Descubriendo un asador en Gipuzkoa: exquisito sabor a parrilla en plena montaña
¿Hay algo que represente mejor la tradición culinaria guipuzcoana que la parrilla de un buen asador? Laia Erretegia es un excelente ejemplo de ese asador tradicional contemporáneo que respeta la esencia sin renunciar al detalle. Con la parrilla como protagonista indiscutible, su filosofía es clara: tratar con mimo, criterio y gusto una materia prima de calidad, siempre de temporada y bien seleccionada.
Tuve la suerte de descubrir este magnífico asador recientemente, en un enclave que parece diseñado para desconectar y disfrutar. Laia se encuentra escondido entre las faldas del monte Jaizkibel, en un entorno de postal con bosques frondosos, ovejas pastando junto a caseríos imponentes, caminos que serpentean entre montañas, silencio, aire puro y una paz difícil de encontrar hoy en día. Solo llegar hasta allí ya es parte de la experiencia: el camino es una invitación a bajar el ritmo y abrir los sentidos.
El caserío que acoge el restaurante es elegante y sobrio, con una distribución de mesas muy cuidada. El espacio entre comensales es generoso, lo que permite mantener conversaciones en voz baja y disfrutar de la comida sin prisas ni ruidos de fondo. Las vistas al entorno natural completan una atmósfera que invita a quedarse largo rato, y el servicio de sala acompaña con una discreción atenta y eficaz.
A punto de celebrar su 20.º aniversario, los hermanos Ayala lo dirigen con una sinceridad que se nota en cada gesto. Ese saber hacer guipuzcoano, más dado a los hechos que a las palabras, se traduce en una cocina sin florituras innecesarias, donde el protagonismo es siempre del producto y de la técnica justa, sin estridencias.
La parrilla, como no podía ser de otra manera, es el corazón de la propuesta. Aunque hay entradas que merecen la pena como verduras y pescados del día, el plato que no puede faltar bajo ningún concepto es la chuleta. En nuestro caso, nos trajeron la pieza entera a la mesa antes de prepararla, y fue Jon quien nos la presentó con todo detalle: origen, punto de maduración, y filosofía de la casa a la hora de trabajar la carne. Cocinada al carbón con maestría, jugosa, sabrosa, perfecta. Una de esas chuletas que justifican el viaje.
Otro de los grandes tesoros de la casa es su impresionante mesa de quesos. Una selección de primera división, con referencias locales, nacionales e internacionales, muy bien presentadas y, lo más importante, en su punto óptimo de afinación. Marta fue quien nos guió entre las distintas opciones con conocimiento, pasión y equilibrio. Una auténtica rareza hoy en día, y una muestra más del nivel de exigencia y buen hacer que se respira en todo el restaurante.
La bodega merece también una mención especial. Su fondo de armario es amplio y variado, con referencias clásicas, etiquetas menos conocidas y opciones que invitan a explorar. En nuestro caso, pedimos ayuda para elegir un vino ecológico dentro de un rango de precio determinado. Arantza fue quien nos atendió con una profesionalidad extraordinaria: no solo respetó ese límite, sino que la recomendación fue brillante y, para nuestra sorpresa, por debajo del precio marcado. Un gesto que habla de honestidad, de compromiso con el cliente y de un criterio afinado.
La experiencia se completa con detalles que suman y dejan huella: el ritmo pausado del servicio, la sensación de intimidad entre las mesas, el sonido del campo colándose por las ventanas, la sobremesa alargando la conversación. Y como broche final, un café en el porche, acompañado de una pasta de mantequilla que pedía a gritos comerse veinte. El tipo de final que deja una sonrisa, no solo en la boca, también en el recuerdo.
En definitiva, Laia Erretegia es mucho más que un asador: es una experiencia completa que empieza en el camino de llegada, se despliega en cada plato y se cierra con una sensación de plenitud difícil de encontrar hoy en día. Tradición, calidad, entorno y hospitalidad en estado puro. Para repetir, y para recomendar sin dudar.
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