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Cenando en Asturias con el Mar Cantábrico en estado puro

Una experiencia culinaria en un barrio pesquero asturiano lleno de vida. 
Una experiencia culinaria en un barrio pesquero asturiano lleno de vida. 

Que el norte está de moda no es ninguna novedad, pero lo que disfrutamos el pasado viernes en Cimadevilla, Gijón, mi padre, mi mujer y quien os escribe, será de esos planes que no se olvidan

Varios amigos gijoneses nos habían insistido en que no podíamos perdernos Casa Zabala, en pleno corazón de Cimadevilla, barrio que hasta entonces era un completo desconocido para nosotros. Nos contaban los locales que, hace no tantos años, aquello era territorio comanche, frecuentado por personajes de moral distraída y adicciones varias. Hoy, en cambio, Cimadevilla luce como un barrio lleno de vida, comercios con personalidad y un ambiente estupendo.

La reserva estaba hecha para las 21:00, pero decidimos llegar antes para dar un paseo y tomar algo por la zona. Muy cerca nos esperaba la coctelería Varsovia, recomendación de un buen amigo de mi padre, gijonés hasta la médula. Y claro, no podíamos decir que no: un bloody mary grado 10 de picante, tres margaritas y un quinto cóctel cuyo nombre no recuerdo fueron el mejor prólogo para la cena.

Pero vayamos al grano: El Zabala, hoy rebautizado como Antiguo Casa Zabala, bajo la batuta de Eduardo y su equipo desde hace algo más de seis años. El local es un precioso esquinazo en el pulmón de Cimadevilla: mesas exteriores con mucho ambiente, dos acogedores comedores interiores, y una pecera bien surtida, con sus habitantes burbujeando a la espera de pasar del agua a los fogones.

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Cigalas a la plancha en el Antiguo Casa Zabala. | Cristóbal Mazarrasa Garaizábal

La apuesta estaba clara: mar Cantábrico en estado puro. Siguiendo el consejo de Eduardo, nos lanzamos sin titubeos a por cigala, percebes y un rubiel a la plancha con patatinas. El plan perfecto para tres.

Como el tiempo estaba algo inquieto, optamos por cenar dentro, con la firme intención de trasladarnos luego a la terraza para el postre y el café. Y así fue.

La cena arrancó con un par de sorpresas de la casa: una sardina marinada impecable, con un aliño fino y un guiño inesperado que me guardo para no estropear la sorpresa, y un carpaccio de bonito del norte de los que te dejan sin palabras. Después llegaron las cigalas a la plancha, una por cabeza, de buen tamaño y en su punto justo de sal. Continuamos con unos percebes espectaculares, de esos que no encuentras todos los días, y coronamos con el rubiel, el cual es un pargo de roca, con carne firme y sabrosa, que se alimenta de moluscos y crustáceos. Su textura y características lo convierten en un auténtico manjar del Cantábrico. Y si tienes suerte de encontrarte con uno de buen tamaño... la experiencia culinaria será de matrícula de honor. Estaba tan bueno, que lo poco que sobró pedimos que nos lo pusieran para llevar.

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Rubiel a la plancha con patatinas en el restaurante en Cimadevilla. | Cristóbal Mazarrasa Garaizábal

Todo ello regado con una botella bien fría de José Pariente, y otra botella de agua, por disimular.

El movimiento final, como tanto nos gusta, fue cambiar de escenario: una mesa libre en la terraza nos permitió cerrar la experiencia con un milhojas de matrícula, probablemente de los mejores que he probado, y un cortado descafeinado acompañado de un generoso chorro de crema de orujo con hielo. Un cierre a la altura de un festín memorable.

Milhojas en el restaurante Antiguo Zabala
Milhojas en el restaurante gijonés. | Cristóbal Mazarrasa Garaizábal

Casa Zabala confirma lo que ya intuíamos: que en Gijón se come de maravilla, y que la sencillez, el producto y el mimo en el servicio son una receta imbatible. Una dirección imprescindible para quienes quieran probar el Cantábrico en estado puro.

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