Salvamento en Izaro
En 1853, en los alrededores de la isla de Izaro, José Ramón de Luzárraga, gracias a su pericia y valor, logró salvar la vida de los trece tripulantes de la embarcación de pesca que él patroneaba. Su acción llegó a conocimiento de las autoridades y la reina Isabel II, a propuesta del Ministro de Marina, le concedió, como reconocimiento a su labor, una cruz “sencilla” de María Luisa. José Ramón siguió con su oficio de pescador en las aguas circundantes a la isla de Izaro, muy próxima al puerto de Mundaca, la villa marinera donde había nacido y vivía. Allí llevaba la vida trabajosa de un padre de familia con siete hijos, seis de ellos eran mujeres. La vida del pescador transcurrió sin más incidencias de mención hasta que, con una avanzada edad, se jubiló y dejó de salir a la mar.En el amanecer del 20 de abril de 1878, Sábado Santo, hacia las cinco y media de la mañana, los pescadores de Mundaca y de otros pueblos del Cantábrico salieron a faenar la costera de la sardina. Soplaba un suave viento sur en tierra y la temperatura era muy agradable. Las embarcaciones, a remo y a vela, fueron alejándose del puerto. Hacia las diez horas, en plena faena, el viento cambió súbitamente de dirección; pero, de nuevo, apareció la calma en la zona de Izaro, con un viento suave y del nordeste. El cielo estaba azul con algunos nubarrones en el horizonte. Los patrones que habían llegado antes al caladero, y que habían llenado sus redes, se fueron volviendo hacia el puerto del que les separaban varias millas náuticas.
En sus inmediaciones varias embarcaciones habían ya zozobrado; cuatro náufragos se aferraban desesperadamente a su embarcación volcada. Uno de ellos, no pudo resistir hasta la llegada del socorro, perdió el asidero de su tabla y se hundió en el mar. Los otros tres, al ver acercarse a la trainera levantaron un remo y una tabla para tratar de llamar su atención. Entre las enormes olas, la trainera de Luzárraga se fue acercando hacia ellos.

La “Galerna del Sábado de Gloria” ha sido la más destructora que se recuerda. No solo en las aguas de Izaro. En total, en aquella mañana en el País Vasco, perecieron ciento noventa marineros, y en Cantabria ciento treinta y dos. En el puerto de Santander, las familias, desesperadas, ocasionaron fuertes tumultos culpando a las autoridades por no haber sido avisadas de que se iba a producir tan brutal cambio de la presión atmosférica que derivaría en una catástrofe de semejantes proporciones. (El servicio meteorológico de París había dado un aviso a sus puertos para que los marineros no salieran a la mar pero el servicio de Madrid lo anunció a través del telégrafo a las 14:00 horas, demasiado tarde). Muchos fueron los muertos pero más hubieran sido sin salvamentos heróicos como el de Luzarraga.
Texto de Ignacio Suarez-Zuloaga e ilustraciones de Ximena Maier