Una abdicación embarazosa
Ver la historia previa sobre el enamoramiento de la reina viuda María Cristina.
El 12 de octubre de 1840, a las ocho de la tarde, la reina gobernadora María Cristina de Borbón Dos Sicilias leía un discurso en el que renunciaba a la guardia y custodia de las dos hijas que había tenido con su primer marido —el rey Fernando VII—: la Princesa de Asturias (futura reina Isabel II) y la infanta Luisa Fernanda. Ambas quedaban a partir de entonces bajo la custodia del Gobierno de España.

Ese mismo día el señor Muñoz, la antigua reina y sus cinco hijos embarcaron en el vapor Mercurio, rumbo al puerto francés de Marsella.Esta ruptura familiar sin precedentes en la larga historia de la monarquía española se debió a la novelesca vida personal de la joven viuda. La reina regente había contraído un segundo matrimonio que no se hizo público para tratar de impedir el escándalo público. Esa “boda secreta” lo era debido a la personalidad del marido; se trataba de un sargento de su guardia corps (alabardero) sin linaje ni instrucción que pudiera ser socialmente admisible por la opinión pública de la época. Además, el Sr. Muñoz se fue tomando crecientes libertades en términos económicos y honoríficos, inmiscuyéndose en materias políticas, hasta ser apodado socarronamente «Fernando Octavo».
El Gobierno controlado por los liberales progresistas pensaba que para apaciguar a los carlistas y acabar con la guerra era menester alejar del país a un matrimonio que habían generado un enorme escándalo entre los elementos clericales del país.
“Clamaban los liberales
Que la reina no paría
Y ha parido más muñoces
Que liberales había!”

El generalísimo progresista se encontraba en ese momento en la cumbre de su prestigio a causa de sus éxitos militares.En septiembre del año anterior, había protagonizado el Convenio de Oñate y el Abrazo de Bergara, poniendo fin a la guerra en el País Vasco y Navarra y a primeros de julio había conquistado el último bastión carlista en Cataluña: Berga.En el verano de 1840 el flamante duque de Morella y caballero del Toisón de Oro se dispuso a modificar la situación institucional de España. Para tratar de forzar la situación política según su criterio, el 15 de julio dimitió de su cargo de general en jefe del ejército; dimisión que no fue aceptada por la reina regente. Ese gesto de reprobación de Espartero hacia María Cristina creó el ambiente para que los radicales se amotinaran en Barcelona y Madrid en contra de la aprobación de una ley de ayuntamientos que consideraban contraria a la Constitución.Sin influencia sobre las tropas, desde el valenciano Palacio de Cervello la regente debió de pedir al propio Espartero para que marchase con sus tropas hacia Madrid y restableciera el orden. Desde la amotinada Barcelona, el 7 de septiembre, el general respondió, negándose a asumir dicha responsabilidad. Por su propia cuenta Espartero se trasladó a Madrid, donde se reunió con los amotinados; estos le expresaron su deseo de que protagonizara el golpe institucional que eliminara toda oposición: que asumiera la regencia y que suprimiera el Senado (la cámara legislativa dominada por los liberales moderados).
