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Las maravillas de la España medieval, diario de viaje II

Amanece nublado en las calles de Segovia. Los artesanos y comerciantes comienzan a montar sus puestos. Me levanto temprano a rezar. Hace ya unas semanas que iniciara mi viaje en la Alhambra, la primera de las siete maravillas que incluía en este listado. Sin embargo, pareciera que hubieran pasado meses y aún no tengo claro qué hacer con respecto a mis funciones como inquisidor...

Curiosamente en esta ciudad se encuentra uno de los siete monumentos de la Hispania antigua: el acueducto de Segovia. Sorprende comprobar que después de tantos años no solo siga intacto, sino que siga funcionando. Aquí también se alza, desde el siglo XII, uno de los palacios más bellos de toda Castilla: el Alcázar de Segovia. Pensé mucho en incluir este castillo como maravilla y, si insertara ocho monumentos en la ecuación, sin duda este edificio estaría en ella.

No obstante, me encuentro aquí tan solo de paso, como altillo necesario entre Zaragoza y Ávila. De esta segunda ciudad es de donde vengo, pues al igual que en las maravillas de Hispania había una muralla, era menester que hubiera otra en este inventario.

La muralla de Ávila, el baluarte que los infieles jamás cruzaron

Desde los caminos de la mesta, antes incluso de llegar al bullicioso barrio de San Nicolás, la muralla de Ávila saluda a los peregrinos y desafía a los enemigos. No es difícil imaginarse a los reinos musulmanes tratando de traspasar los muros y fracasando, una y otra vez, en su intento, pues desde que el rey Alfonso VI encargara a Raimundo de Borgoña la repoblación y reconstrucción de la ciudad en el siglo XI, ninguna fuerza extranjera ha conseguido cruzar estas fortificaciones.

muralla Ávila

La muralla abulense, ejemplo indiscutible de la arquitectura románica, y la ciudad actuales se construyeron sobre los restos que de las mismas había dejado Abdelmelic Almudafar, que destruyó el muro predecesor hasta los cimientos. En las defensas actuales, que ya constan de nada menos que cuatro siglos, es posible distinguir gran cantidad de materiales romanos reutilizados. Asimismo, en su parte septentrional se observan en las torres los trazados de obreros mudéjares. Un monumento que aúna, de nuevo, las huellas de diferentes culturas.

Luego, tras cruzar el puente levadizo y el foso que separan las tierras de los campesinos de la propia ciudad, me impresionó el bullicio que corría por las calles embarradas de Ávila. A pesar de que se la dejara de lado cuando los territorios cristianos continuaron la Reconquista hacia el sur, la metrópoli sostiene un alto nivel de algarabía. El motivo, que pronto descubrí, era la presencia de un mercado. Los puestos se agolpaban en torno a la plaza del Chico, donde puede hacerme con un buen plato de migas para después continuar mi visita hacia la basílica de San Vicente.

La Aljafería de Zaragoza, el esplendor de los reinos taifas

He dejado atrás por unos días las tierras castellanas para penetrar en los dominios del Reino de Aragón, nada menos que en su capital, Zaragoza. Esta ciudad ha conocido  el esplendor del reino taifa y así ha quedado reflejado en la quinta maravilla del viaje, el palacio de la Aljafería, último monumento musulmán que incluyo en la lista. Así, si la Alhambra y la mezquita-catedral de Córdoba representan la grandiosidad de al Ándalus y el califato respectivamente, la Aljafería hace lo propio con los reinos taifas.

Las crónicas señalan que fue construida en la segunda mitad del siglo XI por iniciativa de al-Muqtadir como lugar de recreo de los reyes hudíes de la taifa independiente de Saraqusta y tras la conquista de Alfonso I el Batallador, la Aljafería pasó a convertirse en la residencia de los monarcas aragoneses. Es por eso que en la actualidad Isabel I de Castilla y Fernando II de Aragón la utilizan de morada cuando acuden a la ciudad. De hecho, en el presente se están terminando las obras de un palacio sobre el ala norte del recinto andalusí, con la intención de convertirlo en su residencia.

No puedo pasar por esta maravilla sin hablar de la torre del Trovador, la parte más antigua de este palacio fortificado. Aunque más tarde fuera incorporada al total del complejo, esta atalaya fue construída como torre vigía en el siglo IX. Ahora, después de varias remodelaciones, actúa al servicio del Altísimo como prisión de herejes, con la única intención de hacerles replantearse sus errores, pues esta ciudad está desde hace tiempo plagada de moriscos y hasta hace muy poco también de judíos. No obstante, antes de acceder a las esplendorosas instalaciones del palacio decidí acercarme a charlar con algunos de los prisioneros. Perdónalos Señor, pues no saben lo que hace.

Después de este agridulce encuentro con compañeros e infieles, la magnificencia del interior de la Aljafería ahuyentó, sin mucho esfuerzo, a mis demonios. Tras la llegada de Alfonso I a la capital del Reino, la Aljafería se transformó en un palacio de estilo mudéjar, el cual se refleja en la decoración de las estancias. El Salón Dorado o el Patio de Santa Isabel, desde el que se estructura el resto del castillo, son de las salas más espectaculares, salpicadas de complejos arcos, cuidados al detalle.

Atravesar el Camino de Santiago

Desde el principio de mi viaje he tenido claro cuáles serían las maravillas a visitar y cuál sería el destino final. De esta manera he podido enlazar mi propósito con el Camino de Santiago, pues creo que no puede haber mejor forma de abordar un viaje como este que realizar dicha peregrinación. Así, al salir de Zaragoza, mis pasos me guiaron por el trazado que sigue al río Ebro y que más tarde se incorpora al que viene de Francia por Roncesvalles, el descrito en el Códice Calixtino.

Sus Majestades, informados sobre el propósito de mi periplo, me ofrecieron continuar con un séquito de acompañantes al modo de las peregrinaciones caballerescas que se han puesto tan de moda entre los nobles extranjeros. Sin embargo, creo que un éxodo a Santiago debe de ser en solitario, más aún teniendo en cuenta los motivos extraoficiales que me han impulsado a tomarme un descanso de mis obligaciones como inquisidor.

En estas jornadas he recorrido algunos tramos del Reino de Navarra, recuperándose aún de su guerra civil y vigilado de cerca por tropas castellanas. He pasado por las ciudades de Logroño y Burgos y he visto el patrimonio que los paganos dejaron a su paso por estas tierras a través de la calzada que une Astorga con Burdeos. He paseado, además, por las naves de las catedrales de Burgos y León, que bien pudieran ser dos maravillas más de la lista. Sin embargo, no he querido incluirlas puesto que ya están las de Toledo y Santiago y creo que debo de seleccionar espacios de diferente índole, al igual que hizo mi predecesor.

Catedral de Burgos

También he conocido en estas andanzas a muchos viajeros. Franceses, castellanos, navarros e incluso germanos. Nobles que tan solo querían buscar torneos donde exhibir sus habilidades, como hiciera el famoso Suero de Quiñones en el puente sobre el río Órbigo hace unas décadas. E incluso conocí a un franco, cuyo nombre era Cédric Batteux, que había violado a una mujer y cuya pena impuesta había sido hacer este camino para que expiara sus pecados.

Muchas veces, con razón, se achaca a la fémina la culpa en estos menesteres, pues no en vano Eva cometió el pecado original, pero en este caso no hay duda. En su juicio participó un tribunal eclesiástico y, si tales son los designios de Dios y los hombres que le sirven, no cabe cuestionarlos. En todo caso, escuchándole, la pena me parece algo magnánima. Quizá la castración hubiese sido una solución más duradera a su problema.

El Panteón de los Reyes de San Isidoro de León

No quiero aburrir más con las chanzas del camino hacia la tumba del patrón de nuestros reinos, puesto que podrían dar para un libro en sí mismas. De lo que sí que quiero hablar es de la basílica de San Isidoro, uno de los monumentos más célebres del Camino de Santiago. Construido y engrandecido entre los siglos XI y XII, este templo cristiano se erigió como iglesia con la intención de acoger los restos de San Pelayo, martirizado en el siglo X por Abderramán III. Así, su zona monástica fue cabeza del Infantado de San Pelayo, dominado por las infantas leonesas que no tuvieron la fortuna de encontrar un marido con el que contribuir a su linaje. Sin embargo, su obra fue admirable, pía y contó con la gracia de Dios.

Panteón de los reyes de León de José María Avrial

Pero la grandiosidad de esta obra reside en su impresionante panteón real, bautizado como Panteón de los Reyes. En su interior se hallan los sepulcros de antiguos monarcas del Reino de León antes de que este se uniera con Castilla de la mano del rey que más se ha merecido ser un santo, Fernando III. La zona principal, cuadrada y de baja altura, se divide en seis espacios abovedados, cuyos techos están surcados de frescos que cuentan nuestra historia cristiana de una forma que hasta un iletrado puede entender.

Estas pinturas, de estilo románico (al igual que el resto de la construcción) repasan la vida de Cristo desde su Concepción hasta su Resurrección, pasando por el oscuro tramo de la Pasión. Se puede ver incluso un curioso calendario… Toda una maravilla que me dejó más de una hora anclado en gloriosos sueños.

Todos los caminos conducen a la Catedral de Santiago

Ayer, tras varios días de jornadas y muchas anécdotas, al fin llegué a la ciudad de Santiago de Compostela, donde ya he estado en numerosas ocasiones, pues ¿cómo no visitar los restos del Apóstol, del Matamoros? Sin embargo, nunca había llegado de la forma en la que ayer lo hice, ya que esta es la primera vez que hago esta peregrinación, experiencia que, sin duda, pienso repetir desde otros lugares de la península.

La catedral, como siempre, saluda a los peregrinos desde la distancia con la promesa del Reino de los Cielos. Al ser yo también uno de los peregrinos pude mirar con otros ojos a los que se arremolinaban en torno al monumento, maravilla sin igual de la cristiandad castellana, no solo por la arquitectura y el arte que la amparan, sino también, y sobre todo, por poseer los restos del apóstol Santiago y haberse convertido en un enclave de peregrinación mundial. Solo están a su altura la santa Roma y Jerusalén.

Catedral de Santiago de Compostela

A los pies de la catedral pude contemplar con detenimiento las dos altas e idénticas torres de estilo románico que acogen en el medio al Pórtico de la Gloria, quizás el elemento más espectacular de esta maravilla. Al contemplar las decenas de figuras cristianas cinceladas que se extienden a lo largo del pórtico, experimenté una elevación del espíritu como nunca antes. Como si estuviera en comunión con Nuestro Señor. Los colores aún son vivos en estas esculturas, que, sin embargo, muchos peregrinos se empeñan en frotar con la absurda creencia de que les aportará suerte.

Una vez dentro, me dirigí a la cripta, donde se encuentran los huesos de Santiago, así como de sus dos discípulos, Atanasio y Teodoro. Allí estuve un buen rato, cavilando sobre las acciones de mi gremio, intentando tomar una decisión que sobre todo no me aleje de los caminos de Dios. Al terminar, pude recorrer con tiento el resto del interior de la Catedral: sus tres naves, sus numerosas capillas, su Baptisterio…

Después de pasar horas perdido en el interior de esta maravilla, de contemplar todas y cada una de sus fachadas, obtuve también un documento que acredita mi peregrinación y que, además, me permite el asilo en la ciudad. También aproveché para hacerme con una concha de peregrino que en estos momentos pende de mi zurrón con orgullo.

Ahora me hallo en los aposentos de la taberna donde me hospedé anoche. Corre por todas partes una información impactante. El navegante Cristóbal Colón, que se halla en las costas de Lisboa, ha enviado una misiva a los reyes en la que les informa del descubrimiento de unas nuevas tierras al otro lado del océano. ¿Habrá encontrado ese loco algo digno de mostrar? No sé qué será de mí, pero si estas palabras fueran ciertas, quizás las pobres almas que habitan esas tierras necesiten un Dios digno. Quizás el final de este viaje sea entonces el inicio de uno nuevo…