La rebelión de las Alpujarras: la guerra nacida de la intolerancia
Llegó un momento en que la diferencia se convirtió en pecado, la predicación en imposición, la tolerancia en prohibición. Se prohibió la lengua, los gestos, el vestir. Ya se habían prohibido el culto religioso, las ceremonias y los ritos, los lugares en que se reunían, su fe. Se prohibió y se condenó la identidad morisca, se persiguió cualquier rastro que esta pudiera haber dejado, se controló su existencia hasta la opresión.
Las familias sospechosas de no haber aceptado la conversión fueron vigiladas. Aquellas que habían adoptado las imposiciones también, para que fueran siempre un ejemplo para el resto. Muchos jóvenes fueron enviados a Castilla con la intención de alejarlos de la cultura en la que habían nacido y que ahora otros querían borrar del mapa. Llegó un momento en que el pueblo morisco quedó condenado a la obediencia y la sumisión. Y fue en ese momento cuando este dijo basta y se alzó en armas.
Los convertidos sin convicción

Aunque la rebelión de las Alpujarras a la que este texto hace referencia comenzó en 1568, la historia de discordia entre la población morisca y la población cristiana comenzó mucho antes. Entre 1499 y 1501 Granada ya sufrió una serie de levantamientos en su mayoría producidos por la obligada conversión de la población musulmana al catolicismo. También afectaron las propias rencillas entre los musulmanes y las continuas humillaciones a los que estos, y su religión, se estaban viendo sometidos.
Era una época difícil: el Reino de Granada había caído ante los Reyes Católicos, que finalizaban así la denominada Reconquista, pero la paz estaba lejos de alcanzarse. De hecho, cuando este primer alzamiento concluyó el trato entre unos y otros fue a peor. Los musulmanes debían aceptar la fe católica o exiliarse tras pagar un precio que la mayoría no podía permitirse. Así que se convirtieron, pero sin convicción.
Unos veinte años más tarde, Carlos I aceptó rebajar las crueles medidas a cambio de una compensación económica de la población morisca, pero no fue más que una ilusión. En 1565, Pedro Guerrero, arzobispo de Granada, se propuso volver a oprimir y controlar a este pueblo. Estaba convencido de que mientras los moriscos mantuvieran sus costumbres, su manera de expresarse y de vivir, jamás renunciarían a su antigua religión ni podría prosperar la fe cristiana, así que tomó medidas. Se decidió, así, endurecer las prohibiciones y se esforzaron por hacerlas cumplir.
Las peticiones a Felipe II, por entonces rey de España, no tardaron en llegar. Tras una reunión de teólogos, juristas, militares y otras figuras importantes del país, el monarca dio por aprobada la que se conoció como la pragmática del 1 de enero de 1567. Con ella se prohibía lo relatado al comienzo de este texto. Cuando la población morisca conoció lo sucedido, trató de negociar la supresión de este decreto. Fue en vano. Felipe II se mostró, al contrario que su padre, inflexible ante las peticiones y los ofrecimientos de los delegados moriscos. Así que estos entraron en acción.
Puede decirse que la rebelión de las Alpujarras de 1568 comenzó en el actual barrio granadino de Albaicín. Los moriscos se reunían, discutían, trazaban sus planes. Muchos fueron detenidos como sospechosos de lo que era un secreto a voces: los moriscos se preparaban para atacar. Desde el principio, una de las principales preocupaciones de Felipe II fue que esta rebelión se extendiera más allá de este reducto andaluz, quizá por eso atacó con tanta fuerza. Cuando finalmente los moriscos se alzaron en armas, el ejército real respondió. Comenzó así la guerra en las Alpujarras.
Una guerra cruel en las imposibles Alpujarras

Los moriscos se preparon a conciencia para sus primeros ataques. Según relató el cronista Ginés Pérez de Hita, estos se fueron aprovisionando de armas y buscando refugios en las numerosas cuevas y recovecos que ofrecía la Alpujarra granadina. En septiembre de 1568, en una de sus múltiples reuniones, se decidió que Fernando de Córdoba y Válor fuese el capitán de la revuelta. Fue tomado casi como un nuevo rey para los moriscos, entre otras cosas por ser descendiente de los califas de Córdoba. Se le conoció como Abén Humeya, pero a pesar de su título no contó con el beneplácito de todos y terminaría muriendo poco después. He aquí un ejemplo de esas rencillas entre moriscos.
Volviendo a la rebelión, tres meses más tarde de esta coronación, en la víspera de Navidad de 1568, la aldea de Béznar se alzó oficialmente contra la Corona de Felipe II. Uno de los hombres de confianza de Abén Humeya tomó un grupo de moriscos y con ellos penetró en Albaicín con el objetivo de levantar a la población granadina. Muchos se marcharon con él, pero esta iniciativa no fue un éxito. Aunque desde Granada y otros rincones de Andalucía la apoyaron, fue más un apoyo en silencio que una intención real de unirse a la batalla. Fue la población de las Alpujarras quien protagonizó este acontecimiento histórico.
Hasta marzo de 1569, la guerra se caracterizó por las débiles acometidas de estos y las tentativas desesperadas de los cristianos de darles caza. Como los soldados de Felipe II eran inexpertos, y muchos ni siquiera estaban convencidos de la campaña en la que estaban sirviendo, con sus excesos y su torpeza no hicieron otra cosa que enfurecer aún más a los sublevados. Así fue cómo, poco a poco, la insurrección ganó fuerza.
La guerra de las Alpujarras fue violenta, casi podría decirse que sanguinaria. Se calcula que en torno a un centenar de curas y frailes fueron asesinados por los moriscos en los primeros meses de revuelta. Muchas iglesias fueron profanadas, algunas incluso destruidas. Los cristianos tampoco tenían piedad con sus enemigos. Unos y otros, además, vendieron en el mercado de esclavos a los hombres, mujeres y niños del otro bando que iban apresando.
Ya en 1570, ambas partes recibieron refuerzos. Los rebeldes contaron con el apoyo de Argelia, entonces un protectorado del Imperio Otomano, y también vieron cómo, cada vez más, iban sumándose personas de a pie a la causa. Así, pasaron de las 4000 personas que eran en los comienzos a los 25.000 que llegaron a ser más tarde. Felipe II también movió ficha y nombró a Juan de Austria, su hermano por parte de padre, capitán general al frente de un ejército procedente de Italia. Sustituía de esta manera a los soldados inexpertos que lo habían conformado hasta entonces.
Fue Juan de Austria quien se impuso en esa Alpujarra Granadina que muchos llegaron a considerar imposible de dominar, de comprender. Los moriscos contaban con la ventaja de conocer esa tierra mejor que nadie, porque había sido suya durante mucho tiempo, pero las tropas de Felipe II estaban entrenadas, eran numerosas y consiguieron avanzar mientras los moriscos solo se replegaban. El nuevo ejército entró con todo a las montañas.
En verano de 1571 la victoria del bando cristiano parecía clara. Hacia finales de este, los moriscos que quedaban en manos de los cristianos eran directamente expulsados de esas tierras que habían sido suyas. El levantamiento había llegado a ser un quebradero de cabeza durante mucho tiempo, pero había terminado. El pueblo había perdido.
La segregación de los moriscos por la península

Desde octubre de 1570, los moriscos fueron deponiendo las armas o bien refugiándose en la montaña. Quienes optaron por esconderse en las cuevas de las Alpujarras no tuvieron buen destino: la mayoría murieron asfixiados, ahogados por el humo de las hogueras que se prendían en la entrada de estas cavidades para así obligarlos a salir.
Para quienes sobrevivieron la vida cambió por completo. El 1 de noviembre de 1570 comenzaron las deportaciones masivas de los moriscos de Granada. La Alpujarra fue, con mucho, la zona más afectada. Los destinos escogidos se repartían por los lugares más remotos de Castilla, donde no pudieran relacionarse entre sí, por si acaso se les ocurría volver a intentarlo. También aquellos que no habían participado en la rebelión sufrieron las consecuencias. El poder no quería dar por hecho la victoria, así que la segregación se impuso de forma indiscriminada.
Todavía pasarían unos cuantos años hasta que el rey Felipe III tomase la decisión definitiva: la expulsión de los moriscos españoles, que en 1609 abandonaron la península ibérica. Casi medio millón de personas dejó atrás sus hogares. Esta última medida apenas tuvo efecto en Granada, vaciada desde hacía años.