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Bandoleros de interior, donde nadie estaba a salvo

Primero fueron los románticos montes andaluces. Después llegaron los catalanes, culpables incluso del nombre que recibieron estos asaltos en las montañas. Del este se viajó hasta el oeste, donde la trayectoria bandolera gallega tuvo un recorrido más duradero en el tiempo, solo que reconvertida. Ahora la historia conduce hasta la Meseta Central. En los montes del interior del país hubo tantos crímenes y tantas leyendas como en toda la geografía española. Como sucedió en otros rincones, los siglos XVIII y XIX fueron momentos de gran actividad. Se dio en ese escenario idóneo que permitía convertir un crimen en leyenda, pero hay también diferencias en este aspecto. Los bandoleros españoles más famosos, al final, compartieron época y motivaciones, pero no hay una historia igual que otra. Vayamos a por las últimas de esta serie.

Montañas y pueblos, nadie estaba a salvo en la Meseta

Sierra de Guadarrama
Sierra de Guadarrama. | Shutterstock

La meseta española sufrió también los envites del bandolerismo. De hecho, la sierra de Guadarrama fue una zona especialmente propensa. Los intercambios comerciales entre Castilla y Madrid propiciaron que los robos se sucedieran en lugares estratégicos, como el puerto del Alto del León, abierto en el siglo XVIII. Los bandoleros atacaban, y muchos, después, aprovechaban las características de la montaña para esconderse de las autoridades. La Pedriza, por aquel entonces, era un refugio y no el paraíso de los escaladores, como es hoy en día.

También los montes de Toledo, entre los ríos Tajo y Guadiana, fueron escenarios escogidos por los bandoleros para actuar. Eran lugares aislados, de población escasa que vivía lidiando con la pobreza y que en ocasiones terminaba decantándose por asaltar a quienes pasaban por allí. Esto generó una enorme inseguridad en la gente del pueblo, que evitaba en la medida de lo posible el tránsito por los caminos. En estos, con toda seguridad e independientemente de los bienes que llevasen con ellos, sufrirían ataques. De hecho, se tiene constancia de bandas que durante días permanecían en un mismo lugar, asaltando a todo aquel que pasara por allí. También se sucedieron los asaltos rápidos con su posterior huida, pero llama la atención lo comunes que fueron las jornadas continuas.

Con todo esto, las quejas a las autoridades se sucedieron, pero, como se ha visto en otros rincones del país, las soluciones tardaron en llegar. No era sencillo combatir a estos hombres que tan bien conocían los terrenos en los que actuaban. Con el paso del tiempo habían desarrollado, además, un carácter astuto y ágil y numerosas técnicas para salirse con la suya. Contaban asimismo con una red de apoyos que les ayudaban a conseguir el botín y esconderlo o trasladarlo llegado el caso.

El bandolerismo, en la meseta Central, tuvo una gran acción en los caminos, pero además presentó otra característica que lo distanciaba ligeramente de sus iguales en otros rincones. Los delincuentes no solo atacaban a las personas en su tránsito por las montañas: también asaltaban pueblos, lo que trajo de cabeza a los gobernantes. Lo hacían indiscriminadamente, sin importar que fuera de noche o de día, sin importar que el atacado fuera rico o pobre. Aunque hubo una cierta inclinación, claro, hacia las figuras poderosas de las que extraer un mayor beneficio.

Las causas que llevaron a los hombres, y a alguna mujer, a practicar el bandolerismo no difieren de las que ya se han explorado. La falta de oportunidades en el entorno rural, la pobreza y la necesidad de supervivencia empujaron a muchos padres de familia hasta esta posición. Algunos regresaban a casa tras una jornada de bandolerismo, como si se tratase de un trabajo más. El convulso siglo XIX, donde las guerras se sucedieron, complicaron aún más las cosas.

Un estudio de Manuel Martín Polo, Bandolerismo y orden público en el interior peninsular durante el reinado de Carlos IV, señala que entre los años 1775 y 1808 hubo más de 850 asaltos registrados en Castilla. A esta cifra hay que sumar aquellos de los que nunca se llegó a tener constancia. Fueron años complicados en la Meseta.

Los bandoleros que dificultaron la vida en la Meseta

Grabado de Luis Candelas. Autor desconocido
Grabado de Luis Candelas. Autor desconocido. | Wikimedia

Entre Ávila y Segovia se movió Jerónimo Saornil. Con su cuadrilla de una decena de hombres protagonizó uno de los acontecimientos más sonados de finales del siglo XVIII. Durante diez días, la cuadrilla de Saornil se asentó en un tramo entre Villacastín y Labajos, en las faldas de Guadarrama, desde donde asaltaron, según fue recogido, a más de 130 personas. Que pudieran llevar a cabo este delito de manera repetida en el tiempo con total impunidad dice mucho de la inseguridad existente en los caminos.

También durante esos años tuvo una gran relevancia un gallego que descendió a la Meseta, donde fue conocido como “Rey de los Hombres”. Manuel Antonio Rodríguez cometió más de un centenar de robos, después de los cuales se marchaba a descansar a la bella Rascafría. Por los numerosos delitos que llevó a cabo durante un largo periodo de tiempo, cuando finalmente fue detenido se decidió que fuera descuartizado. Sus restos fueron exhibidos en aquellos lugares que había atemorizado.

La cuadrilla de Ginés Egea, por su parte, fue condenada a la horca tras un robo con el que pretendía pagar las deudas que habían ido acumulando a lo largo del tiempo. Natural de Bercial, parece que Egea se dio al bandolerismo con el objetivo de sobrevivir. Se rodeó de hombres de la misma condición y durante los primeros años del siglo XIX actuaron en la provincia de Segovia, llegando a ser muy conocidos.

Otro tanto sucedió con el Chafandín y su banda, que, provistos de trabucos, pistolas y armas blancas de todo tipo, atemorizaron las provincias de Valladolid, Zamora y Salamanca. Escopeta era lo que llevaba "La Tuerta", la única mujer bandolera de la que se tiene constancia en la sierra de Guadarrama. Montada a caballo y disfrazada de hombre, es una de las imágenes más románticas, más cercanas a la leyenda, que rescatar cuando se trata de bandolerismo en la Meseta.

Barrasa asaltaba diligencias en el paso de Somosierra para posteriormente refugiarse en la Pedriza, donde también encontró cobijo Pablo Santos, conocido como "El Bandolero de la Sierra". Con respecto al primero, parece que Barrasa y su cuadrilla secuestraron a una joven de buena familia para pedir rescate por ella. Cuando el líder acudió a un encuentro con la familia para pactar las condiciones del intercambio, la joven escapó. Al llegar al lugar donde su banda se encontraba oculta y conocer lo sucedido, Barrasa se enfrentó a los culpables, con tan mala suerte que en el enfrentamiento cayó despeñado por la montaña. No se supo más de él. Pablo Santos no corrió mejor suerte: fue asesinado por un compañero tras una disputa por el reparto de un botín.

Ilustración de Rafael del Castillo
Ilustración de Rafael del Castillo. | Wikimedia

Entre la Pedriza, Somosierra y Guadarrama actuó "Paco el Sastre". Este bandolero coincidió en tiempo con uno de los más famosos de aquellos años: Luis Candelas. Parece que el primer encuentro entre ambos se saldó con un navajazo del segundo al primero, pero terminaron por reconciliarse y llegaron a pertenecer a la misma banda.

Candelas fue especialmente conocido porque evitaba la sangre en sus crímenes y porque se alejó de la vida en la montaña. Gracias a la herencia de su madre, se instaló en Madrid capital, pero nunca dejó de ser bandolero. Siguió con el negocio, solo que entre círculos de poder. Se creó una identidad con la que colarse en los grandes salones, ganándose el beneplácito de importantes figuras, como el embajador francés, de las que se aprovechaba para generar ingresos cuantiosos. Fue encarcelado en numerosas ocasiones, pero en todas ellas escapó. Finalmente murió ejecutado, en 1837, con tan solo 32 años.

El final del bandolerismo español

Retrato realizado por la Guardia Civil en 1870
Retrato realizado por la Guardia Civil en 1870. | Wikimedia

"El Tuerto de Pirón", cuyo nombre real era Fernando Delgado Sanz, está considerado el último bandolero de la sierra de Guadarrama. Fue un delincuente preso de las circunstancias que le tocó vivir. Quiso estudiar, pero nunca tuvo dinero. Se vio obligado a cumplir el servicio militar en Madrid y, cuando regresó a su pueblo segoviano, Santo Domingo de Pirón, descubrió que su prometida se había casado con otro hombre. Este fue el hecho que le hizo lanzarse al bandolerismo.

A modo de venganza, robó el mejor cordero de la familia de la joven y se lo comió con una cuadrilla de amigos con los que terminó formando una de bandoleros. Abrazó la ilegalidad hasta el fin de sus días, aunque se cuenta que solo cometió un crimen de sangre cuya víctima fue un miembro de la banda que quería traicionarlos. Escapó en un par de ocasiones de las autoridades, pero terminó muriendo en una cárcel valenciana, en 1914, después de años encerrado. Con él, como con otros nombres repartidos por la geografía, murió el bandolerismo en España.

Viajeros de todas partes del continente, incluso de más allá, recalaron en la llamada tierra del bandolerismo durante el siglo XIX para conocer de primera mano el escenario en el que se desarrollaban estos crímenes de los que tanto se habló, se cantó y se escribió. Muchos lo hicieron deseando, incluso, ser víctima de un episodio. Así fue como, poco a poco, el crimen se convirtió en leyenda. Hasta hoy ha llegado especialmente esta última, pero no hay que olvidar la sangre que durante muchos años corrió en las montañas a manos de los bandoleros españoles que han protagonizado esta serie fascinante.