El damasquinado no vino de Damasco: la verdadera historia de un arte milenario
Las afirmaciones de diversos medios de comunicación acerca del origen del damasquinado son erróneas; están basadas en comentarios que, a base de repetirse, se han extendido. Se trata de opiniones sin soporte historiográfico o arqueológico. Tampoco precisan lo que se entiende por «damasquinado», palabra asociada a muy distintos trabajos artísticos sobre metales.
Las claves del damasquinado
En sentido amplio, la inserción de oro, plata y otros metales nobles en piezas de hierro, bronce o latón se viene haciendo en Asia y Europa desde tiempos inmemoriales. No hay evidencias historiográficas (documentos) ni arqueológicas (vestigios de otra naturaleza encontradas en yacimientos) que nos permitan establecer un origen concreto a esta costumbre.
Desde hace milenios vienen produciéndose armas, corazas, cascos y otros objetos con inserciones de dichos metales nobles. Debido al trabajo necesario y el coste de sus materias primas, la mayoría de las piezas conservadas consisten en objetos ceremoniales o piezas realizadas para guerreros que deseaban destacar sobre los demás por la belleza y originalidad de su aspecto. Estos objetos se han encontrado por toda Europa y Asia.
De la observación de las piezas de hierro con inserciones en oro puede deducirse que hubo un proceso parecido de creación. En primer lugar, se dibujaba el motivo decorativo sobre el hierro. A continuación, se utilizaba una punceta o instrumento similar para extraer el metal de la superficie marcada previamente. Una vez creado un hueco, este era rellenado con hilo y/o láminas de oro, plata u otros metales cuyo brillo y colorido crearan un contraste con el color oscuro del hierro, latón o bronce. Para adherir el nuevo metal al hierro se embuchaba lo insertado con un solape de hierro por encima de los extremos del metal precioso. Un sistema bastante frágil al roce con la mano, o a una caída; lo que explica que se hayan conservado bien tan pocas piezas.
Artesanía que cruza siglos y fronteras
¿De dónde viene el mito de que el damasquinado proviene de Damasco (en la actual Siria)? No hay una explicación única, solo hipótesis más o menos plausibles. Damasco es una de las ciudades más famosas de la Antigüedad; hay textos egipcios datados en el siglo XV antes de Cristo que se refieren a una ciudad que en nuestro alfabeto podría escribirse «Ta-ms-qu». Dicha urbe adquirió gran notoriedad cinco siglos después como capital del reino arameo de Aram-Damasco. Posteriormente iría pasando a manos de los siguientes imperios que dominaron Oriente Medio: asirios, babilonios, persas, Alejandro Magno y sus sucesores, romanos, bizantinos, árabes y, finalmente, turcos. Por eso era tan famosa.
Es muy difícil concretar la antigüedad y origen de piezas que no están acompañadas de marcas y/o documentación fidedigna. Una de las más antiguas que se conservan, y que se ha estimado que “probablemente” pudiera proceder de la zona de Siria, es una jofaina o cuenco de latón, con inserciones de plata, que se conserva en la Freer Gallery of Art del Smithsonian Institution de Washington (Estados Unidos); se ha estimado que pudo realizarse entre los años 1247 y 1249 después de Cristo. Pero las hay mucho más antiguas procedentes de otras latitudes.
Se conservan recipientes Jin Yin Cuo realizados en bronce, decorados con hilos, láminas o pequeños espacios de oro y de plata. Estas piezas se han datado entre los siglos sexto y séptimo antes de Cristo. Y de Grecia (Micenas) procede una daga ceremonial datada entre los siglos diecisiete y dieciséis antes de Cristo. De La Joya (Huelva, España) se encontró un incensario de bronce con incrustaciones de plata, posiblemente de origen fenicio o tartésico, datado en el siglo VII antes de Cristo.
Los elusivos nombres del damasquinado
Este sistema rudimentario de inserción de metales, con mayor o menor sofisticación o belleza decorativa y precisión en los embuchados, es conocido en español con el término «ataujía». Esta viene del árabe (posiblemente procedente de tawshiya y luego atawsía) y quiere decir «adorno o embellecimiento».
Resulta curioso que los caballeros cruzados que combatieron con los árabes sirios durante los siglos XI al XIII, y que se llevaron como botín numerosas armas, escudos, cascos de hierro decorados con inserciones de oro y plata, no emplearan nunca la palabra «damasquinado» en los documentos que han subsistido. En los inventarios nobiliarios que se vienen realizando desde el siglo XIII con algunas de dichas armas no se emplea esa palabra. También llama la atención que no utilizaran dicho término los cristianos españoles que guerrearon con los árabes desde el siglo VIII al siglo XV, llevándose como botín numerosas piezas de lujo, algunas de las cuales pueden contemplarse en la Real Armería de Madrid.
En Europa la palabra «damasquinado» no aparece hasta finales del siglo XV o comienzos del XVI. Fue en Italia, donde se escribe damaschinare y damaschinato para referirse a armas y armaduras de lujo creadas en los talleres de Brescia y Milán. La invención de esa palabra pudiera explicarse por la relación de Venecia con el Imperio otomano, y la profusión de armaduras y armas decoradas con oro de los combatientes turcos con los que luchaban los italianos desde hacía siglos. En francés la palabra no aparece hasta el siglo XVI, posiblemente procedente del Milanesado (que fue territorio propiedad del rey de Francia). En español esta palabra no aparece hasta 1849, cuando la emplea Eusebio Zuloaga González en el catálogo de la Real Armería del Palacio Real de Madrid.
Escrito por Ignacio Suárez-Zuloaga, presidente de la Fundación Zuloaga.

