Napa, la bruja que no fue bruja
Casi escondida entre comarcas, como queriendo pasar desapercibida, surge la tierra catalana del Lluçanès. Tranquila y serena, es un espléndido mirador hacia otros lugares, un hogar de prados y arroyos, de pueblos de piedra y leyendas antiguas. Por su difícil emplazamiento, en el Lluçanès se vivió durante mucho tiempo aislado. En un paraje, además, idóneo para que la imaginación volase y los temores se gestasen. Así se explica que haya sido siempre tierra de brujas. Hasta aquí llegó su caza y es aquí donde se sitúa la siguiente historia, aunque atribuir a su protagonista esa condición es algo que se deja en manos del lector.
La verdad según la acusación

En el pueblo siempre supimos lo que sucedía con la bruja. Siempre supimos que se había escapado de casa joven para consagrar su vida al diablo. Fue este quien le enseñó todo lo relativo a conjuros y pociones que posteriormente empleó contra quienes la rodeaban.
Desde que entregó su alma al maléfico los problemas se sucedieron. Las cosechas se perdían año tras año y las tempestades más crueles se desataron sobre la tierra. Los curas que por aquí pasaron hicieron todo lo posible por proteger nuestro bienestar. Bien a través de oraciones y exorcismos públicos desde la plaza del pueblo, bien haciendo repicar las campanas de la iglesia incesantemente, un acto que desde tiempos inmemoriales había sido un buen remedio contra la brujería. Ni con esas conseguimos expulsar de nuestras tierras a la bruja Napa. En sus primeros años de vida respondía al nombre de María Pujol, pero eso fue antes de pactar con el demonio.
La bruja Napa habitaba los bosques cercanos a nuestro atemorizado pueblo. La mayoría de las de su condición habían perecido bajo los ojos de Dios ahorcadas años antes. Por entonces todavía se reunían en la cumbre de Pedraforca o en la cueva cercana a Santa Eulalia, lugares en los que celebraban sus aquelarres. Ninguno de nosotros llegó a estar presente en tales actos pero en las noches más oscuras sus risas se escuchaban desde los hogares y todos temíamos que nuestros niños fueran los siguientes en caer bajo su maleficio.
Porque desde que la bruja Napa comenzó a acercarse a los niños del pueblo muchos de ellos murieron bajo extrañas circunstancias. Un día se encontraban en plenas condiciones, con la energía propia de su edad, y al siguiente aparecían muertos. Tal vez se alimentaba de sus almas, pues ninguno de nosotros sabía de qué otro modo obtenían los alimentos necesarios para subsistir. En alguna ocasión robaba de nuestras huertas y granjas, pero esto no habría sido suficiente para una vida tan larga como la suya. Así que sospechábamos que la enfermedad de nuestros pequeños tenía que ver con las malas artes de esta bruja. No en vano acostumbraba a rodearse de ellos, atiborrándolos de dulces y pipas de calabaza, sin duda alimento relacionado con sus conjuros.
Cuando el cadáver de la malograda María Anna Riambau, de tan solo 4 años, apareció mutilado en el estercolero cercano al pueblo, todos sabíamos lo que había sucedido. Por fin la justicia se decidió a escuchar nuestras súplicas e intervenir. No hallaron a la bruja Napa cuando fueron a buscarla a su hogar, pero sí hallaron el pequeño bracito de la joven, así como su hígado cociéndose en una olla de sangre. La desgraciada bruja Napa fue hallada unos días más tarde y conducida directamente hasta Barcelona, donde finalmente sería procesada por lo que es: una bruja.
La verdad según la acusada

Nunca me ha interesado la vida en comunidad. Mucho menos en un pueblo que señala o margina a quienes son diferentes. Yo nunca he tenido en consideración lo que se esperaba de mí y nunca he tenido reparos a la hora de mostrarme tal como soy, siguiendo la vida que he querido seguir. Solo he dejado aproximarse a mi persona a los infantes, inocentes, carentes de prejuicios y mucho más rápidos mentalmente que la mayoría de los adultos que siguen creyendo en historias de brujería.
Yo no soy una bruja, pero siempre he tenido inquietudes y curiosidades que me acercan al concepto que se había construido para señalar con conveniencia a las mujeres que no querían hogares o familias sino una vida independiente. Siempre la he tenido y por eso he suscitado recelos. Me he servido de la naturaleza para cuidarme y he coqueteado con actos moralmente cuestionables. ¿Quién no puede estar interesado en averiguar qué puede hacer la sangre de los niños, fresca y pura, por curar enfermedades mortales? ¿No es acaso un don la curiosidad?
Sí, acabé con la vida de esa muchacha, no porque tuviera alguna intención maléfica sino porque deseaba conocer las posibilidades tras la muerte. Así lo confieso en mi propio juicio, ya sin miedo, ya consciente de que tras días de torturas mi vida está pendiendo de un hilo. Acabé con la vida de esa muchacha, pero no soy ni he sido nunca una bruja.
Los hechos reales de la historia: la verdad

La comarca natural del Lluçanès fue uno de los rincones de Catalunya donde más mujeres fueron condenadas y asesinadas acusadas de brujería. En la colina de Serrat de les Forques, hoy simplemente un mirador, se emplazaron las horcas en las que estas mujeres se enfrentaron a su injusto destino. Según indican los documentos de la época, entre 1618 y 1648 se procesó a más de veinte mujeres. Al menos seis fueron ejecutadas. En el centro de interpretación de Sant Feliu Sasserra pueden descubrirse las creencias y los miedos que llevaron a la población de la zona a arremeter contra ellas.
Sobre muchas la sospecha era infundada, algunas tan solo eran curanderas que, como la protagonista de este relato, habían vivido una vida al margen de lo que se esperaba de ellas. Pero el caso de María Pujol es diferente. En el juicio que se celebró en Barcelona a raíz del crimen que cometió, esta mujer conocida como la bruja Napa nunca fue acusada como tal. Corría, además, el año 1767, por lo que había pasado más de un siglo desde la caza de brujas que tanto daño hizo en estas tierras catalanas.
Puede que sus vecinos temieran su forma de vida, puede que sospechasen todavía de las mujeres que conocían su entorno natural y se aprovechaban de sus beneficios, de su curiosidad, y seguramente fuera cierto que Pujol deambulaba por sus huertas robando la comida con la que sobrevivir. Es decir: despertó recelos entre sus vecinos antes del crimen. Está documentado que lo cometió y llegó a confesar su culpabilidad días antes de fallecer. Pero, al final, María Pujol no fue condenada por bruja sino por asesina.