El único salón del trono califal que se conserva en el mundo: está en un monumento Patrimonio de la Humanidad (y no es la Alhambra)
Entre Sierra Morena y el río Guadalquivir, en la Edad Media se erigió una ciudad de leyenda frente a la que pocos lugares en el mundo podían compararse. Hoy, de esa ciudad tan solo queda el eco de un esplendor pasado en forma de yacimiento arqueológico: Medina Azahara.
En el centro de la que fuese la ciudad de los califas se alzaba un edificio que reunía lo más exquisito del arte y la artesanía del siglo X. Construido para impresionar, el Salón Rico de Medina Azahara fue el salón del trono de la ciudad palatina, el único de su tipo que se conserva en la actualidad.
La obra cumbre de una arquitectura tan única como efímera
Enormes tableros de ataurique, como se denomina la decoración vegetal de piedra, cubren por completo las paredes del edificio. Columnas de mármol rosa y negro sostienen los grandes arcos de herradura pintados de rojo, a imagen y semejanza de la Mezquita de Córdoba. Un espacio singular que, sin duda, constituye la obra maestra de una arquitectura perdida tras el arrasamiento que sufrió la ciudad a comienzos del siglo XI.
Un arduo trabajo de recuperación
Más de 80 años han transcurrido desde que este espacio fue descubierto durante las excavaciones del yacimiento arqueológico. Décadas de un trabajo que continúa en la actualidad, pues la recomposición de las piezas decorativas originales, enterradas durante siglos bajo las faldas de la sierra, sigue siendo un desafío. Es un proceso que puede asimilarse al montaje de un enorme puzle, pero sin imagen de referencia.
A día de hoy, se trata del espacio del conjunto más avanzado en su recuperación y estudio. A mediados del siglo XX, el edificio renació y sus muros volvieron a alzarse para albergar la extraordinaria decoración que un día lo embelleció. Aquí destacan los paneles de piedra tallada que representan, en múltiples variantes, el árbol de la vida.
La pieza central de un gran conjunto simbólico
El Salón Rico de Medina Azahara era el centro de un complejo sistema arquitectónico y simbólico concebido para reflejar la grandeza del califato cordobés. Frente al salón, una gran alberca presidía un conjunto de jardines cuidadosamente diseñados, con una exuberante vegetación.
Todo ello formaba parte del corazón de una ciudad que fue faro de al-Ándalus. Un sublime conjunto de edificaciones pensado para maravillar y ser testimonio del esplendor que alcanzó la dinastía omeya cordobesa en los últimos albores del siglo X. 300 años más tarde comenzaría la construcción del otro gran palacio andalusí que deslumbró al mundo: la Alhambra de Granada, cuyos palacios nazaríes encuentran en Medina Azahara su antepasado más antiguo.
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