Parque Samá de Cambrils
“Alicia abrió la puerta y se encontró con que daba a un estrecho pasadizo, no más ancho que una ratonera. Se arrodilló y al otro lado del pasadizo vio el jardín más maravilloso que podáis imaginar”.
Este fantástico escenario vislumbrado por la protagonista de Alicia en el País de las Maravillas podría ser el Parque Samá de Cambrils con sus tintes oníricos. Pero al contrario que a Alicia, no nos hace falta tomar ni brebajes ni pasteles alucinógenos para entrar en el jardín, uno de los más peculiares de España, de cuento de hadas.
El corazón de este universo particular es el enorme lago artificial con sus tres islotes, que son una verdadera apoteosis de la técnica de la rocalla (piedras calizas combinadas con cemento), muy en boga en aquel momento. Sin embargo, la magnitud de la obra escapa de toda referencia: el lago tiene más de una hectárea de extensión y tres metros de profundidad. En el islote más pequeño crece un impresionante ciprés de los pantanos (Taxodium distichum), cuyas raíces salen al agua y crean un perfecto refugio para las tortugas que viven en el estanque. La isla central tiene una montaña de rocallas con un embarcadero en su interior y sobre ella se alza un mirador, donde a la hora del té tocaba una orquesta.
Por todo el Parque Samá nos topamos con originales casetas de animales y jaulas de rocalla del mismo estilo que el resto del conjunto. Estas son vestigios del zoo privado de Salvador Samá. Sus exóticos habitantes desaparecieron en la Guerra Civil y hoy sólo quedan unos pocos pavos reales, loros, patos y tortugas… La historia se repite: ya había animales en los jardines de Mesopotamia en el tercer milenio a. C.