Antonio Garrigues: «España tiene que ser más audaz y ambiciosa»
Con una larga trayectoria y amplia experiencia en derecho internacional, Antonio Garrigues Walker es presidente de honor del despacho de abogados Garrigues. También es presidente de honor de España de ACNUR. En la siguiente entrevista, el jurista reflexiona acerca de diferentes temas, desde la complejidad de su profesión hasta los rasgos que caracterizan a las personas españolas.
Cuando piensa en España como experiencia vital, ¿qué recuerdos, lugares o personas le vienen primero a la mente?
Yo en ese sentido he vivido la capacidad de relación que tenía mi padre, que le permitía invitar a casa a una serie de intelectuales, artistas y amigos cultos que él tenía. Yo siempre le agradecí las cenas y las comidas que organizaba, porque era una forma muy fácil de establecer contacto humano con personas significativas de la vida española, tanto la cultural como la económica o la política. Y la verdad es que eso enriquece mucho tu experiencia.
Entonces yo era muy joven y recuerdo que asistía a cenas con este tipo de personas muy influyentes en la vida española. Y me encantaba, lo pasaba muy bien.
Mi padre fue amigo de Lorca, Alberti y Vicente Aleixandre. Fue amigo de los intelectuales de su época. Y a través de él yo llegué a tener una simpatía hacia ciertas personas. Eso es lo que recuerdo.
¿En qué momento entendió que su profesión podría ser una forma de servir a España y a la sociedad, más allá del éxito personal?
La verdad es que nunca pensé en otro oficio que no fuera la abogacía. Mi tío Joaquín era un gran abogado mercantilista, mi padre era abogado, mi hermano Joaquín también… Estaba rodeado del mundo de la abogacía, que para mí era una especie de profesión sagrada.

Luego le he dado vueltas. Hablo mucho con abogados jóvenes y les intento explicar que tenemos que hacer un esfuerzo para que la gente entienda que la abogacía sirve al progreso y a la importancia de las profesiones. Ser abogado, arquitecto o ingeniero realmente forma parte del proceso de modernización de la vida española, y hay que dedicarle todo el tiempo que podamos.
¿Qué papel cree que desempeñan el derecho y las instituciones en la construcción silenciosa de un país sólido?
Siempre que hablo con abogados jóvenes, les intento explicar que esta es una profesión muy compleja. Que seas médico o ingeniero se entiende perfectamente, un médico lo que hace es curar las enfermedades y un ingeniero resuelve problemas técnicos.
Pero el papel del abogado es muy complejo, porque no consiste solamente en conocer la ley, sino en saber aplicarla. Y saber que, aunque la ley sea la misma, no puedes aplicarla de la misma forma a personas en circunstancias diferentes. Eso es lo que hace compleja la profesión de la abogacía.
Un médico o un ingeniero tiene problemas concretos y soluciones concretas. Un abogado tiene que estar adaptando permanentemente los problemas que le presentan al punto de vista de la persona a quien ayuda o intenta ayudar. Es verdad que algo similar pasa en todas las demás profesiones, pero yo creo que en la abogacía sucede de una manera muy especial.
Es llamativa la cantidad de veces que conviene decirle a un cliente: «tiene usted derecho, pero, por favor, no lo ejerza, porque ejercerlo le produciría más mal que bien». Hay que tener una gran capacidad de inmersión en la otra persona para darle el tipo de ayuda que necesita.
Hay gente que absorbe todo eso de una manera muy normal, pero la verdad es que luego todos tenemos que pensar si el consejo que le estamos dando a una persona en concreto es válido para ella o no. Porque a lo mejor lo es en el sentido teórico, pero en la práctica esa persona no está preparada para seguir el consejo. Y ahí es donde tenemos que movernos con inteligencia.
Y yo creo que el éxito de un abogado tiene que ver con eso, con la adaptación de los problemas jurídicos a personas concretas.
En su manera de trabajar y liderar, ¿qué rasgos cree que tienen que ver directamente con una forma española de entender la vida y las relaciones humanas?
Todos los países tienen su cultura, y esta afecta mucho al pensamiento y a la acción. Comparar la cultura de un español a la de un noruego es realmente un ejercicio complicado. Eso es lo que hay que tener en cuenta en las culturas, que la española no es lo mismo que la francesa o la italiana.
Y lo que vale para una cultura a lo mejor no vale para otra. Es ahí donde la abogacía tiene que cumplir un papel civilizador, orientador y clarificador.
Cuando hablo con abogados jóvenes saco mucho ese tema. Es decir, a lo mejor tú tienes que pensar en el cliente y ponerte en su lugar. Porque dar un consejo es estupendo, pero si la persona que tienes enfrente es muy tímida, muy poco valiente o incluso temerosa, tendrás que adaptarte a su personalidad. A lo mejor hay soluciones que son estupendas en teoría, pero que para esa persona en concreto no tienen por qué funcionar.
¿Hay algún rasgo español que usted considere que nos hace más fuertes o que nos ayuda a destacar como sociedad?
Yo creo que somos mucho más partidarios de la improvisación que otras culturas. Nos gusta improvisar y yo creo que sabemos hacerlo, lo cual es importante. Es muy difícil encontrar a un español que, cuando le haces una pregunta, admite no saber la respuesta, cosa que en el extranjero se da con mucha asiduidad.

En España la idea de tener que saberlo todo está muy desarrollada. Y la verdad es que uno no tiene por qué saberlo todo, y saber decir «no sé» de vez en cuando ayuda mucho a pensar y a encontrar soluciones válidas.
¿En su día a día, qué pequeños hábitos o rutinas le han ayudado a mantener el rigor, la calma y la coherencia a lo largo de los años?
Depende un poco de la organización de la que se trate. En estos momentos, este despacho tiene más de 2000 abogados. No es lo mismo la abogacía cuando hay más de 2000 abogados que cuando tienes un solo cliente.
En la abogacía moderna, lo que se ha puesto en marcha son las especialidades. Si a alguien le hacen una pregunta de ámbito laboral, dice: «yo no soy experto en laboral, tengo que ir al especialista en laboral». Pero en España ha habido mucho tiempo en el que el abogado lo era para todo, sabía de todo.
Ahora, poco a poco estamos viendo cómo la abogacía tiende a la especialización y los clientes buscan también abogados especializados. Igual que pasa un poco en la medicina. Es decir, uno no va a un médico del estómago para un problema de otro tipo.
En estos momentos, al abogado se le pide que no se limite a conocer la ley, sino también las cosas que la rodean. No obstante, si le preguntan sobre temas que no entiende, tiene perfecto derecho a decir «no lo sé, ya lo estudiaré».
Yo me acuerdo de que eso me pasó con mi tío Joaquín Garrigues, uno de los grandes mercantilistas que ha habido en este país. Un día me citó para una entrevista con un cliente. Este le hizo una pregunta y mi tío le dijo: «pues no sé, déjeme que lo piense y ya se lo diré». Y a mí me pareció realmente sorprendente que pidiera tiempo para pensarlo. Luego me di cuenta de que era justamente la respuesta que había que dar en ese momento.
¿En algún momento de su vida profesional ha sentido con claridad que su trabajo tenía un efecto real en la vida de la gente y en el país?
Sí. No muchas veces, porque tampoco hay muchas consultas que tengan esa importancia, esa significación.
Pero sí, muchas veces he sentido que, al aconsejar a un cliente, estaba de alguna forma incidiendo en el futuro económico de España, en su futuro cultural.
Si hoy hablara con un joven profesional que quiere hacer bien su trabajo y aportar algo al país, ¿qué le diría desde la experiencia y no desde la teoría?
Primero, ese consejo general de trabajar, trabajar y trabajar. No hay alternativa. Si usted quiere ser un buen abogado, tiene que trabajar mucho, leer mucho, enterarse mucho, tener una mente amplia y curiosidad intelectual.
También debe tener una mente global. Yo siempre recomiendo tener un globo terráqueo para hacerse una idea de la dimensión del mundo. Hay continentes enteros, y distintas culturas, y por lo tanto no podemos simplificar los temas. Estamos en un mundo maravilloso, pero tenemos que adaptarnos a muchísimas culturas distintas.
Yo me acuerdo de cuando empecé con el tema japonés. Japón es una nación maravillosa que tiene una cultura muy concreta, unos hábitos muy concretos, incluso los saludos, el respeto mutuo… En fin, todo ese tipo de temas.
Yo les digo a los abogados que respeten las culturas ajenas y las valoren. Que se den cuenta de que de todas las culturas se puede aprender mucho.
¿Qué cree que como país deberíamos cuidar con más atención y paciencia hacia el futuro?
España tiene que ser más audaz y ambiciosa. Puede hacer más de lo que hace y está en condiciones de ser un factor más importante en la vida mundial de lo que es ahora. Tenemos una visión internacional muy pobre. Y yo creo que si los españoles, especialmente la gente joven, supieran que el mundo es así, tendríamos mucha más capacidad de acción.
Un abogado español ahora puede ir a cualquier parte del mundo y cumplir una labor importante, pero como nos encerremos en nuestro país, nuestra ciudad o nuestro pueblo, no haremos nada. Los pueblos que han avanzado son pueblos que han emigrado y que han ido buscando otras alternativas y soluciones. Yo creo que ahí somos un poco provincianos y tenemos que tener una mente más internacional.
Deberíamos tener, además, una especie de curiosidad intelectual profunda por lo demás. La cultura china, la rusa, la japonesa, la iberoamericana… Hay tantos saberes que desconocemos, que quien crea que lo sabe todo es porque tiene una torpeza infinita. Por lo tanto, lo que hay que hacer es interesarse por las culturas ajenas. Y saber que, al conocerlas, acabas enriqueciendo la propia de una manera maravillosa.
Cuando se mire su trayectoria con el paso del tiempo, ¿qué le gustaría que se entendiera sobre su relación con España y la manera en que intentó contribuir a ella?
Tanto yo como otros abogados hemos ayudado a la internacionalización de la vida española. Y a darnos cuenta de que tenemos que vivir en un mundo complejo, amplio, pero lleno de interés y peculiaridades.
Jamás parar la curiosidad intelectual. Uno nunca puede pensar que ya sabe todo lo que tiene que saber. Una persona que diga eso no sabe lo que es la vida real.
Y yo creo que hay que tener esa mentalidad de que siempre se puede saber más, y que saber más es, de alguna forma, una ayuda para ser más. Ser más personas, ser más ciudadanos. Y esa es un poco nuestra obligación, el intentar saber más cosas. Hay gente que cree que para eso hay un límite y la verdad es que no lo hay.
Eso se corrige mucho viajando. Viajando se aprende una cantidad de cosas realmente tremendas. Y yo he viajado mucho, me he recorrido el mundo varias veces. Y he aprendido cosas realmente maravillosas.
A mí me gustaría que en las universidades se hablara también de estos temas. No solamente de conocimientos concretos, sino de conocimientos globales, para que los estudiantes tuvieran una visión más rica y compleja de la vida.
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