Como en casa pero mejor: comiendo a los pies de los Picos de Europa
En el corazón del Valle de Liébana, el Hotel del Oso ofrece una inmersión rodeada de bosques, ríos y mucha tranquilidad.
En el corazón del Valle de Liébana, el Hotel del Oso ofrece una inmersión rodeada de bosques, ríos y mucha tranquilidad.
¿Cuándo una experiencia gastronómica deja de ser simplemente estupenda para convertirse en fascinante? Para comprobarlo, solo hay que fijar una fecha y poner rumbo al Hotel del Oso, en Cosgaya, en pleno corazón de los Picos de Europa.
Había oído hablar de este lugar desde que era un niño con pantalón corto. Cada persona que lo mencionaba, gente cuya opinión merece toda mi atención, coincidía en lo agradable que era, la belleza del paisaje y, por supuesto, la calidad de la cocina.
Hace unos años tuve la fortuna de conocerlo y, desde entonces, regreso al menos una vez al año. No siempre resulta fácil, porque quienes lo conocen saben exactamente a qué me refiero: es como estar en casa… pero mejor. Engancha. Por eso, planificar con antelación es una sabia elección.
Toda experiencia gastronómica se construye sobre varios pilares: la comida, el trato, el entorno, el local, el precio y, por supuesto, la digestión. Cada persona tendrá su orden de preferencia, pero no hay duda de que estos seis factores son los protagonistas, en mayor o menor medida, de cualquier experiencia memorable. De los cuatro primeros hablaré ahora; de la digestión poco puedo decir, dado mi margen de tolerancia extraordinario. Del precio, basta señalar que vale cada euro, y con creces.
El entorno. Comparar los Picos de Europa con el Tirol austriaco sería quedarse corto: estas montañas impresionan por sí mismas. Prados densos como el pelo de un jabalí, ríos cristalinos, senderos infinitos y bosques que parecen no tener fin. El verde lo domina todo. Encender una lumbre en agosto resume, mejor que cualquier descripción, la sensación de estar aquí.
El local. El comedor sigue la misma línea: confortable, cálido, con un ventanal que enmarca el paisaje y una chimenea que se convierte en refugio durante los inviernos más fríos. Madera, piedra, manteles, cristalería y vajilla pensados al detalle. Todo ello acompañado por obras de Núñez Losada, uno de los grandes referentes del paisajismo académico de principios del siglo XX, estrechamente vinculado a Liébana y los Picos de Europa.
El trato. Aquí todo es impecable. Desde calentar un potito hasta aceptar cambios, pequeños o grandes, en un plato; desde buscar el espacio perfecto para cada mesa hasta adaptarse a los horarios de inicio y cierre. Siempre con amabilidad y profesionalidad, con una atención que hace que recuerde la frase de un amigo de mi padre: “Cómo estarán los que estén mejor que nosotros”.
La comida. La propuesta gastronómica no busca sorprender con extravagancias ni modas pasajeras. Es una carta con personalidad: sencilla, tradicional y variada, que podría ser la misma de hace cincuenta años y, si Dios quiere, seguirá siéndolo dentro de otros cincuenta. Productos de temporada de su propia huerta, opciones de montaña y de mar, y siempre una ejecución impecable.
Decidimos compartir croquetas auténticas, calamares como solo en Santander saben preparar y tortillas de patata; después, sopa de cocido de primero y rape rebozado de segundo, un rape que rivaliza con cualquier restaurante costero del norte. Para cerrar, el canónigo lebaniego, imprescindible en esta experiencia.
¿Será este el primer hotel-restaurante que merezca un club de fans?
Un último consejo, incluso en pleno agosto: lleva un chaleco en la maleta, aunque no seas friolero.
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