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A 1281 metros sobre el nivel del mar: el diminuto pueblo pirenaico a las puertas del Parque Nacional de Ordesa y Monte Perdido

Aunque la masificación turística parece haber alcanzado ya la alta montaña, aún quedan rincones mágicos donde escapar de la rutina y encontrar la calma con mayúsculas.
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Imagen: Shutterstock
Aunque la masificación turística parece haber alcanzado ya la alta montaña, aún quedan rincones mágicos donde escapar de la rutina y encontrar la calma con mayúsculas.

Hasta hace unos años, las escapadas a la montaña constituían la máxima expresión de la idea romántica de la desconexión, de la búsqueda de tranquilidad e incluso de soledad, en un intento de volver a la esencia que tan desdibujada queda en la vorágine de la vida cotidiana.

Sin embargo, esa comunión con la naturaleza que representa la alta montaña ha perdido intensidad en los últimos tiempos con la llegada del turismo de masas a los entornos naturales, en especial a los Pirineos. Para muchos, la verdadera experiencia pirenaica ya solamente es posible en aldeas desconocidas y remotas, casi despobladas, que quedan aún lejos del radar turístico.

Nerín, un pequeño balcón con enormes vistas

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Aldea de Nerín en la comarca de Sobrarbe, Huesca. | Shutterstock

A 1281 metros de altitud, encaramado a una ladera pedregosa sobre el río Aso, un pequeño pueblo de apenas 23 habitantes puede presumir de ofrecer las mejores vistas a los grandes protagonistas de la comarca de Sobrarbe, en Huesca. En efecto, Nerín está ubicado en un entorno privilegiado que permite divisar, desde sus calles empedradas, parajes espectaculares como el Cañón de Añisclo, convirtiendo esta aldea pirenaica en el punto de partida ideal para explorar el Parque Natural de Ordesa y Monte Perdido sin prisas.

Remoto en el espacio y en el tiempo

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Calles de Nerín con casas tradicionales de piedra. | Dreamstime

Un paseo por Nerín, en el silencio rotundo que encierra su puñado de calles, traslada al viajero irremediablemente al pasado. La arquitectura tradicional de sus caseríos de piedra y teja, con balcones de madera que se asoman a los paisajes infinitos que rodean la aldea, se funden con sus dos tesoros patrimoniales: la iglesia parroquial de San Andrés y las ruinas de la ermita de Santa María, ambas con la nave rectangular y el ábside semicircular característicos del románico aragonés. Un conjunto que acompaña y conduce la inmersión en la auténtica vida pirenaica.

Un valle por descubrir

Los Sestrales y el Cañón de Añisclo, ruta popular desde Nerín.
Los Sestrales y el Cañón de Añisclo, ruta popular desde Nerín. | Shutterstock

Sin embargo, Nerín no es la única joya desconocida de la comarca de Sobrarbe. El Valle de Vió, al que pertenece esta aldea, esconde otras localidades encantadoras como Fanlo o Buerba. Allí, el embrujo de sus chimeneas de piedra se intensifica de nuevo con lo majestuoso de los macizos y bosques que enmarcan el valle, y lo sumen en la irrealidad. El ya mencionado Cañón de Añisclo, el Pico Mondoto, los Sestrales o la Peña Montañesa vigilan estos pueblos y aportan a este valle la hermosura de los grandes parajes del Pirineo.

Por si todo esto no justificase con creces la visita, Nerín ofrece un acceso directo a la pradera de Ordesa, que supone una entrada alternativa y poco concurrida para explorar el maravilloso Parque Natural de Ordesa y Monte Perdido desde una perspectiva diferente, alejada del estrés del viajero ansioso y los grandes grupos. Todo ello en una calma sostenida propia de tiempos ya casi olvidados, cuando las montañas eran testigos íntimos de la búsqueda de paz interior del caminante solitario.

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