La farsa de Ávila
La farsa de Ávila está íntimamente asociada al rey Enrique IV de Castilla (1425 – 1474); un monarca sensible y culto que ha pasado a la historia con insultante sobrenombre de “El Impotente”. Éste se debe a que en 1453 el Papa Nicolás V anuló su matrimonio con la infanta Blanca de Navarra debido a que después de tres años casados aún no lo había consumado. Hubo quien especuló acerca de algún maleficio provocado por la infanta, ya que él había tenido otras amantes conocidas.Dos años después contrajo un nuevo matrimonio con la princesa Juana de Portugal, que quedaría embarazada en dos ocasiones. Uno de los embarazos prosperó, naciendo la infanta Juana de Castilla. A raíz de ese nacimiento, el poderoso grupo de nobles que se le oponían le acusaron públicamente de ser homosexual, especulando que la niña había sido concebida por el nuevo hombre de confianza del rey, Don Beltrán de la Cueva.

Los nobles rebeldes habían ordenado que se levantase una gran plataforma de madera, visible desde gran distancia. Sobre esta colocaron una efigie de madera representando a un hombre vestido de luto, con una corona, un cetro y una espada. Ese decorado con el maniquí iba a ser donde se iba a celebrar una elaborada ceremonia de importantes consecuencias políticas.

El infante Alfonso ocupaba en aquel momento el tercer lugar en la línea de sucesión, detrás de su sobrina la infanta Juana de Castilla, la hija del rey. Antes de tan insólita ceremonia —sin precedentes en el reino— el arzobispo de Toledo celebró una misa. Finalizada la cual los magnates organizadores se subieron al entarimado para leer una declaración.En ella acusaban al rey de sentir simpatía por los musulmanes, de ser homosexual, de ser un hombre pacífico y de no ser el verdadero padre de la infanta Juana. Seguidamente afirmaron que la infanta Juana no tenía derecho a sucederle como reina de Castilla.Tras finalizar la lectura del manifiesto comenzó la siguiente parte de la ceremonia de desposesión figurada del monarca ausente. Primero, el arzobispo de Toledo se acercó a la estatua y le quitó la corona (símbolo de la dignidad real). A continuación el conde de Plasencia le arrebató a la efigie la espada (símbolo de la administración de justicia). En tanto que el conde de Benavente le cogió su bastón (símbolo del gobierno del reino). Finalmente, Diego López de Zúñiga —hermano del conde de Plasencia— derribó la estatua que representaba a Enrique IV al grito de: “¡A tierra puto!”.
Tan evidente manipulación de un niño no sirvió para reunir las suficientes adhesiones para su causa; la farsa de Ávila no abrió paso a una Corte paralela ni a una guerra abierta entre el rey y su hermanastro. Cuando tres años después el infante Alfonso murió, su hermana Isabel se sometió a la autoridad de su hermanastro Enrique IV. Lo más incoherente e indigno de esta historia es que cuando accedió al trono Isabel I se dio la paradoja de que el marqués de Villena y otros participantes en la farsa de Ávila se declararon partidarios de Juana, la hija “ilegítima” de Enrique IV. De la misma forma que manipularon a Alfonso manipularían a Juana para declarar la guerra a la reina Isabel; esta vez apoyados por un ejército portugués que invadió Castilla. En realidad lo único que les importaba a los rebeldes era socavar la autoridad del rey y manipular al heredero/a a su conveniencia.A pesar de tan bochornosos acontecimientos, Avila continúa llevando en su escudo las tres divisas que fue recibiendo de los antepasados de Enrique IV: “Ávila del Rey”, “Avila de los leales” y “Ávila de los caballeros”. Esta fue una asombrosa excepción a la fidelidad habitual de los abulenses a la Corona y a España. Posiblemente por eso la ceremonia de la Farsa de Ávila no se conmemora ni recuerda de forma alguna en esa bella capital castellana.Han desaparecido la mayor parte de los recuerdos de ese rey desgraciado que fue Enrique IV de Castilla. Éste rey nació en una casona situada en la calle Teresa Gil de Valladolid; era llamada Casa de las Aldabas por las once grandes aldabas de hierro que pendían de su fachada; desgraciadamente fue destruida por la piqueta en el año 1963. Sólo se libraría del derribo el arco de entrada y algunos escudos, que merecen la pena ser observados. Parte de la arquería del patio fue desmontada y trasladada al actual Museo Nacional de Escultura de Valladolid, donde puede visitarse.