La ermita de la Magdalena, el templo que parece emerger del pantano de Mequinenza
El pantano de Mequinenza forma uno de los paisajes más sobrecogedores de Aragón. La enorme lámina de agua creada por el Ebro tiñe de azul buena parte del Bajo Aragón, como un mar interior rodeado de quietud. Sobre ese horizonte acuático, una iglesia barroca se alza al borde de un abrupto tajo del terreno, condenada por el embalse a convertirse en una isla solitaria.
UNA ERMITA NACIDA ENTRE LEYENDAS
Nada se sabe con certeza sobre el origen de la ermita de la Magdalena. Sin embargo, la leyenda afirma que una imagen de Santa Magdalena se apareció a un pastor cerca del río, tras haber sido escondida allí durante la llegada de los musulmanes. Este hecho, recogido por el estudioso aragonés Mariano Valimaña, habría dado lugar a la fundación de la primera ermita, románica.
Pero los hechos legendarios y misteriosos no se limitan a su origen. Los habitantes de Caspe decían que «los cerrojos de la Magdalena nunca se cerraban para que los navegantes pudieran descansar», y al parecer la puerta de la iglesia era imposible de cerrar, porque cuando el ermitaño lo hacía, el cerrojo volvía a aparecer descorrido.
El templo erigido en lo alto de un monte acabaría convirtiéndose en un convento, por obra de la Orden Hospitalaria, la misma que poseía el cercano Castillo del Compromiso, en Caspe. La devoción de los caspolinos fue creciendo, y en 1730 un edificio barroco, el que se ve hoy, vino a sustituir al medieval.
La tradición, muy arraigada en la zona, de acudir en romería a la ermita de la Magdalena, sobre todo en épocas de sequía, terminó de forma abrupta con la construcción del pantano de Mequinenza. La espectacular subida del nivel del agua dejó la ermita recluida en su isla, encaramada sobre el tajo casi vertical que la eleva sobre las aguas. El último ermitaño se había ido ya en 1934.
UN SANTUARIO QUE SE RESISTE AL OLVIDO
A pesar de la dificultad de alcanzarla, la ermita de la Magdalena sigue atrayendo visitantes. Los habitantes de Caspe y su entorno se acercan a pie cuando el agua baja lo suficiente, o incluso en barca cuando el acceso a pie resulta imposible. En la isla sobreviven las bóvedas de cañón, la gran cúpula e incluso restos de pinturas en la zona del ábside.
Con todo, el abandono ha supuesto la ruina para este templo singular, y tanto las cúpulas como las bóvedas corren el riesgo de derrumbarse para siempre. Por suerte, el tesón de los caspolinos podría evitar ese destino triste: colectivos de la ciudad luchan desde hace tiempo por evitar su colapso, y aspiran a que una restauración salve esta joya que todavía luce orgullosa sobre el gran mar de Aragón.
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