz. Eibar era una ciudad con doce veces menos población, pero ambas urbes compartían un activo tráfico mercantil y cierto cosmopolitismo. En el último tercio del siglo XIX Cádiz gozó de un gran esplendor cultural, promovido por la saga de mecenas y artistas Viniegra y por cuatro importantes instituciones: la Real Academia Filarmónica de Santa Cecilia, la catedral, el Museo de Bellas Artes y el Museo Arqueológico. En esas fechas no había ningún museo abierto en el País Vasco, ni tampoco sociedades filarmónicas; el principal centro cultural era el Teatro Principal de San Sebastián.
DISPARES CIRCUNSTANCIAS FAMILIARES
El padre de Manuel era de origen valenciano, en tanto que la madre era una gaditana con antepasados catalanes. En cambio, los Zuloaga eran una saga de armeros con un extremado apego a su pueblo; pues dos bisabuelos, un abuelo y el padre de Ignacio emigraron y regresaron a Eibar; e Ignacio pasó parte de su niñez en el exilio francés a causa del ideario liberal de sus mayores.
Manuel fue el mayor de cinco hermanos, aunque de muy niño sufrió el trauma de la padecer la muerte muy temprana de sus compañeros Juan María y José María, lo que afectó psicológicamente a un niño de extraordinaria sensibilidad. A los demás supervivientes, Carmen y Germán, les llevaba seis y trece años de diferencia. Esto no fue obstáculo para que estuvieran muy unidos, especialmente con Carmen que permaneció soltera y se dedicó a cuidarle.
En Eibar, Ignacio fue el tercero de cinco hermanos; manteniendo una íntima relación con su hermano mayor. Los Zuloaga fueron un linaje muy unido, hasta el punto de llegar a vivir juntas tres generaciones en la torre familiar, conviviendo cuñados y primos.
Los futuros amigos tuvieron unos padres cultos, que les brindaron una excelente educación. José María Falla Franco era un relevante corredor de comercio, en tanto que su madre, María Jesús Matheu Zabala, era pianista aficionada; ella, y el abuelo Manuel Matheu, le enseñaron a su primogénito nociones de solfeo desde muy niño. Aunque el ambiente cultural de Eibar era muchísimo más limitado que el gaditano, se dio la circunstancia de que el padre de Ignacio era un escultor damasquinador de fama mundial; con una extraordinaria colección de arte, visitada por la reina regente y de otros ilustres veraneantes. La torre Kontadorekua era también conocida como la «universidad del damasquinado» por el enorme número de jóvenes que aprendieron estética y dibujo de Plácido Zuloaga, una instrucción que su hijo también recibió.
Las diferencias físicas y de personalidad entre ambos resultaban casi cómicas.
IGNACIO, UN BANDERIZO VASCO
El joven eibarrés representó el arquetipo de «vasco recio»: alto, muy corpulento, de manos grandes de artesano y mirada penetrante. Solía vestir de forma cómoda y sencilla, como un aldeano. Gran comilón, estaba enamorado de su trabajo, por lo que trabajó largas horas, seis días a la semana, hasta pocos días antes de su muerte, a los setenta y cinco años.
Extremadamente inteligente, sociable y decidido, el financiero Juan March dijo de él que hubiera triunfado en cualquier negocio que se hubiera propuesto. Ignacio fue un buen estudiante, dominaba cuatro idiomas (vascuence, castellano, francés e inglés) y se hacía entender en otros dos (el caló de los gitanos y el italiano). Desde niño fue muy rebelde, siendo expulsado del instituto de Bergara. Su padre le matriculó en una escuela de comercio, pero acabó aceptando la decisión de su hijo de tratar de ser pintor. Primero le llevó a Madrid para que visitara el Museo del Prado y después le financió estancias en Roma y París (donde asistió a academias ‘libres’). Las ayudas paternas se prolongarían durante casi una década a causa de los infructuosos intentos de Ignacio a la hora de vender unas obras de temas poco decorativos y estilos vanguardistas.
El poderoso ambiente de la casa de los Zuloaga invitaba a la asunción de riesgos. Allí se contaban las historias de los azarosos avatares familiares. Su abuelo y su padre se habían recorrido media Europa, registrado patentes y comenzado los más diversos proyectos; además de las emigraciones y el exilio. Creció en una familia con una concepción caballeresca de la vida y un alto concepto del honor familiar, entendido como colectivo. Por ello Ignacio se metió desde joven en toda clase de polémicas, llegando a desafiar públicamente las autoridades estatales. Además, fue muy aficionado a los deportes de riesgo. Fue uno de los primeros automovilistas y tuvo múltiples accidentes de tráfico. Además, trató de ser torero en sus años sevillanos, afición que siguió practicando en tentaderos hasta semanas antes de morir.
Resulta revelador que Ignacio fuera un gran lector del Quijote y que se ocupara de pintar sus figuras para el Retablo de Maese Pedro para la primera representación en un gran teatro de la obra de su amigo Falla. También compró con unos amigos el molino Burleta en Campo de Criptana (Ciudad Real) y lo restauraron, con la finalidad de hacer un pequeño museo en el edificio al que supuestamente embistió su héroe.
Todo esto encaja con un carácter idealista y activista. De joven era conocido en Eibar por sus ideas anarquistas utópicas, que evolucionaron hacia el socialismo y el republicanismo con el paso de los años. Durante toda su vida militó en contra de la intolerancia y en defensa de los marginados. Por ejemplo, la costumbre eibarresa de autorizar una comparsa dedicada específicamente a burlarse de los gitanos pudo influir en que Ignacio llegara a desarrollar una íntima relación con ese pueblo. Una dedicación manifestada tanto en los personajes de las pinturas, como en el intenso activismo: manifestaciones, cuestaciones, manifiestos… tanto en las dos guerras mundiales como en la guerra civil española. Ignacio fue un cristiano profundamente creyente y extremadamente caritativo y generoso; pidiendo ser amortajado con el hábito franciscano. Pintó a San Francisco de Asís pero se negó a aceptar el encargo de la Diputación de Gipuzkoa para pintar a San Ignacio de Loyola; también pintó un cuadro muy crítico con la jerarquía eclesiástica: El Cardenal (hoy en el Museo de Bellas Artes de Bilbao), que causó una gran polémica.
El eibarrés reiteradamente se definió como autodidacta, admitiendo solo como maestros a su padre y a dos pintores franceses que le corrigieron al llegar a Paris. Tras probar con varias de las vanguardias (impresionismo, puntillismo y simbolismo) desarrolló un estilo enteramente propio: el «zuloaguesco», mezcla de características de los grandes maestros de la Escuela española con algunas cuestiones estilísticas de la vanguardia. Tenía una obsesión por representar el carácter, ya fuera de una persona o de un paisaje. Con el objetivo de provocar una emoción romántica en el espectador.
LA EXTREMA DEBILIDAD Y FORTALEZA DE FALLA
Por su parte, Falla era muy pequeño, pálido y de aspecto frágil. Pero con una formidable fuerza de voluntad, disciplina y orden. Acompañadas por una extraordinaria ética cívica, nobleza de comportamientos y coherencia; mantenidas a lo largo de toda una vida, incluso en situaciones tan dramáticas como prolongadas.
Llama la atención que, además de la temprana vocación musical incentivada en su casa, siendo un adolescente de 13 años, fundara con amigos del colegio una revista; y que, al fracasar, fundara otra al año siguiente.
Una enorme fortaleza de carácter, que supo mantener a pesar de las consecuencias psíquicas de sus padecimientos familiares: neurosis obsesiva por el ahorro, el orden, la limpieza y la salud. Su sistema nervioso era tan precario que trataba de evitar el ruido y las corrientes de aire, colocándose algodones en los oídos.
Un elemento clave de su vida fue su profundo catolicismo. A falta de noticias precisas acerca de su ambiente familiar, resulta notoria su estrechísima relación personal y pedagógica con dos grandes maestros musicales profundamente católicos. Desde niño fue instruido por una amiga de su madre, la pianista Eloisa Galluzzo, quien llegaría a ingresar en un convento coincidiendo con la marcha de Manuel a Madrid. En tanto que su preceptor durante los cinco últimos años de formación en Cádiz fue el sacerdote y organista Enrique Broca. Durante toda su vida Manuel mantuvo una gran amistad con diversos sacerdotes y asistía a misa diariamente. Con el dinero que fue ganando, no solo contribuyó a sostener la economía familiar, sino que también realizó numerosos actos caritativos.
Las muertes de sus hermanos y las grandes dificultades económicas que atravesó su familia provocaron en él un enorme sentido de la responsabilidad en el cumplimiento de sus obligaciones cotidianas. Su debilidad física y las duras circunstancias familiares contribuyeron a moldear una personalidad muy tímida, extremadamente empática y educada. De sus cartas a sus amigos puede desprenderse lo pendiente que estaba de los sentimientos de los demás y la extraordinaria confianza que depositaba en las personas que quería.
Manuel creció en un el rico ambiente cultural gaditano, y tuvo la extraordinaria fortuna de estudiar con una sucesión de grandes maestros durante más de veinte años. Cuando tenía 17 y 18 años, y a pesar de las tremendas dificultades empresariales que atravesaba la familia, esta le costeó estancias formativas en Madrid con el maestro Alejandro Odero. Este convenció a la familia que su discípulo debía instalarse en Madrid, donde comenzó a recibir clases en casa del catedrático José Tragó. La excelente formación que trajo desde Cádiz y su capacidad le permitieron superar con las máximas calificaciones tres años de solfeo y cinco de piano. La sucesión de maestros excelentes culminó con su encuentro en 1902 con Felipe Pedrell, quien fue su profesor durante tres años, en los que le trasladó sus principios de creación de una ‘escuela musical nacional’ basada en las tradiciones locales de los territorios peninsulares.
La personalidad de Falla se debió de ver afectada por la progresiva ruina familiar. En 1900 sus padres y hermanos se mudaron a Madrid, cambiando su gran casa gaditana por un modesto piso de alquiler en el madrileño barrio de Lavapiés.
LA FORJA DE DOS REPUTACIONES
El gran talento y fuerza de voluntad de Manuel de Falla le permitieron explotar al máximo su vinculación con los excelentes maestros que encontró en Madrid. A lo que se añadió el reencuentro en 1897 con el exquisito pintor y mecenas gaditano Salvador Viniegra (1862-1915) quien le volvería a ayudar. Ya en 1899, con 23 años, ganó el principal concurso de piano del conservatorio. Pero su esfuerzo formativo iba en paralelo con la necesidad de ganar dinero mediante las interpretaciones de piano en los cafés, las clases particulares y algún intento fallido de estrenar una zarzuela. No conseguiría ir a París hasta 1907, cumplidos los 31 años. Una visita prevista para unos pocos días pasó a ser una estancia de casi siete años. Esto fue posible porque el gaditano consiguió el apoyo de Paul Dukas, al que se sumarían otros grandes músicos como Albéniz, Debussy y Ravel.
Ignacio se definió como autodidacta, reconociendo como maestros a su padre, y a los dos pintores que corregían en la academia parisina donde se matriculó: Gervex y Carrière. A los 16 años pudo viajar a Madrid para visitar el Museo del Prado, pasando después unos meses viendo el arte académico de Roma. Disconforme, se trasladó a París, matriculándose en una de las academias libres e introduciéndose en los círculos más vanguardistas. En ellos coincidió con Gauguin, Toulouse-Lautrec, Degas, Serusier, Gervex, Carriere, Rafaelli…; desarrollando unas amistades que le duraron toda la vida, los franceses Dethomás, Rodin, Cottet, Bernard… y los españoles Rusiñol, Utrillo, Uranga, Durrio, Anglada-Camarasa. Tan poderosas influencias provocaron que probara con el impresionismo, el puntillismo y el simbolismo.
Lógicamente, sus idearios personales evolucionaron de forma diferente. Falla llevó una vida completamente centrada en el trabajo (hasta 1920 como pianista itinerante y después como compositor). Estéticamente, asumió los cánones de belleza y armonía clásicos, que se concretaron en sus primeras composiciones ‘de salón’ para piano y voz; piezas que podía interpretar y mejorar durante sus trabajos como pianista en los cafés. Tras conocer a Pedrell en 1901, Manuel se fue incorporando a la corriente del nacionalismo musical andaluz; así compuso su primera obra maestra: La Vida breve. A lo largo de su trayectoria, el músico mantuvo sus ideas políticas en el ámbito privado, acompañadas de un humanismo cívico coherente con sus prácticas religiosas y laborales.
Ignacio tuvo una vida fácil hasta el final de las subvenciones paternas, a los 24 años. Esto motivó que en Sevilla debiera ejercer otros trabajos: de oficinista, como compraventa de arte e incluso que tratara de ser torero profesional. A los 28 años ya obtuvo su primer gran éxito, cuando el gobierno francés le compró un cuadro. Esto no impidió que fuera excluido del pabellón español en la Exposición Universal de 1900 (al que sí accedieron 59 artistas mucho menos reconocidos). Esta supuesta exclusión ‘política’ inició una polémica conocida como la Cuestión Zuloaga; así, los escritores de las generaciones del 98 y del 14 se fijaron en el pintor, escribiendo numerosos artículos acerca de si su arte representaba ‘lo español’. Una polémica que el pintor mantendría durante muchos años y que todavía colea.
EPÍLOGO
Tan dispares personalidades y trayectorias confluirían en París en fecha indeterminada, entre 1908 y 1910. A pesar de los amigos comunes, resulta plausible que los continuos viajes de ambos creadores demoraran su encuentro. Finalmente, cuando este se produjo, en poco tiempo cimentaron una amistad extraordinaria, incluso conmovedora en algunos momentos. Además, fructificaría en una de las colaboraciones artísticas más sobresalientes de su época: la escenografía y vestuario de La Vida Breve (1913), el Concurso de cante jondo (1922), la escenografía y figurines del Retablo de Maese Pedro (1928), los proyectos inconclusos de las óperas sobre La gloria de Don Ramiro y el Mio Cid, y los dos retratos que el pintor le realizó a Falla. Así mismo, su reveladora correspondencia aporta una inestimable contribución al entendimiento de dos grandes creadores y de su época.
Fuentes
El verdadero Ignacio Zuloaga. VVAA. Fundación Zuloaga 2020.
Epistolario Manuel de Falla Ignacio Zuloaga (1913 - 1946). Edición y estudio preliminar de José Vallejo. Fundación Archivo Manuel de Falla.
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