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Tiene el mayor diapiro de Europa: la villa de cuento con piscinas de sal y un gran castillo en las montañas de Burgos

Es un pueblo singular donde la geología, la historia y el aprovechamiento tradicional de la sal se entrelazan en un paisaje único.
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Es un pueblo singular donde la geología, la historia y el aprovechamiento tradicional de la sal se entrelazan en un paisaje único.

Su alma es la del oro blanco que le da nombre. La sal moldeó la forma de vida y el carácter de este pequeño pueblo en el corazón de Burgos que alberga una maravilla geológica de valor excepcional, por sus dimensiones y por su perfección. Es un diapiro, una formación natural donde la sal oculta en el subsuelo asciende hasta la superficie para moldear un paisaje insólito.

El tesoro de Poza de la Sal

Vista general de Poza de la Sal
Vista de Poza de la Sal. | Shutterstock

El Salero, como lo llaman los vecinos, es un inmenso cráter, fruto del afloramiento de una masa salina que recuerda que hace millones de años estos eran dominios marinos. Ese colosal anfiteatro tiene dos kilómetros y medio de diámetro y sus vetas blancas han marcado la historia de Poza de la Sal.

Durante siglos, este regalo de la naturaleza se explotó de forma intensiva. Para extraer la sal se excavaron galerías subterráneas por las que se vertía agua dulce. La salmuera que se obtenía se trasladaba a estanques de escasa profundidad. En esas eras, el sol se encargaba de completar el trabajo.

Una vida ligada a la sal

Antiguas eras para la producción de sal
Antiguas eras para la producción de sal. | Shutterstock

En su época de mayor esplendor, Poza de la Sal contaba con 2000 eras que producían 100 000 kilos de sal al día. Ese preciado fruto de la tierra se distribuía por toda España, pero la industrialización supuso el principio del fin.

La extracción de sal quedó en el olvido, pero el diapiro y la necesaria infraestructura para su explotación nunca han dejado de ser parte de la esencia del pueblo. De hecho, algunas de las viejas eras se están recuperando para que ese recuerdo no se pierda para siempre. 

Un pueblo de espíritu medieval

Vista aérea de Poza de la Sal y su castillo
Vista aérea de Poza de la Sal y su castillo. | Shutterstock

Cada rincón de Poza de la Sal evoca los viejos tiempos de gloria. En lo más alto, se yergue orgulloso el Castillo de los Rojas, construido para controlar el territorio y defender su blanco tesoro. Es la mejor atalaya para admirar la inmensidad del diapiro y el entramado urbano declarado Bien de Interés Cultural, que se despliega a sus pies.

A su sombra, atravesar la muralla que todavía protege Poza de la Sal es el inicio de un viaje al pasado. Al otro lado esperan callejuelas empedradas, antiguas viviendas de piedra, adobe y entramados de madera, la noble Iglesia de San Cosme y San Damián y la Casa de Administración de las Reales Salinas, reconvertida en centro de interpretación.

Un rincón pintoresco y un hijo ilustre

Vista general de Poza de la Sal y su entorno natural.
Vista general de Poza de la Sal y su entorno natural. | Shutterstock

Poza de la Sal aún esconde alguna otra sorpresa. No hace falta viajar al Mar Muerto para sentir lo que es flotar sin dificultad. Aquí es posible experimentar esa singular sensación en unas pequeñas piscinas con una elevadísima concentración salina.

Y una sensación muy diferente, la de una profunda comunión con la naturaleza, es la que transmiten las esculturas que recuerdan a Félix Rodríguez de la Fuente, hijo ilustre de una localidad donde la memoria se defiende con auténtico tesón.

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