A orillas del Duero y rodeado de murallas: el pueblo soriano con un increíble patrimonio románico
Esta villa fronteriza fue en el pasado una corte de pretendientes al trono y príncipes, pero la unión de los Reyes Católicos puso fin a este período. Su atractivo medieval está siendo reforzado con importantes esculturas urbanas, jardines, paseos y actos culturales.
Se puede dedicar toda la mañana a recorrer el casco antiguo de la localidad. Sus bellos jardines, con esculturas contemporáneas, suponen la visita perfecta tras el almuerzo. El paseo por el río Duero permite contemplar desde abajo el recorrido por la muralla realizado por la mañana.
El resto de la escapada puede consistir en una visita de día a la ciudad de Soria, a Medinaceli o a Berlanga de Duero y Burgo de Osma. Además, existen numerosas opciones de turismo activo en la provincia de Soria entre las que elegir.
Corte de príncipes y reyes en la frontera aragonesa
Antes de conocer lo que hay que ver en Almazán, conviene repasar su historia. En el 153 a. de C., en sus alrededores se asentó el campamento romano regido por el cónsul Nobilior. Este tuvo un importante papel durante el asedio a Numancia.
Almazán significa en árabe «plaza amurallada», nombre apropiado para un lugar muy disputado entre cristianos y musulmanes. Reconquistada en 1068, los musulmanes la recuperaron más tarde, y hasta el año 1098 el rey Alfonso VI no consolidó su control e hizo la primera repoblación. En 1109, quien la repobló con aragoneses fue Alfonso I de Aragón. Este rey era también el yerno de Alfonso VI por haberse casado con su hija, la reina Urraca de Castilla. Alfonso I de Aragón le dio el nombre de Placencia. Sin embargo, la villa se reintegró en el reino de Castilla y recuperó su nombre árabe.
Allí, en 1158, el rey Sancho de Castilla «el Deseado», donó a los monjes cistercienses el castillo de Calatrava, muy próximo a Ciudad Real. La entrega de este monarca, el más breve de la historia, pues su reinado duró tan solo doce meses, supuso la creación de la Orden de Caballería de Calatrava.
El infante Alfonso de la Cerda conquistó Almazán a su rival el rey Sancho IV de Castilla en 1289. Estableció allí su «capital» con una corte apoyada por los aragoneses. Ahí se mantuvo con sus fieles vasallos hasta el año 1305, cuando devolvió la ciudad al hijo de su rival, el rey Fernando IV.
En 1369, al ser proclamado rey Enrique II de Trastámara, regaló Almazán como premio a su principal paladín: el caballero francés Bertrand Du Guesclin. De él se dijo que le puso la zancadilla a Pedro I durante la pelea en que este fue asesinado por su hermanastro Enrique. Du Guesclin vendería la villa posteriormente. En 1375 murió en este lugar el depuesto rey Jaime IV de Mallorca. Almazán le fue asignada como residencia por los castellanos tras ser derrotado por su pariente, el rey Pedro IV de Aragón. Ese mismo año, Pedro IV «el Ceremonioso» acudirá a firmar la Paz de Almazán con Enrique II de Castilla.
En 1388, la villa fue parte de la dote entregada a Catalina de Lancaster al casarse con el infante Enrique. La joven era nieta del asesinado Pedro I de Castilla, mientras que el abuelo de su esposo era su asesino, Enrique II. Mediante este acuerdo, ambos se convirtieron en los primeros príncipes de Asturias. La pareja residiría en Almazán durante algún tiempo.
El rey Enrique III, en 1395, regaló Almazán a don Juan Hurtado de Mendoza, dando origen al Señorío de los Mendoza. Entre diciembre de 1462 y enero de 1463, allí residió con su corte el rey Enrique IV de Castilla. En este lugar bailó con Juana de Portugal, «triste reina» y sospechosa de adulterio, el embajador francés. Tan impresionado quedó que hizo el voto solemne de no volver a bailar con otra señora en toda su vida.
El príncipe Fernando de Aragón pasó por allí de incógnito en 1469, durante su viaje para casarse con Isabel en Valladolid. Volvió Fernando como rey en 1474. Veintidós años más tarde, los Reyes Católicos mantuvieron allí su corte itinerante durante tres meses. En 1512, nació allí Diego Laínez, que sería uno de los protagonistas del Concilio de Trento y II General de los jesuitas.
En 1648, el escritor Tirso de Molina murió allí y fue enterrado en el convento de la Merced, uno de los lugares de obligada visita en Almazán. El 10 de julio de 1810 fue sometida a un salvaje saqueo y luego incendiada por los franceses, quedando 166 edificios destruidos. A pesar de ello, fue la base desde la que el general José Joaquín Durán preparó la conquista cristiana de Soria. Hasta 1811 la villa fue un señorío jurisdiccional del marqués de Almazán y el conde de Altamira, uno de los títulos con más propiedades en España.
Qué ver en Almazán, antiguo recinto amurallado con tesoros románicos por descubrir
Existen diversos lugares de interés que hay que ver en Almazán. Comenzamos la visita en el cerro donde se encuentra el casco antiguo. Existen dos posibles vías tradicionales de entrada: a través de la Puerta de Herreros o por la Puerta de la Villa. Si se decanta por la Puerta de Herreros, a la derecha podrá observar la Iglesia de Santa María de Calatañazor. El templo, del siglo XVI, cuenta con un interesante retablo.
Una vez en la Plaza Mayor, destaca la imponente fachada del Palacio de los Condes de Altamira. Este edificio, de estilo gótico isabelino con una portada renacentista añadida en el siglo XVI, fue residencia ocasional de los Reyes Católicos. Conviene entrar primero en la Oficina de Turismo, situada en el bajo. Allí, se puede observar el tríptico de Hans Memling, un imprescindible de Almazán. A continuación, recomendamos visitar el palacio, cuya galería posee buenas vistas sobre el río Duero y sus jardines, con una perspectiva de la muralla.
Los restos de la muralla de Almazán forman una especie de «U» incompleta en la colina. Está conformada por el lienzo alrededor de la Puerta del Mercado, flanqueada por dos torreones rectangulares, y el emblemático torreón cilíndrico, en esquina sobre el río Duero. Este último recibe el nombre de Rollo de las Monjas por estar situado junto al monasterio de las clarisas. La muralla continúa en paralelo al curso fluvial, hasta el palacio, la Iglesia de San Miguel, la Puerta de la Villa y la Puerta de los Herreros. Ambas puertas se encuentran protegidas por torreones cilíndricos.
Saliendo de nuevo a la Plaza Mayor, presidida por la estatua de Diego Laínez, gran teólogo y compañero de San Ignacio de Loyola, se puede observar el ayuntamiento. Conviene visitar la importante Iglesia de San Miguel, un monumento nacional de mediados del siglo XII. Esta consta de una mezcla de estilos que comienza con su inusual cúpula campanario octogonal. El ábside tiene la particularidad de estar desviado respecto a la orientación normal de las naves con el fin de asentarse mejor en el terreno. La decoración externa del ábside conjuga los estilos cisterciense y lombardo-catalán. Otras rarezas son su cúpula central, de estilo hispano-musulmán, y el bajorrelieve de fines del siglo XII que representa el martirio de Santo Tomás de Canterbury.
A continuación, recomendamos salir de la zona exterior para recorrer el paseo que rodea la muralla. Permite contemplar la panorámica del Parque de la Arboleda sobre el Duero. Al rodear completamente la muralla, se reingresa a la villa por la Puerta del Mercado. Si no hay prisa, se puede girar a la derecha y subir en dirección al Parque El Cinto. En este mirador ajardinado, con una estatua de Jesús de Nazaret, estuvo tiempo atrás el castillo musulmán.
Bajando por la curiosa calle llamada «Junto al campanario» y, torciendo a la derecha, se desemboca en la Plaza Campanario. Allí se halla la Iglesia de Nuestra Señora del Campanario. Esta cuenta con una cabecera románica con tres ábsides semicirculares. Se le añadió el cuerpo en el siglo XVII. Bajando por la calle Los Olmos encontramos un palacio de los siglos XVI y XVIII, adaptado como Centro Cultural Tirso de Molina. Enfrente, se encuentra la Iglesia de San Pedro, del siglo XVIII. Tiene tres naves, un retablo barroco y una talla de La Piedad en su interior.
Volviendo frente al centro cultural, si bajamos por la calle El Fraile veremos un monumento al jesuita Diego Laínez, situado frente a la románica Iglesia San Vicente (s. XII). Convertida en el Centro Cultural San Vicente, en ella se celebran simposios de escultura. Al salir, siguiendo por la calle de las Monjas se accede al convento de las Clarisas (siglo XVI), convertido en espacio para eventos. Volviendo por esa calle hasta el final se llega, de nuevo, a la Plaza Mayor.
Después de almorzar y recuperar fuerzas, recomendamos volver a los miradores sobre el río. De ellos parten unas escaleras que permiten el descenso de la colina del casco antiguo a un paseo paralelo al río con una pasarela que sustituye al puente medieval. En el Parque de la Arboleda se encuentra el Museo de Escultura al Aire Libre, con piezas de artistas significativos. Entre ellos se encuentran Miguel Isla, Seiji Mizuta, Hans Reinders, Steffen Bachmann o Seung-Woo Hwang. Desde allí, hay un recorrido de más de 4 kilómetros entre árboles y fuentes, que resulta excelente para pasar la tarde.
También extramuros, frente a la Puerta de la Villa, se encuentra la Ermita de Jesús Nazareno. Con portada neoclásica y de planta octogonal, alberga la imagen del Nazareno, patrono de la ciudad. También próximas están las ruinas del Convento de la Merced, del siglo XVII y declarado Monumento Nacional. Este conserva la fachada, parte de los claustros y la capilla mayor. Allí escribió y murió Fray Gabriel Téllez, más conocido como Tirso de Molina.
Datos prácticos para visitar Almazán
Coordenadas
41º 29’ 09’’ N /2º 31’ 59’’ W
Distancias
Soria 35 km, Madrid 192 km
Aparcamiento
Sin dificultad
Altitud
960 m
Habitantes
5476 (2024)
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