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Antonio Arroyo, guía turístico de Córdoba: «Esto podría ser, sin duda, su quinto Patrimonio de la Humanidad»

Descubrimos una Córdoba diferente en una ruta sensorial a través de las recomendaciones de un guía turístico local.
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Descubrimos una Córdoba diferente en una ruta sensorial a través de las recomendaciones de un guía turístico local.

Córdoba es una ciudad que no se cuenta en un solo relato, sino en una superposición de capas que narran la historia de un lugar verdaderamente único. Un paseo a través de sus cuatro Patrimonios de la Humanidad (Mezquita-Catedral, centro histórico, Festival de los Patios y Medina Azahara) puede ser un punto de partida perfecto para comenzar a conocerla, pero descubrirla en profundidad requiere ir un paso más allá.

Interactuar con sus gentes, dejarse llevar por el murmullo del agua en los patios y plazuelas, encontrar rincones poco transitados que muestren otra cara de la ciudad… Es entonces cuando Córdoba se presenta como un auténtico mosaico de arte, cultura y esencia andaluza.

«La mayoría de la gente que visita Córdoba se queda en la superficie, en la foto de postal», explica Antonio Arroyo, que ha trabajado como guía de turismo en los principales monumentos de la ciudad (desde Medina Azahara hasta la mismísima Mezquita-Catedral de Córdoba). «Pero la ciudad tiene mucho más que ofrecer», puntualiza.

Un paseo a través de los sentidos por la Córdoba más desconocida

Implicarse con los cinco sentidos al visitar una ciudad puede parecer sencillo, pero en ocasiones hay pequeños detalles que se pasan por alto. Mediante esta manera diferente de descubrir la ciudad, apoyándonos en las recomendaciones y testimonios de un guía local, proponemos un paseo sensorial por una Córdoba menos obvia, pero igualmente espectacular.

La explosión de color de San Bartolomé, un regalo para la vista

Azulejos mudéjares de la Capilla de San Bartolomé.
Azulejos mudéjares de la Capilla de San Bartolomé. | Shutterstock

En pleno barrio de la Judería, entre la Mezquita-Catedral y la sinagoga, se esconde una joya que pasa desapercibida para la mayoría de los visitantes. Es un edificio pequeño en tamaño, pero enorme en valor histórico y artístico. Se trata de la Capilla de San Bartolomé, un recoleto oratorio mudéjar que, además, fue la primera iglesia cristiana construida en el antiguo barrio judío tras su expulsión en 1492.

«La gente hace colas larguísimas para visitar la sinagoga, y a muy pocos metros se encuentra esta pequeña capilla que está casi siempre vacía», cuenta Antonio. Los azulejos de sus paredes, claramente influenciados por el arte nazarí, suponen una explosión geométrica de color que se contrarresta con las sobrias yeserías que decoran el resto de los muros. En palabras del guía, «es como tener un trocito de la Alhambra en el corazón de Córdoba».

El abrigo de una buena conversación en un patio

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Aspecto tradicional de un patio típico cordobés. | Antonio Arroyo

Si la vista queda deslumbrada en San Bartolomé, el oído encuentra su lugar en los patios. Visitarlos puede ser una verdadera odisea si se hace durante las semanas del festival, momento en el que estos espacios compiten entre sí. «Algunas personas no saben que muchos de estos patios están abiertos todo el año; otras, se sorprenden de que haya familias que realmente viven aquí», relata el guía. Tal vez no se encuentren plantas exóticas ni geranios en flor si no se visitan en mayo, pero sí el abrigo de una buena conversación a través de la que entender cómo esta tradición se ha mantenido a lo largo de los siglos.

Escuchar a quienes cuidan de estos espacios puede ser una lección magistral de botánica, un emocionante relato sobre historia familiar o un monólogo cómico entre bromas y chascarrillos. El componente humano es parte de la esencia de los patios, uno de los motivos por los que la Unesco reconoció esta fiesta como Patrimonio Inmaterial de la Humanidad en 2012. Según Antonio, «para descubrir verdaderamente el sentido de los patios, lo mejor es visitarlos fuera de temporada y sentarse a escuchar a sus cuidadores».

Cerrar los ojos y percibir el aroma de la vegetación

Jardín del Palacio de Viana.
Jardín del Palacio de Viana. | Shutterstock

Pero los patios cordobeses no son el único pulmón verde de la ciudad. Existe otro lugar, a veces olvidado en las rutas más concurridas, que deleita los sentidos de todo aquel que lo visita. Se trata del Palacio de Viana, una antigua casa señorial que respira a través de 12 patios y un enorme jardín de inspiración francesa.

Es allí donde un mosaico de olores vegetales se entremezcla con el murmullo del agua. El azahar de los naranjos en primavera, el jazmín y la dama de noche durante la época estival, el mirto (o arrayán) en cualquier estación… Cerrar los ojos y sentir el aroma de este pequeño edén escondido en el barrio de Santa Marina es una experiencia casi espiritual.

El placer de tocar la historia a través de la piedra y el agua

Plaza del Potro, en la zona de la Axerquía.
Plaza del Potro, en la zona de la Axerquía. | Dreamstime

Santa Marina es uno de los barrios que componen la Axerquía, una de las dos zonas en las que se divide el extenso casco histórico cordobés. Frente al bullicio de la Medina, la Axerquía conserva el carácter popular de sus barrios y la huella de una historia que aún se escribe con acento cordobés. El tacto de las paredes encaladas de sus casas, de la piedra con la que se construyeron sus iglesias y del agua fresca que mana de las mil fuentes que pueblan sus barrios solo puede enriquecer aún más la experiencia de transitar por sus calles empedradas.

Esta zona de Córdoba alberga algunas de las más interesantes iglesias fernandinas, un conjunto único de templos de estilo gótico-mudéjar en excepcional estado de conservación, que, según el guía, no pueden faltar en una ruta para quienes quieran conocer la ciudad en profundidad. Otro imprescindible es la acogedora Plaza del Potro, que junto a su fuente alberga, entre otros atractivos, el Museo Julio Romero de Torres. «Irse de Córdoba sin entender la figura de Romero de Torres es irse sin conocer la ciudad», explica Antonio.

Una gastronomía para todos los gustos

Taberna típica de Córdoba.
Taberna típica de Córdoba. | Shutterstock

Más allá del salmorejo, Córdoba posee una gastronomía exquisita y variada que puede suponer el broche de oro para cualquier visita a la ciudad. Los amantes de la carne pueden degustar el típico rabo de toro, para quienes prefieran el pescado una buena opción es la japuta en adobo (cuyo curioso nombre no es un insulto, sino que proviene del árabe) y, para los más golosos, el postre debe ser un buen pastel cordobés. Incluso hay opciones para veganos, como la mazamorra, antecesora del salmorejo antes de la llegada del tomate a la península, o las berenjenas con miel de caña.

Aún quedan tabernas con solera donde degustar todas estas recetas tan típicas de la cocina local. Lejos de las zonas de gran afluencia turística, no es difícil encontrar uno de esos lugares genuinos donde el gusto es auténtico y los platos conservan el sabor de antaño.

En definitiva, Córdoba es una ciudad que invita a ser descubierta con calma, implicando los cinco sentidos. Más allá de sus monumentos más célebres, sus rincones desconocidos, el carácter de su gente y sus sabores tradicionales forman parte de su autenticidad, y conocerlos es adentrarse en un patrimonio tan valioso que trasciende incluso sus reconocimientos oficiales. Antonio concluye: «Esto podría ser, sin duda, su quinto Patrimonio de la Humanidad».

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