La arquitectura de los sabores de Sevilla
Sobre el Guadalquivir se inclina una Sevilla risueña, con un rubor en las mejillas pintado por el sol andaluz y ojos verdes y dorados como sus jardines y naranjos. Sus colores se reflejan en el río junto con sus puentes y torres, al mismo tiempo que relucen en sus calles, en las casitas pintadas de Triana y en los azulejos de la Plaza de España.
Palacios, templos y esculturas adornan las facciones de esta Sevilla que sonríe en las noches de música, envuelta en halos de luna y en telas rojas de belleza flamenca. Para conocerla, hay que surcar sus arcos, perderse en sus caminos y escuchar sus melodías. Hundir la cuchara en sus platos calientes, descubrir las especias que impregnan sus fogones. La receta que seguiremos para ello incluye monumentos, restaurantes y platos, tres ingredientes clave a la hora de esbozar un cuadro vívido de Sevilla y su gastronomía.
Con esa meta en mente, ponemos rumbo al mismo corazón de la ciudad, donde palpita un templo de embrujo gótico: la Catedral de Sevilla. Su silueta se alza hacia el cielo con hermosas tallas de piedra y elementos mudéjares, renacentistas y barrocos. El aroma de su Patio de los Naranjos asciende hasta la emblemática Giralda, antiguo alminar de la mezquita.
Complementar las vistas a esta torre que se ha convertido en símbolo de Sevilla con su gastronomía es posible en lugares como la Cervecería Giralda, donde se prosigue el viaje en el tiempo a la época andalusí gracias al hammam del siglo XII que custodia. Junto a la Cervecería Giralda, y justo enfrente de la catedral y la torre, se encuentra el restaurante El Giraldillo, un lugar ideal para sentarse a disfrutar de un delicioso gazpacho tradicional andaluz.
Si comenzamos a bordear el monumento, llegaremos al restaurante Casa Robles, con una carta que se centra en el producto local y la alta cocina andaluza. Un poco más adelante, en la antigua taberna Casa Morales, se puede degustar uno de los platos típicos de Sevilla más suculentos: las espinacas con garbanzos.
Sus tapas tradicionales se pueden alternar con otras opciones de tapeo más modernas, como Ovejas Negras o La Isla, ubicadas en las calles vecinas. Tampoco está de más hacer una parada en la Bodega Santa Cruz Las Columnas y catar algún vino local en un ambiente puramente andaluz.
Seguimos con la mirada la arquitectura de Sevilla y nos dejamos seducir por las páginas del cercano Archivo General de Indias. El elegante edificio del siglo XVI alberga un valioso fondo de documentos históricos que es Patrimonio de la Humanidad de la Unesco desde 1987.
Su contorno se puede admirar desde la terraza de la Bodeguita Casablanca, de cocina casera y acogedora. Presumen especialmente de su pescaíto frito, una de las elaboraciones que hay que probar de forma obligatoria en Sevilla.
A un paseo de menos de cinco minutos se encuentra la entrada al Real Alcázar de Sevilla. Entre sus bellos jardines, estanques y patios, ornada con pinceladas mudéjares y medievales, esta maravilla arquitectónica cristaliza la magia de una ciudad que ha sido decorada por ricas coronas y reinados llenos de esplendor.
Un esplendor que refulge de forma similar en la Torre del Oro, que al caer la noche proyecta sus destellos sobre el espejo del Guadalquivir. Esta solemne torre albarrana vigila el río desde el siglo XIII y ofrece una postal encantadora al atardecer. Si se quiere saborear sus alrededores, siempre se puede hacer una parada en el restaurante Flor de Toranzo, el bar Arenal Ventura o la Bodeguita Romero.
Un poco más adelante espera el Puente de Isabel II, más conocido como el Puente de Triana por el hecho de unir el centro de Sevilla con el barrio que le da nombre. Cruzarlo significa empaparse de colores, fachadas alegres y duende sevillano.
Ni siquiera hay que abandonar el puente para llegar al restaurante María Trifulca, con unas vistas privilegiadas al Guadalquivir. Paladear sus platos de mar con un buen vino al ras del río es, desde luego, una experiencia única. Una alternativa para disfrutar de la comida tradicional en pleno barrio de Triana es el restaurante Victoria 8.
La última parada en este viaje de arquitectura y sabores es un monumento que rompe totalmente con la estética antigua de la ciudad. Se trata, por supuesto, de Metropol Parasol, también conocido como «las Setas de Sevilla». Esta singular estructura de madera, que de hecho es la más grande del mundo, cuenta con cinco niveles que proporcionan una fantástica panorámica de la ciudad. Sus formas ondulantes conforman un recorrido de 360 º de la capital andaluza, un paseo futurista y muy fotogénico que se tiñe de tonos anaranjados con la caída del sol.
Maridar el esqueleto vanguardista de las Setas de Sevilla con comida tradicional es una forma excelente de despedir el día. Platos típicos como el puchero, el cazón en adobo o los huevos a la flamenca deleitan el paladar y trasladan los ingredientes de toda la vida al tenedor. Si se busca una receta más informal, aunque igual de deliciosa, los serranitos triunfan en toda Andalucía, pero especialmente en Sevilla, donde se encuentra su origen.
La zona de Metropol Parasol cuenta con diferentes establecimientos donde se puede apreciar la cocina más castiza de Sevilla. Por ejemplo, Casa Vizcaíno sirve tapas tradicionales desde el año 1936. Por su parte, El Rinconcillo, a tiro de piedra del monumento, ocupa este rincón de la ciudad desde 1670, lo que lo convierte en el bar más antiguo de Sevilla. Describe su carta como «herencia de la cocina tradicional andaluza-mozárabe» y es un lugar a tener en cuenta si se quiere degustar gastronomía con un chorrito de historia.
Al fin y al cabo, el legado de los tiempos pasados tiene un papel fundamental en el carácter de Sevilla y, por ende, también en sus sabores. Durante miles de años, el sol ha besado cada noche esta ciudad que se enreda en hebras de cobre y se ilumina con tonalidades frías y cálidas, antiguas y vibrantes. Es un hechizo que ha servido de inspiración a innumerables poetas y dormita en lienzos eternos como una musa de iris verdes y dorados.