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El agua como guía del impresionante Cañón de Añisclo

Descubre uno de los secretos mejor guardados del Parque Nacional de Ordesa y Monte Perdido, donde la vegetación y el agua marcan el camino.

Cascada en el Cañón de Añisclo. | Dreamstime

Descubre uno de los secretos mejor guardados del Parque Nacional de Ordesa y Monte Perdido, donde la vegetación y el agua marcan el camino.

En lo alto del Pirineo de Huesca, en el Parque Nacional de Ordesa y Monte Perdido, el sonido del agua guía a los senderistas hasta un lugar escondido que todavía conserva cierto aire secreto: una garganta de paredes calizas, rodeada de carrascales, hayedos y bosques mixtos. Una vez terminada la época de deshielo, a finales de primavera o incluso mejor, en verano, llega uno de los mejores momentos para disfrutar de este espectáculo natural.

EL AGUA COMO GUÍA

Siguiendo el curso del agua, un estrecho sendero conduce hasta las paredes verticales del Cañón de Añisclo. Coronado por un circo glaciar, este impresionante valle tiene como protagonista un profundo cañón originado por la acción kárstica del agua del río Bellós sobre la roca caliza.

Durante siglos, el agua ha ido tallando la piedra, creando toboganes naturales, cascadas y formas imposibles que han dado lugar a uno de los paisajes más sobrecogedores del Pirineo aragonés. El resultado es un escenario de paredes inmensas, rincones umbríos y una vegetación exuberante que cambia a cada paso.

Naturaleza del Cañón de Añisclo. | Dreamstime
Naturaleza del Cañón de Añisclo. | Dreamstime

Hay diferentes formas de llegar a este fascinante cañón, y lo mejor es que el propio entorno parece indicar el camino. El frío, la humedad, las sombras, el musgo y ese sonido envolvente del agua acompañan al visitante hasta este secreto de la naturaleza. Eso sí, el terreno puede estar resbaladizo, por lo que conviene extremar la precaución, especialmente si se visita en familia o con niños pequeños.

La naturaleza sigue moldeando el entorno, y a lo largo del recorrido aparecen diferentes enclaves imprescindibles. Entre ellos destacan la cueva de los Moros, el santuario de San Úrbez, el desfiladero de las Cambras, la Plana Canal, la Fuenblanca y el collado de Añisclo, lindante con el valle de Pineta.

RECORRIDOS ENVOLVENTES

Desde el propio aparcamiento del Cañón de Añisclo parten varias rutas posibles, pero hay dos que no conviene perderse. Una de ellas es la que conduce hasta la cascada de la Fuenblanca, un recorrido que regala algunos de los paisajes más fascinantes del Pirineo. Siguiendo el río Bellós y atravesando desfiladeros imponentes, la vegetación se transforma a medida que se gana altura, ofreciendo una panorámica difícil de olvidar.

Cascada en el Cañón de Añisclo. | Dreamstime
Cascada en el Cañón de Añisclo. | Dreamstime

Pero lo mejor llega al final. Tras una ruta lineal de aproximadamente ocho horas y 28 kilómetros, y alcanzando una altitud máxima de 1.650 metros, el Cañón de Añisclo se abre ante los ojos del caminante para mostrar la impresionante y majestuosa cascada de la Fuenblanca.

Para quienes no quieran afrontar una caminata tan exigente, pero aun así deseen disfrutar de este gran cañón lleno de cascadas y enclaves espectaculares, existe una alternativa mucho más sencilla: la ruta del agua. Este recorrido conduce hasta la ermita rupestre donde, según la tradición, habitó el monje francés San Úrbez en el siglo VIII.

Se trata de un paseo circular de unos 45 minutos y una altitud máxima cercana a los 990 metros, que permite descubrir uno de los rincones más peculiares del cañón: una ermita adaptada a la roca. Para llegar hasta ella, es necesario cruzar el puente medieval de San Úrbez, una construcción de gran altura que marca el inicio de este recorrido. Aunque el interior de la ermita no se puede visitar, merece la pena acercarse hasta allí para contemplar su ubicación e imaginar cómo pudo levantarse en un lugar tan singular.

El Cañón de Añisclo es uno de esos lugares donde el Pirineo se muestra en estado puro. Aquí el agua no solo acompaña el camino: lo ha creado, lo sigue transformando y lo convierte en una experiencia casi hipnótica. Este rincón de Huesca demuestra que algunos de los paisajes más impresionantes no necesitan grandes artificios, solo tiempo, silencio y el sonido envolvente de la naturaleza. 

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