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Las maravillas de Hispania, diario de viaje II

Tras dejar atrás Segontina, marché a Corduba, tal y como tenía pensado. Sin embargo, en el camino cambié de parecer. El motivo: el rumor de un extraño e inquietante monumento. Pero antes de pasar a hablar de la que sin duda se ha de convertir en la cuarta maravilla de Hispania, me gustaría contar los acontecimientos que me llevaron a ella y me desviaron del trazado inicial.

Llevaba ya viajando varios días por las tierras de Oretania (una región que conformaba parte de Ciudad Real, Albacete y Jaén) cuando me topé con una extraña construcción. Se trataba, según me contaron, de un oppidum, un antiguo asentamiento de los bárbaros que antes poblaban estos lares. Algunos de estos oppidum han quedado deshabitados y abandonados al paso del tiempo, mientras que otros han sido sustituidos por villas romanas, que aprovechan inteligentemente la riqueza agrícola de la zona.

Fue aquí, en uno de los oppidum deshabitados junto a la cuenca del río Guadiana, donde me salió al paso una extraña mujer de acento extranjero que me ofreció por ventura una poción que me protegería, decía, de los males del camino. Desconfíe de inmediato de la que era sin duda una sagae que practicaba la magia negra, pero entonces me dijo:

- Encontrarás tu cuarta maravilla algo más al sur, junto al río Azuer.

Impresionado por todo lo que sabía la bruja acerca de mi viaje, acepté su frasco y me encomendé a los dioses para continuar mi camino. De todas formas, ya antes de la aparición de la desconocida, me iba dando cuenta de una cosa: no todas las maravillas que incluyera en la lista debían de estar construidas por Roma. La antigüedad y el tiempo son igualmente elementos a tener en cuenta en estos designios… Y de más no está incluir construcciones de otras civilizaciones, a pesar de que las romanas superen con creces a todas las demás.

La motilla de Azuer, una maravilla inesperada

Motilla de Azuer

Así, alentado por la antigüedad de los oppidum y las palabras de la sagae, partí en busca de algo que desconocía. Después de parar para comer y reponer fuerzas en una mansio del camino, algunos aledaños me indicaron la ruta hacia una misteriosa edificación que se encontraba, en efecto, junto al río Azuer. Aquí me hallo en estos momentos y no puedo por más que marcar efectivamente a este lugar como una maravilla. Quizás no por su belleza, pero sí por sus formas y el halo de enigma que lo envuelve.

Este tipo de asentamientos, nombrados como motillas, fueron usados por los pueblos anteriores a la llegada de los romanos. Por lo que he podido hablar con los lugareños y por la experiencia que he adquirido en estos viajes, podría asegurar que la motilla de Azuer cumplió varias funciones a su vez: fue fortaleza, hogar y recinto dedicado a la extracción, aprovechamiento y almacenaje de recursos. Me impresionan en especial sus laberínticas formas, murallas dispuestas en torno a una especie de oquedad que se sumerge en la tierra. También su pozo, que parece una miniatura del mismísimo lago Averno. Una fortaleza distinta de todas las conocidas, que aguanta en pie ya desde hace más de mil años.

Los Millares: la grandeza de otros tiempos

Amanece un nuevo día sobre las calles de Murgi (El Ejido), población al sur de esta península, cercana al mar. Ayer mismo llegué a esta ciudad después de un largo viaje y mañana partiré sin mayor demora a Portus Magnus (Almería), donde espero coger un barco que me arribe hasta las costas de Balearica (islas Baleares), mi penúltimo destino. En la travesía por las aguas del Mare Nostrum (Mediterráneo), que nunca he conocido, espero poder descansar.

Tras la visita a la motilla de Azuer quise redefinir mi concepto de maravilla y me interesé por las edificaciones de otras culturas. El Imperio Romano ha basado su conquista en la homogeneización del pueblo, aspecto posiblemente imprescindible para el orden de este, pero quizás en el camino se hayan perdido otras formas de mirar y otros conocimientos que pudieran habernos enriquecido.

Yo mismo, que no conozco ni a mis padres ni a mis antepasados, podría ser descendiente de un pueblo de la cultura íbera o de la talayótica. Por ello, me propuse incluir en mi lista otras dos construcciones que no solo pertenecieran a otras civilizaciones anteriores, sino que fueran testigos de su propio exterminio.

Los Millares

Así me encontré con algo anterior a la propia Roma y a Cartago, a los bárbaros que poblaban Hispania antes de que siquiera los helenos pensaran en navegar sus costas. Se encuentra no lejos de la calzada que comunica Julia Gemella Acci (Guadix) y Urci (El Chuche). Una ciudad tan antigua que diría que ni Eón, dios del tiempo eterno, parece recordar. Nadie ha sabido decirme de cuándo data esta maravilla que por lo que veo bien podría haber sido Troya, o una colonia de atlantes.

Son cuatro líneas de murallas concéntricas, ya muy desgastadas, las que protegen el poblado, por lo que, deduzco, debió de ser un lugar importante. De ahí mi comparación anterior con Troya, patria de Enéas, ancestro de nuestros Rómulo y Remo, padre de Roma. En este lugar muchas casas se han desmoronado ya, pero aún pueden verse retazos de sus materiales: zócalos de mampostería de piedra trabadas con barro sobre los que alzaban paredes de barro y cañizos. Techos o lo que fuera que las protegiera, no queda ninguno.

Lo que sí se ven son las tumbas monumentales de aquellos que habitaron el lugar, con ajuares destinados a una memoria ya perdida. Una sensación de desolación me asoló en estas tierras yermas, abandonadas al sol y las malezas. La grandeza de otro tiempo.

La naveta des Tudons, misterio talayótico

De todas las maravillas que mis ojos están viendo estos días, de todos los paisajes y bosques, llanuras y ciudades, ha sido la vista del Mare Nostrum la que sin duda más me ha impresionado. Como a Antípatro de Sidón le ocurrió, siento que el resto de los monumentos pierden su brillo al lado de éste. Sin embargo, como estoy haciendo una lista de edificios construidos por el hombre y no por los dioses, el mar queda a todos los niveles excluido de ella.

Me hallo en Iammona (Ciudadela), una de las ciudades principales de Balearis Minor (Menorca), isla perteneciente a las islas de Balearica que desde hace unos años forma parte de la provincia Tarraconense. Vine aquí con la intención de conocer los vestigios vivientes de un antiguo pueblo balear que se dedicó a elevar torres de piedra, la civilización talayótica. Se trata de un pueblo que vivió desde hace muchos años entre nosotros y cuya antigüedad se extiende milenios ha, según dicen. Una cultura antigua de la que poco sabemos y que nos da más interrogantes que respuestas.

La fachada frontal de la Naveta des Turons

Por eso he decidido elegir como sexta maravilla a un extraño edificio muy cercano a Iammona, en el camino que une a la citada metrópolis con Magona (Mahón). Por su forma, se diría que es un barco dado la vuelta. De un tamaño más bien pequeño, parece que a la construcción, otrora usada como lugar de enterramiento, la elevaron los cíclopes. Así, está compuesta por pesadas piedras, apiladas y encajadas entre sí sin ningún tipo de producto que las una, al igual que pasaba con el acueducto de Segontina. Con una diferencia: esta construcción lleva milenios en pie. ¿Podrá aguantar tanto el acueducto?

Pero después de todo lo expuesto, es el misterio el motivo principal que me lleva a fijarme en la nave. Me han hablado de las decenas de cadáveres apilados en su interior, dispuestos con objetos que sin duda pretendían llevarse en su partida. Hace ya mucho tiempo que nadie se atreve a traspasar las puertas de este extraño barco de piedra y es poco más de lo dicho lo que se sabe de él...

Anfiteatro de Tarraco: el sueño de un esclavo

Ayer fue uno de esos días que un hombre no olvida. La travesía en barco desde Balearis Minor fue larga y tuvimos algunos contratiempos, pero aún pude disfrutar del Mare Nostrum. Tarraco (Tarragona) era desde el principio la ciudad en la que pretendía acabar mi viaje. Capital de Tarraconense y uno de los primeros asentamientos romanos de Hispania, esta ciudad ha vivido el esplendor y también la crisis del Imperio. Tal es su edad. Así, edificios milenarios se mezclan con otros nuevos construidos tras la invasión franca.

Pero lo primero que me dio la bienvenida, lo primero que vieron mis ojos de esta espléndida ciudad estaba fuera de sus murallas: el anfiteatro, el lugar que tanto deseaba conocer. Tantas historias había oído de Tarraco y su coliseo, tantas veces me había vislumbrado a mí mismo llegando a sus puertas, que la imagen parecía ahora la de un sueño. Pero allí estaba.

Solo desde fuera, el edificio ya da pistas de su colosal tamaño. En su interior, la sensación de enormidad es todavía mayor, porque el anfiteatro de Tarraco acoge a nada menos que XMM (12.000) espectadores. El doble de los que caben en mi amado teatro de Augusta Emerita (Mérida).

Panorámica del anfiteatro

Como dije al iniciar estos diarios, no soy un gran admirador de los juegos de gladiadores y, de hecho, los he evitado todo lo posible en el transcurso de mi vida. Hoy estoy aquí solo para hacer feliz al niño que una vez fui, al niño que creyó que algún día podría ser él el que estuviera en la arena y que escuchaba con atención las historias que su amo le contaba. ¿Quién iba a decirle que podría entrar en el anfiteatro nada menos que como espectador liberto?

Este lugar ha conocido la sangre, no solo como escenario de combates entre gladiadores y bestias, sino también como escenario de ejecuciones públicas, como las que hubo hace menos de un siglo: las de los cristianos Fructuoso, Augurio y Eulogio. Y pensar que ahora el emperador Constantino aboga por la protección de estos creyentes… Pero, en fin, las expectativas sobre este lugar no me han fallado y menos aún al poder contemplar desde las gradas más altas las vistas de este mar tan querido.

Un nuevo horizonte

Ahora me toca descansar de una travesía que empezó hace ya varios meses. Quizás, quién sabe, me quede un tiempo en Tarraco, viviendo el sueño de un niño esclavo que anhelaba recorrer mundo y levantarse cada día con la promesa de ver el mar. O quizás me de a la mar, sí. Quizás me convierta en uno de esos pescadores que navegan por el manto azul cada amanecer. No lo sé. Las posibilidades se abren antes mis ojos. Después de todo lo vivido, ¿qué no podré hacer?