El camino francés entre O Pedrouzo y Santiago: una recta final emocionante
Los casi 800 kilómetros del Camino de Santiago Francés, que separan Saint-Jean-Pied-de-Port en el País Vasco francés de Santiago de Compostela, meta de todas las rutas jacobeas, tocan a su fin. El destino de la peregrinación religiosa y cultural más importante de la Edad Media, cuya fama perdura hasta hoy, está a solo 20 kilómetros. La emoción acumulada, el cansancio y la multitud de experiencias y personas que se han cruzado en el camino desbordan las mochilas. Saboreando la última etapa, registrándola para siempre en la retina, el peregrino enfila hacia Santiago.
UNA META QUE SE ACERCA INEXORABLE
A la salida de O Pedrouzo, origen de esta última etapa, el camino se adentra en una pista entre eucaliptos, el árbol que ha acompañado al peregrino durante toda la travesía por tierras coruñesas.
Lejos quedan ya los densos montes navarros, los viñedos riojanos y la meseta castellana. Pasada la aldea de San Antón, el último bosque de robles y eucaliptos despide al peregrino. Por delante, un camino de asfalto hasta Santiago, sin desniveles ni dificultades, tan sólo esa mezcla extraña de ganas de llegar y de no llegar a la vez.
UN ARROYO DONDE ACICALARSE PARA VER AL APÓSTOL
Tras la ya familiar sucesión de pequeñas aldeas característica de las etapas de la Galicia rural, el caminante podrá completar el primero de los tres rituales asociados a esta última jornada.
Tradicionalmente, los peregrinos usaban el arroyo de A Lavacolla para lavarse el cuerpo y las ropas antes de llegar a Santiago y así presentarse limpios ante el apóstol. El propio nombre de la aldea deriva de esta tradición y son muchos los peregrinos que aún se detienen aquí para purificarse las manos en sus aguas.
EL GOZO DE ATISBAR LA CATEDRAL
A continuación comienza la subida que culminará en el Monte do Gozo, parada obligada para observar el perfil de la ciudad en la que el peregrino está a punto de adentrarse, y atisbar por vez primera las impresionantes torres barrocas de la Catedral de Santiago. El segundo ritual de esta etapa requiere encontrar las fuerzas para batirse en una carrera hasta el punto más alto del monte. El ganador será designado por sus compañeros «rey de la peregrinación».
EL KILÓMETRO CERO DE TODAS LAS RUTAS JACOBEAS
Ya solo resta entrar en Santiago de Compostela, recorrer sus calles de piedras oscurecidas por la lluvia, dejarse contagiar del halo de misterio y espiritualidad de sus plazas plagadas de edificios y monumentos religiosos, dejar correr las lágrimas al observar la catedral desde la Plaza del Obradoiro, maravillarse con su fachada occidental barroca y con el Pórtico de la Gloria, obra maestra del románico español, entrar por fin a ver el Altar Mayor y el sepulcro del apóstol Santiago, seguir el vuelo del Botafumeiro.
Cumplir, por fin, el último de los rituales de esta etapa, el abrazo a la estatua románica de Santiago ubicada en el Camarín del Apóstol. Añadir, tal vez, un cuarto ritual, si bien más mundano: las tascas de la ciudad esperan con una ración de pulpo a feira y una copa de O Ribeiro, para celebrar un camino que termina pero nunca se irá del todo de la memoria.
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