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Personas que hacen país

Luis Carvajal: «España, cuando quiere, emociona como pocos países»

En esta entrevista, el consultor especializado en liderazgo Luis Carvajal comparte su punto de vista sobre los valores y el talento que construyen la Marca España.
Luis Carvajal
En esta entrevista, el consultor especializado en liderazgo Luis Carvajal comparte su punto de vista sobre los valores y el talento que construyen la Marca España.

Luis Carvajal es un experto en liderazgo y patrono de organizaciones como la Fundación Princesa de Girona y la Fundación Institucional Española. Con una amplia carrera como consultor y emprendedor, está profundamente familiarizado con las dinámicas y filosofías del mercado y el mundo laboral en España. Su experiencia como profesional, su apreciación por el talento joven y sus reflexiones acerca de lo que distinguen a las empresas españolas frente a las del resto del mundo arrojan una luz de lo más interesante sobre la identidad de la Marca España. 

Si tuvieras que definir España con una sola palabra, ¿cuál sería y por qué?

Si tuviera que elegir solo una palabra para describir a España, sería «emoción». Porque España es un país que late. Aquí nada es tibio ni indiferente: trabajamos con pasión, creamos con pasión y nos relacionamos con pasión. Hay una intensidad muy nuestra, una forma de poner el corazón incluso en lo cotidiano que nos define más de lo que a veces reconocemos.

La emoción también está en la historia que hemos construido. España ha sido siempre un país de soñadores, de personas que se atrevieron a mirar más lejos cuando lo razonable era conformarse. Exploradores, deportistas, científicos, artistas, emprendedores… gente que imaginó horizontes que parecían inalcanzables y que, aún así, dieron el salto, logrando éxitos que nadie antes había podido ni anticipar. Ese impulso valiente, intrépido, luchador y profundamente leal a sus valores forma parte de nuestra identidad como país. No siempre nos damos crédito por ello, pero está en nuestro ADN.

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Nuestra emoción se nota también en la forma en que vivimos: en familia, en nuestras empresas, en nuestras celebraciones, en cómo cuidamos, cómo acogemos, cómo escuchamos y cómo nos enfadamos también. Somos un país intenso, sí, pero si esa intensidad tiene propósito y dirección, genera una capacidad para crear y hacer que lo imposible suceda que es difícil de replicar.

Por eso creo que la emoción no es solo un rasgo cultural; es casi una ventaja competitiva. España emociona porque está viva. Esa vitalidad es, para mí, nuestra mayor fuerza como país. Y es también, en gran parte, lo que nos hace únicos.

¿En qué lugares se encuentran tus raíces?

Mis raíces están en Madrid y en Mallorca, dos lugares muy distintos que, de alguna manera, representan dos partes fundamentales de mi vida. Madrid es energía pura, es movimiento, es donde todo ocurre. Es la ciudad que me obliga a estar despierto, a estar al día, a exigirme, a involucrarme. Es una ciudad llena de oportunidades, llena de iniciativas y, sobre todo, llena de gente a quien quiero y a quien admiro profundamente.

Mallorca, en cambio, me conecta con algo más profundo. La tramontana, el mar, la luz. Allí la vida parece tener otro ritmo. Mallorca es mi infancia, es donde encuentro la pausa, la perspectiva, y el espacio para ordenar las ideas y volver a mí mismo. Ese lugar que me ayuda a respirar y a pensar con claridad.

Pero si pienso dónde están mis raíces, no son geográficas. Están en mis padres. Mi padre ha sido siempre mi referente. Su capacidad de influir sin imponerse y su humildad me han marcado para siempre. De él aprendí algo que llevo dentro como una especie de ley personal: «mira siempre al otro a la misma altura de los ojos». No eres más que nadie, pero tampoco menos. Su forma de estar en el mundo me enseñó más sobre liderazgo que cualquier libro.

Mi madre es pura determinación, sin disfraces. Me enseñó otra lección fundamental: no pedir permiso para tener una opinión propia. Vivir desde la verdad, sin miedo a la incomodidad.

Esa mezcla genial, la influencia serena de mi padre y la determinación de mi madre, son los valores que me acompañan. Madrid y Mallorca representan el escenario; ellos dos,  mi guion y mi rumbo.

Hoy esas raíces se han ensanchado de forma clara con mi mujer Cristina y con mis hijos. Son mi fuente de aprendizaje constante. Con ellos he entendido que las raíces no solo te conectan con el pasado, sino también con el futuro. Son quienes realmente le dan sentido, dirección y profundidad a todo lo demás. 

En tu opinión, ¿con qué valores clave debería contar una persona emprendedora?

Para mí, hay tres valores esenciales para cualquier emprendedor, y para cualquier líder que quiera dejar huella: curiosidad, hambre y coherencia. Son valores que parecen sencillos, pero que en la práctica requieren un trabajo intenso. Siendo muy importantes en cualquier líder, en el caso de un emprendedor, no los veo como una recomendación: son una necesidad.

La curiosidad es la chispa que enciende cualquier proyecto. Pero no hablo solo de la curiosidad hacia fuera, la que te lleva a observar el mercado, las tendencias o a hacer preguntas que los demás no hacen. Hablo también de la curiosidad interna, que es igual o más importante. Es conocerte bien, entender tus límites, tus patrones, tu forma de tomar decisiones. Saber dónde eres fuerte y dónde no lo eres tanto. Y, sobre todo, identificar con quién debes rodearte para complementarte y no quedarte atrapado en tu propia narrativa. La curiosidad es lo que evita un ego excesivo, permite que te rodees de gente que realmente te aporta y crecer con coherencia, sin traicionarte a ti mismo.

El hambre es una mezcla de determinación, disciplina y sentido del propósito. No es esa obsesión desgastante que quema, sino esa energía interna que te hace avanzar incluso cuando las cosas no salen como esperabas. Muchos emprendedores con los que hablo lo explican con humor: «esto no es un full-time job, es un full-life job». Lo he visto mil veces. El hambre es lo que te sostiene cuando no hay aplausos, cuando no hay métricas que celebrar, cuando el camino parece más empinado de lo previsto. Es también lo que te hace prepararte mejor, aprender del miedo y seguir adelante cuando otros se rinden.

Y luego está la coherencia, que es el valor que da credibilidad a los otros dos. Ser coherente es actuar alineado con tus valores incluso cuando te resulta incómodo. Es construir confianza desde la autenticidad, no desde el cargo o la jerarquía. Esa forma de estar, sin imposturas, inspira más que cualquier discurso. La incoherencia rompe equipos; la coherencia los une y los moviliza.

La curiosidad abre camino, el hambre lo impulsa y la coherencia lo sostiene. Estos tres valores, si los aplicas bien, te permiten tener una forma de vivir con sentido.

¿Qué te motivó a especializarte en temas como el talento y el liderazgo?

Mi interés por el talento y el liderazgo no nació de un momento puntual, sino de un proceso que empezó hace muchos años, cuando todavía trabajaba como socio en una consultoría estratégica. Durante ese periodo tuve la suerte de participar en proyectos muy interesantes, con directivos brillantes, análisis complejos y planes muy bien estructurados. A primera vista, todo parecía impecable. Sin embargo, empecé a notar un patrón que terminó cambiando por completo mi manera de entender el impacto: los problemas más importantes no se resolvían únicamente con una estrategia impecable, con «el qué hacer», era mucho más importante entender el camino para llegar ahí, los compañeros de viaje, «con quiénes hacerlo».

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Había planes implacables sobre el papel que luego no se ponían en marcha o no salían bien. No porque fueran incorrectos, sino porque los equipos no estaban alineados, o porque los líderes no lograban generar confianza, o porque las personas no encontraban un sentido real en lo que hacían. Esa desconexión me llevó a mirar más allá de la lógica del negocio y a observar lo que realmente hacía que algo funcionara o no.

Y ahí descubrí algo importante y que cambió mi forma de ver el mundo. Los líderes que de verdad transformaban no eran los más técnicos, los más valientes, ni los más brillantes. Lo que los hacía especiales era su forma de llegar y de estar. Su capacidad de escuchar sin juicio y de influir sin imponer. Su habilidad para liderar conflictos construyendo. Su capacidad para mostrar vulnerabilidad sin perder autoridad. Esa mezcla, tan humana y tan difícil de describir, despertó en mí una curiosidad enorme.

A partir de ahí, mi atención empezó a desplazarse. Dejé de fijarme tanto en los modelos y me centré en las personas. Me di cuenta de que el verdadero cambio ocurre cuando alguien conecta con su voz auténtica, cuando empieza a liderarse a sí mismo antes de liderar a otros, cuando su influencia nace de la coherencia y no del cargo.

Ahora, como socio en Egon Zehnder, he tenido la enorme suerte de conversar con personas que inspiran no por lo que han logrado, sino por cómo lo han logrado. Esa mezcla de autenticidad, humildad, fuerza y propósito me impactó tanto que sentí la necesidad de entenderla, estudiarla y, en la medida de lo posible, ayudar a otros a cultivarla.

De ahí también nació mi pódcast, Talent pills, que para mí es una forma de aprender de referentes reales, de personas que nos enseñan por su forma de vivir. Con ellos he confirmado que el liderazgo no se enseña, se contagia. Y ese “contagio” es, desde entonces, el centro de mi trabajo en Egon Zehnder, ayudando a líderes a encontrar y desarrollar su verdadera voz, su coherencia, su valentía y vulnerabilidad. De esta forma, acompañamos a sus organizaciones para que identifiquen a las personas capaces de generar equipos más humanos, más conectados, y por tanto más competitivos y más exitosos.

Como patrono de la Fundación Princesa de Girona, ¿cómo describirías el talento joven de España?

En la Fundación Princesa de Girona tengo la suerte inmensa de conocer cada año a jóvenes que son verdaderos referentes en su campo. No hablo de promesas futuras, hablo de personas que, con muy pocos años, ya están logrando cosas que para la mayoría serían impensables. Lo impresionante no es solo su nivel técnico, que suele ser altísimo, sino la combinación de compromiso, sensibilidad y brillantez sin ego.

Cada vez que hablo con uno de ellos, me doy cuenta de algo que deberíamos repetirnos más a menudo: España está llena de talento. Talento joven, diverso, distribuido en disciplinas y contextos muy distintos. Hay jóvenes brillando en ciencia, en tecnología, en arte, en emprendimiento social, en educación, en ingeniería, en medicina… Lo que más me impresiona es que no esperan a “pedir permiso” para cambiar las cosas. Lo hacen ya. Desde donde están. Con creatividad, con humildad, y con una fuerza que descoloca por lo clara que es. 

Y hay algo más que me parece diferencial en este talento joven: no buscan destacar, buscan aportar. Son exigentes con ellos mismos y también con las instituciones que les acogen. Y esa exigencia es genial, porque fomenta al resto a vivir por los mismos valores.

Existe una generación que puede impulsar a España hacia un modelo más abierto, más innovador y a la vez más humano. Lo único que necesitan, muchas veces, es algo tan simple como esto: que les escuchemos, que les ayudemos a ser oídos y que les acompañemos sin intentar convertirlos en versiones más jóvenes de nosotros mismos.

Porque la juventud, y el mundo en general, necesita de más referentes como ellos: soñadores, personas que nos demuestran de lo que somos capaces de hacer con trabajo, lucha, hambre, curiosidad y coherencia.

¿Cuál dirías que es el mayor aprendizaje que has obtenido en el mundo laboral?

Yo creo que el éxito profesional, entendido como lo solemos entender, está profundamente sobrevalorado. Durante muchos años pensé que crecer, tener más responsabilidad, influir en decisiones importantes o resolver problemas complejos era sinónimo de avanzar. Y sí, todo eso es avanzar, pero no necesariamente avanzas en la dirección adecuada. A veces, en ese avance, te alejas de ti mismo. 

A lo largo de mi carrera he visto personas que lo han conseguido todo en lo profesional y que, aun así, viven con un vacío muy difícil de describir. Y me di cuenta de que esa felicidad no tenía nada que ver con sus logros, su posición o lo que habían acumulado, sino con lo que habían aportado. Como muchas veces digo, lo que dejas en los demás es siempre más importante que lo que acumulas. Ese descubrimiento ha sido, para mí, una lección profundamente liberadora.

Porque, para mí, el éxito tiene que ver mucho más con vivir con alegría y con paz, con ser feliz. Tiene que ver con cuidar y amar a los tuyos, con estar presente de verdad, y con ser coherente. Coherente con lo que piensas, con lo que sientes y con lo que haces. Usar tus talentos no solo para progresar, sino para tocar a otros y ayudarles a vivir un poco mejor. Ese tipo de impacto, que a veces parece pequeño, es el que de verdad deja huella.

Hace poco, un buen amigo me compartió su forma de entender la felicidad. Para él, la felicidad se resume en tres ideas muy sencillas. La primera: cuida de los tuyos, cumple con tus obligaciones y mantén cerca a quienes te quieren bien. La segunda: haz el bien, da las gracias, ama al prójimo. Y la tercera: evita el mal, no te dejes arrastrar por influencias que te alejan de tu esencia.

En el fondo, uno no lidera solo desde lo que consigue, sino desde lo que aporta y la huella que deja. Y cuando uno vive con alegría, coherencia y muestra amor y agradecimiento a los demás, todo lo demás se coloca en su sitio.

¿Qué significa para ti la Marca España?

La Marca España no es un logo ni una campaña institucional. Es una forma de estar en el mundo, muy nuestra, llena de emoción, creatividad, y una humanidad que se percibe incluso antes de que digamos nada.

España tiene algo que no se copia: alma. Y ese alma se refleja en cómo trabajamos, en cómo nos relacionamos y en cómo convertimos lo cotidiano en algo que recordar.

Vivimos con intensidad, y cuando esa intensidad se canaliza con coherencia aparece una fuerza creadora enorme. Es la misma energía que ha llevado a jóvenes brillantes a reinventar sectores enteros y a emprendedores, deportistas, científicos y artistas a imaginar horizontes que parecían imposibles. 

España tiene talento, ingenio y una sensibilidad especial para combinar la emoción con la técnica y la estética. Nuestra gastronomía, nuestra arquitectura, nuestra música y nuestro diseño son expresiones distintas de una misma esencia: la de un país que siente antes de pensar, pero que cuando piensa, lo hace con una profundidad admirable. Esa manera tan nuestra de unir emoción, arte y reflexión es algo que el mundo reconoce, a veces incluso más que nosotros mismos.

¿Por qué cualidades crees que se debería conocer a España en el extranjero?

España debería ser conocida por algo que nos define de una manera muy profunda: nuestra capacidad de transformar la emoción en propósito. Tenemos una forma muy nuestra de convertir el disfrute en arte, la colaboración en innovación y el trabajo con metas imposibles en proyectos alcanzables. 

En el fondo, somos emoción organizada. Y cuando esa emoción se cuenta bien, es mucho más poderosa que cualquier campaña, porque lo que emociona es lo que permanece. Y España, cuando quiere, emociona como pocos países.

Esa emoción no es solo alegría. Es vitalidad. Es impulso. Es esa manera tan española de poner el cuerpo, la voz y el alma en lo que hacemos. Somos un país que se mueve, que busca, que explora. Que crea desde el corazón, pero también desde la cabeza. Esas características se notan en nuestros emprendedores, en nuestros científicos, en nuestros artistas y en nuestro talento joven.

También se nota en nuestra forma de relacionarnos. En cómo escuchamos. En cómo cuidamos. En cómo siempre parece haber un lugar más en la mesa, incluso cuando no lo hay. Esa facilidad para acoger, para adaptarnos, para crear cercanía de manera espontánea, es algo profundamente humano y, en cierto modo, profundamente español.

En este mundo que avanza tan rápido que a veces parece haber perdido el rumbo, España aporta algo distinto: emoción con sentido. Nuestra vitalidad inspira porque no nace del ruido, sino del propósito. Porque nos permite avanzar sin perder el alma y disfrutar sin dejar de crecer.

Por eso, si pienso en cómo me gustaría que nos vieran fuera, diría que como un país que contagia ganas de vivir, de crear y de estar cerca. Un país en el que la energía no es una pose, sino autenticidad. Un país capaz de alcanzar metas que parecían inalcanzables. Un país que convierte la emoción en movimiento y el movimiento en progreso. Un país que impulsa esa emoción organizada con un propósito claro y con una coherencia que, cuando la vivimos de verdad, muy pocos pueden igualar.

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