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La furia y la tragedia: la revuelta del arrabal de Saqunda

Tan pronto corrió el rumor, los habitantes del arrabal cordobés se sumaron a la lucha. El boca a boca había hecho mucho: en Saqunda ya no había susurros atemorizados sino voces que se alzaban sobre el rumor del río. Estaban exhaustos. No tenían ya ni fuerza ni paciencia para soportar más jornadas de incansable trabajo mientras permanecían sometidos a las crudas condiciones del emir, a su violencia y su despotismo. Se estaban perdiendo vidas, así que qué importaba que unas cuantas personas más perecieran en el asalto si con ello recuperaban la libertad. Por esa libertad empezaron los rumores y por ella marchaban. Aquellos que no pudieron sumarse contemplaron orgullosos a los que partían con la determinación de exigir unos derechos que les habían negado durante años. Emplearían la violencia de ser necesario. Al fin y al cabo, el emir no había conocido otra forma de gobernarlos que mediante la brutalidad y la crueldad.

Así que cuando unos y otros comenzaron a decirse que tal vez había llegado el momento de tomar las escasas armas que tenían para asaltar el alcázar, la desesperación impulsó esa idea y los llevó hasta ese día. Hasta ese momento en que cruzaron el Guadalquivir para, frente a la Puerta del Puente, enfrentarse a los cientos de guardias que custodiaban las murallas. Al-Hakam I había sido siempre un hombre paranoico que no había permitido un error en sus líneas de defensa, pero no esperaba, aquel día, enfrentarse a más de 20.000 personas enfurecidas. El pueblo se alzó aquel día. Pero Al-Hakam respondió.

La Córdoba del siglo IX

La Córdoba del siglo IX era una ciudad llena de esplendor
La Córdoba del siglo IX era una ciudad llena de esplendor. | Shutterstock

El nacimiento de barriadas al otro lado de una ciudad amurallada era común en tiempos medievales, especialmente cuando un lugar concreto experimentaba un crecimiento repentino. Tal fue el caso de Córdoba, ciudad convertida por los musulmanes en capital de su imperio tras la conquista de la península visigoda. Frente a la mezquita y el alcázar, al otro lado del Guadalquivir, nació y creció el arrabal protagonista de esta historia: el de Saqunda, que en pleno siglo IX llegó a contar con 30.000 pobladores. Lo habitaban artesanos, comerciantes y las clases más bajas de Córdoba, pero también una aristocracia que sufría de igual modo el trato del emir, estos por ser considerados potenciales enemigos.

Al-Hakam I subió al poder en el año 796 y prácticamente desde el principio se enfrentó a toda clase de revueltas. Levantó en Córdoba numerosos jardines, embelleciendo la ciudad, y también mezquitas, consolidando así la religión que profesaba, dentro de las murallas y también en los arrabales. Pero sus métodos le hicieron tener una relación pésima con el pueblo al que gobernaba. Las crónicas de la época lo describen como alguien inaccesible, poco flexible, propenso a la violencia y con un sentido nefasto de la justicia. Era, además, muy desconfiado, característica que sumada a lo anterior le llevó a ejecutar a numerosos enemigos y sospechosos de serlo. Asentó en torno a su palacio una guardia de mil personas, preocupado como estaba por que alguien se atreviera a atentar contra su vida. Muchos ni siquiera hablaban árabe, para así impedir que revelaran sus secretos.

Con todo esto, se entiende que no fuera un emir apreciado. La subida de impuestos terminó por conducir a su pueblo al límite. Corría el año 818 cuando este dijo basta, después de más de veinte años de opresiones y castigos.

La revuelta del arrabal de Saqunda

Los habitantes del arrabal de Saqunda se dirigieron a la muralla
Los habitantes del arrabal de Saqunda se dirigieron a la muralla. | Shutterstock

Parece ser que el inicio de esta revuelta estuvo en un episodio que, en realidad, no se salía de la rutina violenta en la que estaban instaurados, pero terminó de colmar un vaso que ya estaba a rebosar. Un guardia del emir encargó a un joven artesano la limpieza de su espada. El muchacho se retrasó en la entrega y cuando finalmente acudió al soldado, este no aceptó sus disculpas y le golpeó con la espada hasta matarlo. Fue el incidente que prendió la mecha.

Una gran mayoría de los habitantes del arrabal de Saqunda se dirigieron, en esos días de marzo de 818, al alcázar, dispuestos a tomarlo y destituir a ese hombre cruel que gobernaba sobre ellos junto a todo su séquito, que no era mucho mejor. Cruzaron el puente sobre el Guadalquivir y se plantaron frente a la puerta que hacía honor a esa localización, la Puerta del Puente. Otras barriadas se sumaron a esta revuelta cuando conocieron su existencia y pronto los guardias se vieron desbordados.

No había manera de vencer esa batalla por la fuerza, pero un gobernante al servicio del emir sorprendió a todos con un plan de defensa que consistía, en realidad, en atacar. Acompañado de un grupo de jinetes se dirigió al arrabal de Saqunda, asesinando y prendiendo fuego a todo lo que se encontraba a su paso. Cuando los asaltantes se dieron cuenta de lo que estaba sucediendo regresaron a socorrer a los indefensos y sus hogares, abandonando así lo que hubiera sido una victoria segura.

La tragedia tras la furia

Detalle de la puerta de Almodovar
Detalle de la puerta de Almodovar. | Shutterstock

Durante varios días, las tropas del emir se dedicaron a saquear el arrabal. La población asistió prácticamente indefensa a estos ataques, habiendo perdido el impulso de la revolución, preocupados solo por la supervivencia. Una vez pasado el momento de furia, todavía turbados por la trampa en la que sin imaginarlo habían caído, no hicieron otra cosa que resignarse ante el poder de Al-Hakam I. Muchos murieron, pero aquellos que no perecieron durante aquellas jornadas no corrieron mejor suerte, pues fueron expulsados de su hogar y condenados al exilio.

El propio emir redactó un escrito en el que pedía que ningún gobernador en su territorio les diera cobijo, obligándoles así a abandonar al-Ándalus. Muchos marcharon a África, a la recién creada Fez, pero la mayoría se instaló en la isla de Creta, donde fundaron el Emirato de Creta, que sobrevivió un siglo. Del arrabal de Saqunda no quedó nada salvo la maldición impuesta por Al-Hakam I de que nadie volvería a habitarlo. Así fue, de hecho, mientras perduró el dominio musulmán en la península.