Cambio de armario: el «examen final»
No sé si ya lo has hecho esta primavera o todavía te sigue dando pereza. Pero, por las fechas en que estamos, ya ‘toca’ cambiar las prendas de armario. Sacar las de invierno y traer las de verano. También podrías ser una de esas privilegiadas (y listas) que han conseguido tener un vestidor o unos armarios lo suficientemente grandes como para no tener que hacer tan enojoso trámite dos veces al año.
El espacio para las cosas de una es uno de los lujos silenciosos que todavía no he podido conseguir. Primero por tener a mis cuatro hijos en casa, y ahora por haber ido acumulando prendas y complementos que me siguen gustando… Y eso que yo tengo dos domicilios, pues vivo a caballo entre Zumaya (en Guipúzcoa) y Madrid; teóricamente, la suma del espacio de ambas viviendas debería de resultar suficiente para tener mis cosas ordenadas y a la vista; pero no es así. Los libros que lo invaden todo, mi colección de ropajes tradicionales, las cosas que mis cuatro hijos no se han llevado todavía, los juguetes para jugar con las nietas y el nieto, las ropas y enseres que fueron de mis hijos cuando eran pequeños y guardo para la siguiente generación, el ‘territorio de mi marido’… al final no tengo mi espacio para tener a la vista mis vestuarios de invierno, entre tiempo y verano.
A falta de unos anhelados grandes armarios vengo repartiendo todo como si en un barco se tratara; con mentalidad de ‘estiba’, acoplando cosas hasta en el último rincón. Y ciertas cajas, incluso con algo de presión. Por el afán de aprovechar todo, las del ‘fondo fondo’ acaban resultando casi inalcanzables. Es el caso de las que tengo en los altillos de armarios, que al final resultan complicadas de bajar sin desordenarlas.
Este ritual del cambio de armario me recuerda a una mudanza de menor escala, y por ello sale mejor cuando está planificada; pues cuando se saca para traer, también se debe de sacar para llevar. Y en algunas piezas delicadas, como abrigos de piel, algunos puntos y blusas, hay que tener cuidado a la hora de doblarlas, envolverlas y guardarlas. Yo soy muy aficionada a emplear plásticos para cada prenda (incluso cuando hago una maleta para una escapada de fin de semana). Ese gesto de proteger representa un recordatorio de que en cada prenda va algo de mí, que he llevado encima, que me representa. Algo que tiene un valor para mí. Esta costumbre de cuidar las cosas debo de agradecérsela a mi madre, que me inculcó el cuidado de todas mis pertenencias, especialmente aquellas que ha llevado una encima, pegada a la piel.
El valor que le doy yo a mis cosas me aconseja preparar los espacios anticipadamente: donde voy a colocar bolsas y maletas, donde ir apilando las prendas, en qué sitio colocar lo que voy sacando…
Conforme voy sacando las piezas de sus fundas y cajas acostumbro a mirarlas y comprobar su estado. Me enorgullece comprobar que la gran mayoría de ellas conservan su buen estado después de muchos años; algunas heredadas de mi madre y de mi tía Chiri. Las que nos están bien suelo llevarlas a coser o incluso restaurar; no solo porque me siguen gustando, también por los recuerdos que me suscitan cuando me las pongo: es un poco como dar marcha atrás al reloj de la vida. Un retroceso maravilloso pues han formado parte de las vidas de unas mujeres que admiro y me han aportado mucho. Mi madre y Chiri fueron dos ejemplos de vida y tengo muy presente lo mucho que las debo.
El examen periódico de esas prendas y piezas también incluye una estimación de mi estima actual. ¿Cuánto me siguen gustando? ¿Voy a seguir poniéndomelas? ¿Debo regalarlas o incluso venderlas? Como el espacio de mis armarios en Zumaya y en Madrid es limitado, debo decidir. No suelo descartar una pieza por que ya no se las pongan las demás. Para mí, la moda no cambia cada temporada. Mi moda es mi gusto. Si algo me gusta lo conservo, vaya o no a ponérmelo en esta temporada. Hay piezas de mi colección que no me pongo durante unos años, pero que más adelante comienzo a combinar con piezas que voy comprando. Además, algunas de estas prendas y complementos de hace años me inspiran nuevas prendas de diseño propio.
Una de mis mayores satisfacciones es comprobar que cada año, a pesar de la creciente carestía de espacio, descarto menos piezas. Lo interpreto como una adquisición de sabiduría. Cuando era más joven y tenía menos posibilidades de adquirir prendas de valor debía de pensármelo mucho, e incluso ahorrar durante meses para alguna compra. Cada vez que las veo recuerdo aquellos momentos y el esfuerzo que debí realizar. Hoy no tengo ese problema, pero sigo aplicando la misma disciplina de pensar antes de comprar. De valorar las cosas, su versatilidad, su origen, las situaciones o personas a las que lo asocio.
Me llama la atención que se haya tardado tanto en valorar la moda de autor, que haya tardado tanto en entrar en los museos y ser considerada un arte industrial como otras artes suntuarias (platería, cerámica…). Las prendas han estado pegadas a nuestro cuerpo en momentos memorables de nuestra vida; ahí están las fotos para recordárnoslo. Si conservamos una pulsera, un anillo… ¿por qué no una prenda?
Me imagino que si estuvieras aquí me dirías que no todas las prendas merecen la pena ser guardadas con esmero, porque costaron poco ser compradas, y porque también cuesta poco desecharlas. De entrada, a causa de su precio (y calidad) se pudieron comprar impulsivamente, y por ello son como esa hamburguesa que uno ingiere más que mastica.
Voy acabando. La vida, para ser plena, debe ser saboreada. Y la vestimenta es una parte importante de la misma. No por presumir, sino por reflejar la intención cotidiana de abordar cada día. Por eso me ha parecido relevante esta reflexión acerca del examen anual de revisar la ropa que vamos a ponernos en la temporada entrante ¿A ver qué te parece a ti?
Recibe un abrazo.
Me alegra que me hayas leído hasta el final.
Otro…
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