La Fuente de los Incrédulos: el monumento más irónico de Zaragoza
Este particular monumento que pasa desapercibido es un divertido testimonio de la historia de Aragón.
Este particular monumento que pasa desapercibido es un divertido testimonio de la historia de Aragón.
Hay monumentos que esconden una historia, filtrada entre las grietas de sus piedras, disimulada tras una breve pista, reservada para alimentar la curiosidad de los visitantes más observadores, también de los indiscretos. En ocasiones, la historia detrás del monumento atesora más belleza que sus formas. Cuanto tiene, además, la dosis justa de ese humor español, a caballo entre ironía y sarcasmo, la historia trasciende al monumento y se convierte en cultura popular.
Un canal para unir dos mares
En el año 1771, el clérigo y político ilustrado Ramón Pignatelli recibe el encargo más relevante y complejo de su vida: construir un canal que uniese el mar Cantábrico con el mar Mediterráneo a través de las tierras de Aragón. Los beneficios de tan ambiciosa empresa eran múltiples, pues aumentaría exponencialmente el terreno cultivable, haría navegable el Ebro para el transporte de mercancías y traería el agua a Zaragoza, dignificando la ciudad y mejorando la salud de sus habitantes.
A pesar de sus bondades, el proyecto del Canal Imperial de Aragón tuvo que enfrentarse a multitud de obstáculos y detractores. Aunque no se concluyó, pues nunca alcanzó el mar, se convirtió en una de las obras de ingeniería más importantes de Europa. Su artífice, Pignatelli, tuvo una curiosa forma de celebrar su hazaña.
Una fuente conmemorativa o una pequeña venganza
El proyecto del canal se enfrentó a problemas técnicos, económicos y a la oposición de los terratenientes, pues beneficiaba a los campesinos, y de la Iglesia, que se veía obligada a ceder parte de sus diezmos. Muchos colegas de Pignatelli lo tildaron de loco y dudaron de que el agua pudiese llegar nunca hasta Zaragoza.
Sin embargo, en el año 1784, el agua comenzó a correr por las calles de la ciudad, en una gran fiesta que tuvo a Pignatelli como protagonista. Para conmemorar el gran día, el político mandó construir una fuente, que se inauguraría dos años después y que dedicaría, en un alarde de humor e ironía, a viajeros e incrédulos.
Para convencimiento de los incrédulos
El Canal Imperial de Aragón discurre paralelo al río Ebro a lo largo de 110 kilómetros, desde Tudela hasta tierras zaragozanas. En Zaragoza se construyeron dos puertos, el de Casa Blanca y el de Miraflores, con una compleja infraestructura de puentes y esclusas, un molino de harina y un batán.
Completaría el conjunto la Fuente del Molino de Casa Blanca, que tiempo después pasaría a llamarse Fuente de los Incrédulos debido a la particular inscripción que Pignatelli mandó grabar en su placa: «Para convencimiento de los incrédulos y descanso de los viajeros».
Para descanso de los viajeros
La Fuente de los Incrédulos es sencilla y sobria, de estilo neoclásico y en piedra blanca rematada por trofeos decorativos. Tiene una poza y dos sumideros, cuyo objetivo era servir de abastecimiento para los viajeros del camino real entre Zaragoza y Valencia, así como para los que llegaban por un río Ebro por fin navegable.
Aunque la Fuente de los Incrédulos ya no tiene agua y ha sido relegada a una ubicación secundaria, ha sido declarada Bien de Interés Cultural por su relevancia histórica y en reconocimiento a lo que una frase inscrita en una placa puede revelar de la identidad y del carácter de un pueblo.
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